lunes, 29 de diciembre de 2008

Un filete de canguro : 19 euros

El camarero nos anuncia que, fuera de carta, puede ofrecernos otros tipos de carne :

-Cebra, canguro, camello o ciervo – nos dice.

La frase, no sé por qué, me la imagino pronunciada por un maitre en Nueva York, no por un camarero en un restaurante de Campo de Criptana que parece sentirse incómodo por nuestro silencio.

-Todo de importación – dice

Añade esa frase como si pensara que hubiéramos aprovechado nuestro silencio para tratar de recordar granjas por la zona en las que se crien esos animales. Sí las hubo de avestruces, pero acabaron por desaparecer, quizás porque los animales nos recibían a todos los que parábamos a verlos con una cara de odio, como si adivinaran su futuro y pensaran que estábamos ahí para elegir cuál comernos, con la tranquilidad del que señala la langosta que quiere que le preparen. Llegado el momento de elegir avestruz en el restaurante uno se acordaba de esa mirada de desprecio y optaba por otros platos. Donde antes había granjas de avestruces ahora hay inmensas extensiones de paneles solares.

¿Por qué elijo la carne de canguro? Básicamente porque hemos empezado la casa por el tejado, pidiendo primero el vino, un Agios Pago del Vicario con cuerpo, y marcado ese camino sólo puedo fijarme en la carne. Es como comenzar con “En un lugar de La Mancha” y luego pretender llenar la historia con elfos, cangrejos que hablan y naves espaciales que vienen a advertirnos de que :

-O dejáis de jugar con los hedge funds o el fin de la tierra está próximo.

Es algo parecido a lo de crear un sistema autonómico y después ver cómo se financia. Pero a lo que vamos, a la sección de carnes, en la que el rey es el cordero y ante semejante panorama sólo puedo declararme, carnívoramente hablando, republicano. Vuelvo al camarero y a sus palabras y al repasar la oferta me quedo con el canguro porque al pensar en cebras me viene a la cabeza un burro y al pensar en camellos pienso en un Belén y en uno de los Reyes Magos caminando a pie mientras me señala con cara de odio, un odio que hace que lo de los ojos de los avestruces parezca verdadero amor, y me advierte :

-Pide camello y desde estas Navidades te vas a encontrar con las obras completas de Luis Aguilé en cassette.

¿Cabe todo esto en ese silencio que sucede a la pregunta del camarero? Decididamente sí. No hay aquí ningún truco literario que juegue con la verosimilitud del lector. Mi cabeza se mueve a la velocidad de la luz únicamente con las cuestiones más irrelevantes.

-Venga el canguro – le digo.

Estamos sentados en una mesa en una de las cuevas del restaurante Cueva La Martina. Nuestra zona de la cueva se llama El Pajar y sólo tiene dos mesas. Una de ellas, en la zona más apartada, tiene varios cojines, apropiados para las parejas que aprovechando la intimidad se dediquen a buscarse la aguja el uno al otro. La otra mesa, menos escondida, nos la ofrecen a los que venimos con hijos y, se supone, ya sabemos de memoria dónde encontrarla. Al lado tenemos montado un Belén, en el sentido literal de la palabra, con gran cantidad de figuras y animales. Hay incluso una tortuga de verdad en un pequeño acuario cubierto por un cristal. En la parte más elevada del Belén destaca un molino con aspas que dan vueltas. Es bastante parecido a los que hay junto al restaurante y con los que se peleó Don Quijote. En nuestro Belén falta la figura de Don Quijote y por un momento se me pasa por la cabeza hacer una con miga de pan.

-¿Qué haces? – me preguntaría mi mujer.
-Un Don Quijote para darle al Belén un toque manchego, de la región –le respondería yo, convencido de la importancia de mi obra.

Mi proyecto artístico se frena porque nos traen el vino y unas pequeñas crepes rellenas de morcilla que los enanos cogen con las manos y se llevan a su plato. Me dedico a la bebida y ya con el primer sorbo renuevo mi admiración por los vinos de esta tierra. Se van sucediendo los platos con tranquilidad, sin las prisas de una comida de menú en un restaurante de polígono industrial.

Con este vino todo lo que no es el momento desaparece. Los críticos hablan de aromas a roble, de tonos cereza y los más avezados son capaces de decirte el desodorante del que pisó la uva con oler el corcho. Pero queda un camino por crear, el de los críticos que hablen de los efectos de cada vino. Vinos que frenen el tiempo, vinos que hagan que la luz sea más intensa, vinos que provoquen una buena discusión filosófica sobre el papel del azar en la evolución humana, vinos que recuerden que lo más importante es la gente que está contigo en este momento, vinos que hagan que las mujeres te miren con interés, vinos que recuperen viejos recuerdos o vinos que te ayuden a resolver asesinatos, como cuenta Simenon en “Maigret y la anciana”:

“Sabía que, en todas las investigaciones, se producía ese momento, y que, casualmente – aunque tal vez le moviera a ello un instinto -, casi en cada ocasión se ponía a beber en exceso. Y eso ocurría cuando, como decía él para sus adentros, “la cosa empezaba a carburar”

Aunque en ese libro no se sabe si lo que le ayuda a descubrir al asesino es el calvados, el martini, la cerveza, el carajillo, el Picon con Granadina, el vino blanco o la sidra. Simenon asocia a cada personaje con una bebida y obliga al pobre Maigret a beber cada vez que conoce a cada uno. Tal vez Maigret resuelva el caso en dos días pensando más en su hígado que en el honor de los inspectores.

Llega por fin el canguro y los enanos me dicen que quieren un trozo. Han tenido que pasar casi cuarenta años para que pruebe el canguro y ellos, ya con cuatro, van a descubrir a qué sabe. Corto unos trozos y me pregunto quién tiene que ser el primero en llevárselo a la boca. Insisten en que quieren su trozo y que lo quieren ya y trato de recordar algún canguro de dibujos animados para frenar su ímpetu y que les dé un poco de pena, una argucia un tanto ruin para ganar tiempo. En esas estamos cuando veo a mi mujer pinchar un trozo y llevárselo a la boca.

-Has acertado – dice.

Perdida la oportunidad de ser el primero en la familia en probar el canguro ya sólo me queda hacer de buen padre. Les doy un trozo a cada uno de mis hijos y trato de ver su reacción. Sonríen contentos, como si el canguro hubiera sido parte de su dieta desde que nacieron.

Y es en ese momento cuando recuerdo una conversación de ayer con Cara, una mujer mayor de un pueblo de cuatrocientos habitantes de Cuenca. Es como si el vino se hubiera sentado en un sillón dentro de mi cabeza y con el mando en la mano estuviera zapeando escenas. De Maigrett a Cara. Estábamos ayer hablando de cómo eran antes las cosas.

-Cambiábamos un huevo de gallina por cinco sardinas aplanás, de las que llamaban de Cuba, y con eso nos íbamos todos al campo a trabajar.

Pienso en esas sardinas mientras me fijo en el trozo de canguro importado. Hay suficiente contraste entre la sardina y la carne de canguro como para escribir varias tesis sobre el desarrollo de esta zona, pero lo primero es comerse la carne antes de que se enfríe. El vino sigue zapeando pero como lo que ve no le interesa acaba por entregarme el mando.

-Tu cabeza es más aburrida que los especiales de Nochebuena.
-Te jodes.

Eso lo pienso, claro. Me llevo la carne a la boca y la mastico con un poco de miedo al principio. A los pocos segundos me doy cuenta de que está muy buena. Me alegro por mí y lo siento por los canguros.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Una excavadora de plástico : 1,50 euros.

Un niño de cuatro años vigila tus movimientos y palabras como el maestro de ceremonias de una casa de subastas. Tú te crees que los gestos son inocentes y por rascarte la nariz en el momento menos apropiado te encuentras volviendo a casa con un boceto que Einstein pintó en su cuarto de baño por el que has hipotecado tu futuro y el de tus hijos.

En el coche, Daniel me dice una frase incomprensible que termina en vale y repito el vale porque creo que es lo apropiado y poco tiempo después ese vale regresa hacia mí sin avisar, cuando le estoy vistiendo después de la clase de natación, por ejemplo.

-Es un trato – te dice – Y los tratos no se deshacen.

Es en ese momento en el que aplico una habilidad que he desarrollado como padre, la de caminar hacia atrás hasta llegar a ese vale que con tanta inocencia pronuncié. Detrás del vale, empiezo a intuir, había un extraño pacto al que no presté atención y que ahora exige su cumplimiento.

-Los tratos no se deshacen –repite mientras le froto la cabeza con la toalla.

Mientras le pongo los calcetines descubro el voto de silencio como una estrategia para que el mundo no te pase un recibo cuando menos lo esperas. Hagas lo que hagas, al final todos tus actos parecen terminar con una etiqueta y un precio, como si fueras un árbol de navidad que sólo diera lo mejor de sí con un montón de adornos colgando.

Daniel insiste en que existía un trato y aunque yo le pregunte de qué trato hablamos, el mismo hecho de ponerlo en duda sólo sirve para empeorar la situación. Empleo la misma estrategia que con los contratos del banco : me salto las condiciones para saber qué es lo que me va a costar.

-Un bicho – me dice – Un bicho de la tienda de los periódicos.

No me parece gran cosa lo del bicho, pero me molesta no saber a qué se ha comprometido él, qué era lo que iba a hacer para ganarse ese bicho. Por más que insisto, no consigo conocer los términos del acuerdo. Yo, por lo que veo, le doy un bicho de plástico a cambio de algo indeterminado que no sé si ha cumplido.

-Los tratos no se deshacen – me dice.

Es la frase que repite mil veces esta mañana de sábado hasta que la hago mía. Me la pongo como el jugador que estrena camiseta delante de los periodistas y anuncia eso de que desde pequeño había querido jugar en este equipo. Los tratos no se deshacen, no, que son la base de nuestras relaciones. Sin tratos, sin el respeto a lo que significan, no somos nada, sólo una estructura vacía sin sentido y dónde está ese bicho que hay que comprar que estoy deseando llevármelo a casa.

De regreso a casa paramos al lado de la tienda de los periódicos. Aunque hay luz, al intentar abrir la puerta descubro que está cerrada. Estoy a punto de marcharme pero me digo que los tratos no se deshacen y como si la realidad quisiera darme la razón, una mujer con gesto serio nos abre la puerta y nos deja pasar con los mismos gestos con los que una bruja de cuento te invitaría a meterte en su casa. Yo, de repente, tengo miedo, pero Daniel entra sin dudarlo, como si supiera distinguir una bruja de verdad de la que sólo lo parece.

Cuando llegamos al sitio en el que recuerda haber visto a los bichos de plástico vemos que no queda ninguno. Daniel descubre en ese momento que no puede echarme la culpa porque he cumplido mi parte del trato. Camina por la tienda en silencio, sin una sola queja. Tengo la sensación de que se está dando cuenta de que a veces no hay a quién culpar por lo que nos pasa, que hay que aceptar las cosas como vienen porque rebelarse no va a cambiar nada. Me da pena que no quede ningún bicho. Se fija en una excavadora de plástico y me la da sin decirme nada. La excavadora tiene el precio escrito a mano, lo que siempre me hace pensar que me están cobrando de más, pero no le digo nada porque creo que se la ha ganado y , además, tengo miedo de que estemos protagonizando un cuento y que la mujer nos cocine en una gran olla.

Salgo de la tienda con Daniel agarrado a mi mano derecha. En su mano, la excavadora. La escena sólo se completa cuando mi mujer, que nos espera en el coche, me describe la mirada de Daniel.

-Estaba orgulloso – me dice.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Donette clásico 7 unidades : 1,46 euros.

Recojo a los enanos en el colegio el viernes por la tarde y al intentar salir con el coche me veo de pronto en Palermo. Se percibe cierta histeria entre algunos padres, que se lanzan a disfrutar del fin de semana desde ese mismo momento con el ansia del que corre por el pasillo de un gran almacén recién abiertas las puertas el día de las rebajas. Hay coches en cuarta fila, coches que hacen giros por los que hipotecarían los puntos del carné de sus hijos, coches que abren las puertas justo cuando tú pasas, coches que convierten tu carril en una vía de doble sentido y coches que frenan sin avisar para despedirse de alguien conocido.

No me queda más remedio que conducir en silencio, intentando no prestar atención a los insultos que se me presentan como pasteles recién hechos a un hambriento. Si hay un momento para usarlos es éste, pero sé que los enanos, con los oídos afilados, los están esperando, como si ésta fuera una clase más de la que pudieran aprender algo útil para la vida. Respiro con fuerza y abro la boca lo justo para que los insultos no salgan en bloque como los juguetes mal colocados en un armario repleto. Sale sólo una frase y cierro la boca de nuevo.

-¿Queréis un donette?

Los dos me dicen que sí. Abro el paquete con la mano derecha y reparto dos. Poco a poco vamos dejando detrás Palermo, las rebajas, los coches que corren hacia la sierra como si ahí fueran felices pastando, los bocadillos de la merienda y las despedidas apresuradas. Regresamos a Madrid, a nuestro camino de los viernes hacia la clase de música de los enanos, con sus donettes en la merienda, sus batidos de chocolate y las preguntas sobre lo que han hecho durante el día.

-Nada – me contestan, que es su forma de decirme que no les gusta hablar del tema.

Cumplido este trámite me relajo y dejo que el viernes empiece a tomar forma. El tiempo, en vez de avanzar a saltos entre segundo y segundo se desliza suavemente, dejándose caer como un esquiador por la nieve. Los enanos me piden más donettes y se los doy. A la cabeza me vienen las urgencias del trabajo reclamando atención pero yo les digo que soy ese esquiador de la frase anterior que avanza solo, que no me sigan, que ya nos veremos el lunes. Así llegamos a la clase de música, yo con la mente tranquila, como una pista de nieve por estrenar y los enanos con las manos abiertas, llenas de chocolate, pidiéndome que se las limpie.

La recepción de la escuela está decorada con temas navideños. Del techo cuelgan grandes copos de nieve de cartón blanco y de un soporte para partituras cuelga un calcetín relleno.

-Sólo tiene papel. Papá Noel todavía no ha llegado – les advierte la mujer de recepción a los enanos, que me piden, curiosos, que les coja para ver qué hay dentro.

La profesora de música se asoma desde su clase. Les llama por su nombre y ellos, obedientes, se quitan el abrigo y los zapatos. La profesora cierra la puerta y yo vuelvo a quedarme con esa impresión de que lo importante se queda siempre del otro lado. Me gusta, sin embargo, estar ahí de pie, en esta escuela de música, esta excepción en un barrio en el que sólo hay sucursales bancarias, farmacias, supermercados y franquicias de restaurantes.

Vuelvo al coche y cojo el periódico, dispuesto a leerlo con la tranquilidad con la que uno se come, cucharada a cucharada, una tarta que disfruta, alargando la sobremesa. Tengo por delante una hora, afuera hace frío y me propongo saltar de una noticia a otra con esa aleatoriedad del que va llenando una bolsa de plástico en una tienda de chucherías. Fuera, por ejemplo, las noticias de economía y esa crisis. Tiro por la borda toda esa seriedad que se nos vende para que nosotros nos preocupemos y sean otros los que, gestionándola, justifiquen su nómina (El gobernador del Banco de España declara que no percibe mejoría ni en 2009 ni en 2010) En esta lectura tan poco irresponsable me encuentro unas declaraciones de Ronaldo : “Debo llevar pan a casa”.

Sigo leyendo porque me preocupa que Ronaldo, al que vi jugar en el Bernabéu, esté en una situación tan precaria que tenga que asegurar el pan de su casa. Pronto se aclara que con el contrato que acaba de firmar con el Corinthians ganará seis millones de euros al año. Mucho pan se puede llevar a casa con ese dinero, Ronaldo, le digo. La baguette de Carrefour, por ejemplo, cuesta 0,39 céntimos, así que hago un cálculo rápido y descubro que con esos seis millones de euros, podrá llevar a su casa quince millones de barras de pan. Vaya, Ronaldo, pienso, sí que coméis pan en vuestra casa. Unas cuarenta mil barras por día. La cantidad de bocadillos que salen con ese pan, con razón en el Madrid aumentaste de peso. Me imagino una eterna cola de camiones descargando pan en la casa de Ronaldo.

O tal vez no sea la calidad la que busque, sino la cantidad, y tenga un agricultor dedicado a cada espiga, mimándola, animándola, arropándola por la noche y entreteniéndola durante el día hasta que llegue el día de la cosecha y un experto las corte una a una y las deposite en un cojín rojo que una virgen lleve a la panificadora en la que , manualmente, se muela cada espiga hasta obtener la harina necesaria para obtener una barra de pan cocida entre el canto de mil castrati.

Leo que a Junkera el departamento de cultura del Gobierno Vasco le concede 720.000 euros para que grabe tres discos, que Schuster se marcha del Madrid con un finiquito de 3,5 millones de euros y que los bancos ganan 14.200 millones en nueve meses. Todos ellos, claro, se justificarían con la necesidad de llevar pan a casa. Yo me siento afortunado porque en mi casa apenas se come pan. Si a mí me preguntaran diría que trabajo para llevar donettes a casa. Ninguno de los enanos me dirá nada si no hay pan, pero si llega el viernes por la tarde y no les ofrezco un donette en la merienda es posible que ninguno de los dos me vuelva a dirigir la palabra en todo el fin de semana. Afortunadamente los donettes son asequibles.

Pasa la hora entre esas meditaciones y vuelvo a la escuela de música a por los enanos. Les pregunto qué han hecho esta tarde.

-Nada – me vuelven a contestar.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Happy Meal : 3,65 euros.

Le pregunto a Daniel dónde quiere celebrar su santo y me dice que en el McDonald´s. Me hubiera gustado que me hubiera respondido que con un plato de judías viendo un episodio del Nacional Geographic habría sido suficiente, pero nadie anuncia judías verdes por la televisión.

-Pues para eso están los padres, para imponer las judías verdes – me dice la parte más sensata de mí.

A mi parte más sensata la aprecio y la escucho. Si nos cruzamos en el aparcamiento camino de casa la saludo, comento con ella el tiempo que hace y la dejo entrar en casa primero. Me enseña cómo se les debe dar un beso a mi mujer y a mis hijos, por ejemplo, y cuál es la mejor forma de guardar el abrigo.

-Es un mal ejemplo dejarlo encima de una silla del salón – me dice.

Mi parte más sensata no pierde la paciencia conmigo y repite todos los rituales con la profesionalidad de la azafata que, por tu bien, te muestra qué hacer si el avión se queda sin motores sobrevolando el Pacífico.

-Atiende, que te puede venir bien – me dice mi parte sensata.

Sé que a mi parte más sensata lo del McDonald´s no le gusta porque cualquier sitio en el que no pongan cubiertos para comer no merece ser visitado. Los dos estamos en el salón, mirando a Daniel, que mira un episodio de Ben 10.

-Venga, hoy le convences tú – le digo a mi parte más sensata y me marcho a terminar un artículo del National Geographic sobre la memoria, si es que recuerdo dónde lo he dejado.

Aprendo que todo depende del hipocampo, la zona del cerebro que funciona como el controlador de una planta de reciclado, decidiendo qué merece la pena ser procesado y qué debe ser considerado como basura. En mi caso el hipotálamo es un portero de discoteca un sábado por la noche que no deja pasar ninguna información. Por clemencia me permite conservar mi fecha de nacimiento, el nombre de los más próximos de mi familia y la clave del ordenador del trabajo. Con eso parece ser suficiente.

Vuelvo al salón más sabio pero molesto con mi propio hiponosequé. Podrías aprender de los demás órganos, pienso, pero él levanta los hombros y me mira como diciendo “si tú supieras cómo están las cosas por aquí dentro”. Prefiero no saber más, me respondo, y aprovecho que veo a la parte más sensata de mí para cambiar de tema.

-Vamos al McDonald´s – me dice la parte más sensata, derrotada. Se acerca a mí, me aprieta un hombro unos segundos y se marcha de casa cerrando la puerta suavemente.

Por eso estamos en el McDonald´s de nuevo, como si fuera nuestra segunda casa. Los enanos todavía no han elegido entre Burguer King y McDonald´s y se dejan llevar por las campañas de promoción de cada uno. Esta vez se ha impuesto la de las figuras de la película de Madagascar 2. A los dos les ha tocado un pingüino que habla. Daniel lo agita y escucho cómo la figura de plástico Made in China repite :

-Sonreíd y saludad.

Me llevo una patata a la boca y la mastico mientras pienso porque estoy convencido de que ese movimiento de mandíbulas masajea, aunque sea de forma indirecta, mi cerebro y produce alguna idea. La leve intuición se convierte en una idea que puedo verbalizar, lo que es como ponerle un collar a un perro para que no se te escape. Y la idea que atrapo es que dentro de ese juguete se esconde un auténtico ministro de economía proponiendo soluciones a la crisis.

Le pido la figura a Daniel y siguiendo las instrucciones, la agito para que hable. Le hago varias preguntas para poder saber cómo va a ser el futuro. ¿Inyectarán liquidez los bancos en el sistema? ¿Bastaría una rebaja fiscal para estimular el consumo? ¿Son los planes sectoriales la única solución? ¿Por qué el Real Madrid ficha a los jugadores ya lesionados? ¿Qué pasará cuando los bancos provisionen las pérdidas de sus inversiones basura?

-Sonreíd y saludad

Es la única respuesta que obtengo, pero la acepto porque creo que no hay respuesta absurda, sino oyente incompetente. Tanto me he emocionado con la posibilidad de ver el futuro que no me he dado cuenta de que he hecho las preguntas en voz alta. Súbitamente todos los que están en el McDonald´s empiezan a responder a mis cuestiones proponiendo alternativas muy interesantes. Sin haberlo buscado, estamos creando las bases para un nuevo capitalismo en una reunión que hará historia.

Mis hijos permanecen ajenos a mi imaginación y se comen el pollo con tranquilidad, como si supieran que lo importante no es ni el pollo ni el ministro de economía escondido en el pingüino ni mis problemas con el hiponidea sino el hecho de estar todos juntos pasando el rato, sin prisas, disfrutando de nuestra compañía. Hay veces que uno se olvida de todo esto persiguiendo no sé qué, pero para eso está la escritura, por ejemplo, para darse cuenta y no olvidarlo y saltarse así al portero de discoteca. Que no es poco.

Veo a la parte más sensata de mí con una bandeja buscando una mesa donde sentarse. Les digo a mis hijos que se pongan el abrigo y salimos sigilosamente del local con la tripa llena y los pingüinos en los bolsillos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Rape para dos personas : 46,80 euros.

En el suplemento de El País del domingo 30 de Noviembre, Thomas Friedman afirma que cuando entra en un restaurante y ve las mesas repletas de gente joven le entra un incontenible deseo de ir mesa por mesa diciendo “No deberíais estar aquí. Deberíais estar ahorrando dinero. Deberíais estar en casa comiendo bocadillos de sardinas. Esta crisis económica va a alargarse durante mucho tiempo. Esto no es más que el principio. En serio, pedid que os pongan ese filete para llevar y marchaos a casa”

Afortunadamente ese artículo sale el domingo y es el día anterior, el sábado, cuando estamos comiendo en el Imanol ese rape que tan bien preparan aquí y que pedimos en momentos especiales. El rape es caro, pero nos gusta tanto que sólo nos falta llevarnos la raspa para enmarcarla y colgarla en casa. Si en la carta tuvieran sardinas y ya hubiera leído las advertencias de Friedman tal vez las hubiéramos pedido para comer, pero tampoco las sardinas son la solución, que ésa fue la dieta de Pau Donés y con un Jarabe de Palo ya tenemos suficiente.

Lo que celebramos es que hemos acumulado tickets de comida suficientes como para tener la sensación de que esta comida nos va a salir gratis. Lo bueno que tiene comer espinacas en un tupper con las compañeras de trabajo es que te ahorras tickets y que aprendes cosas importantes del mundo femenino : qué pasó en el último capítulo de Anatomia de Grey, cómo reaccionan cuando les tiran los tejos por el Facebook o cuánto cuesta una depilación integral. A fuerza de comer con ellas me he vuelto lo suficientemente invisible como para que hablen de esos temas sin preocuparles mi presencia, como si fuera un canario en una jaula colgada del techo.

El sábado por la mañana nos acordamos de los tickets, los sacamos del cajón y los contamos con la excitación del que rompe la hucha y descubre lo que ha ahorrado.

-¿Da para un rape? – pregunto.
-Sí – Me contesta María.

Así que decidimos celebrar que hemos sido buenos ahorradores y que podemos gastarnos todo ese dinero en un rape sin que la conciencia ni Friedman se quejen. No hemos comido sardinas, pero creo que en su artículo las espinacas congeladas también habrían servido de ejemplo. Voy con los tickets de comida en el bolsillo, sintiéndome como un constructor después de colocar una buena promoción, capaz de hacerme con un equipo de fútbol si me lo propongo.

El camarero anota el pedido y nos aconseja un vino.

-Igual de precio que el de la casa. Y si no les gusta, me lo dicen y no pasa nada.

El Dehesa del Carrizal que nos sirven está bueno y apenas hemos brindado con él nos traen el rape. Viene servido en una bandeja grande, con la carne cortada en pequeños trozos y dispuesta a ambos lados. Mi primer impulso es hacerle una foto y como la ocasión lo merece y el vino ya me ha animado, dejo que el japonés que todos llevamos dentro se manifieste y saco la cámara y le hago un par de fotos al rape. Después el tiempo se frena, sin necesidad de los efectos digitales, los enanos se comen sin quejarse sus croquetas y su revuelto de morcilla, yo me siento más sabio, más guapo, más atractivo, mi mujer parece más relajada, como si los problemas del trabajo pertenecieran a una anterior vida, y el rape, sobre todo el rape, parece eterno, capaz de dejarnos completamente satisfechos. Así transcurren los minutos y si ese frágil equilibro amenaza con venirse abajo, bebemos un poco de vino, alabamos el rape, probamos las guindillas y el encanto se sostiene un rato más.

Con el último trozo de rape, la realidad lentamente vuelve a su propio ritmo, aunque dentro de nosotros todavía sentimos esa tranquilidad. Pedimos la cuenta y me siento un poco culpable cuando pagamos la comida con tickets de comida, como si fuera dinero de mentira, pero la camarera que se lleva la pequeña bandeja no hace ningún gesto de reprobación. La veo de pie junto a la caja separando los tickets por su valor y contándolos lentamente.

A la salida vamos con los enanos a ver “Madagascar 2”. La película es tan mala que cuando nos cruzamos con los que esperan a la siguiente sesión me dan ganas de dejar sentado al japonés que llevo dentro de mí y sacar de paseo al Milton Friedman que todos tenemos dentro. “No deberíais estar aquí. Deberíais estar viendo una película de verdad. Deberíais estar en casa frente a “La Princesa Mononoke”. Esta crisis creativa va a alargarse durante mucho tiempo. Esto no es más que el principio. En serio, pedid que os devuelvan el dinero de la entrada y marchaos a casa”.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Botella de Matizales : 16,50 euros.

Vamos a comer al Wagaboo porque los enanos nos piden que vayamos al de las sorpresas. Al final la inversión que hacen en juguetes baratos chinos (que ya es rizar el rizo) tiene su recompensa y no nos atrevemos a llevarles la contraria.

El restaurante está repleto. Quizás muchos de los que habríamos ido al Clericó, el argentino que está al lado, la crisis, o su amenaza, nos haya aconsejado movernos a éste y conforme la situación empeore vayamos saltando de restaurante hasta terminar en el último, uno de tapas que hoy está vacío. Cada uno tiene sus propia forma de medir la crisis y uno de mis indicadores son las mesas vacías en The Wok o en el Wagaboo un sábado a la hora de comer. La distancia entre la crisis y nosotros la señalan las mesas no ocupadas y cuando su número sea alto su llegada será inminente. Ver el restaurante lleno me tranquiliza más que la sorprendente fe del Gobierno en la efectividad de sus medidas económicas.

Daniel pide espaguetis y Lucía pizza. Cosas de la cocina, que hoy tiene su día tonto, a Daniel le traen su plato apenas lo pedimos y con el de Lucía hay que insistir cien o doscientas veces, con la perseverancia con la que Drenthe sube por la banda del Madrid y con idéntica falta de resultado.

Lo de pedir el menú infantil es un rito sin mucho sentido porque ya se sabe que los padres proponen y los hijos disponen. Daniel se come casi todo el surtido de empanadillas que pedimos en la Cesta Imperial sin el mínimo asomo de culpabilidad en su cara. Todas le gustan y todas le parecen bien. Viendo que lo normal hoy es comerse la comida del otro, Lucía estira la mano y va cogiendo del cuenco del queso rayado que le han traído a Daniel con sus espaguetis. En pocos segundos las manos, el mantel y la ropa de Lucía están cubiertos de queso, como si hubiera caído una nutritiva nevada. Yo me sumo a esta forma de comer y voy cogiendo espaguetis de Daniel, que mojo en la salsa de las empanadillas. Un auténtico ejemplo de multiculturalidad adaptado a la comida. La única que está al margen, por temas de régimen, es María, que espera a su atún.

El segundo plato trae un poco de orden a la comida. Lucía sigue esperando su pizza, que tal vez traigan ya fundida con el helado del postre en un curioso ejercicio de deconstrucción semejante a lo que vimos hace unos días en el programa Top Chef. Volvemos a insistir y esta vez nuestros ruegos son atendidos en la cocina y nos la traen. El tiempo que ha tardado en venir es inversamente proporcional a la cantidad de hambre de Lucía, que mira su plato con la falta de interés con la que un elefante se fijaría en una caravana de hormigas. Le parto unos cuantos trozos y ella, remolona y en voz baja, como el que no quiere dar la cifra del paro en Octubre, dice que ya no tiene hambre. Me pongo de su lado y la entiendo, me pongo en el mío de padre y tengo que insistir en que tiene que comer para hacerse grande y bla, bla, bla. También podría utilizar el argumento de la crisis económica, que todo está en el aire y que quizás dentro de unos meses sólo salgan a cenar los directores de los bancos a los que los gobiernos compran sus activos de mierda (ahora son basura, pero todo el mundo sabe que con el tiempo la basura se convierte en mierda) con nuestro dinero. Como es de mala educación hablar de mierda y de banqueros en la mesa, vuelvo a lo de que tiene que comer para ser alta y todo eso, aunque Lucía ya sea alta : como me sucede con las mujeres, le bastaría con quedarse en silencio para que yo mismo me diera cuenta de la falta de consistencia de mi argumento. La pizza, claro, me la acabo terminando yo.

No sólo la pizza. También me como el pollo de Daniel, sus espaguetis, mi plato y hasta el vino, un Matizales del 2005 que está muy bueno. Cuando todos han terminado y piensan ya en marcharse, yo sigo rebañando platos. El de la pizza lo dejo casi vacío porque temo que alguno de esos cocineros orientales vestidos de negro que podemos ver a través de los cristales de la cocina, venga, cuchillo en mano, a preguntarme por qué no me la termino. Otro bocado y otro sorbo de vino. Afortunadamente el vino es bueno y poco a poco les voy enseñando a mis hijos que los platos hay que dejarlos vacíos y que todo sería mucho mejor si lo hicieran ellos mismos. Al moverme noto cómo se mueve todo dentro de mí, como la bodega de un barco en pleno temporal.

María me mira con sorpresa, como si hubiera hecho cálculos de lo que sería capaz de comer y los hubiera desbordado. Yo mismo no quiero detenerme en todo lo que he cortado, masticado y tragado para que mi estómago no sea consciente del trabajo que tiene por delante. Nada, le digo mentalmente, me he comido unas cosillas, así, con diminutivo.

Es entonces cuando traen los regalos para los enanos. Ana Star, una muñeca para Lucía y cuatro coches Funny Car para Daniel. Todo Made in China. La muñeca tiene menos consistencia que un solomillo en un menú de tres euros. Basta con agarrarla de un brazo para que se le salga y sea imposible colocarlo en su sitio. A Lucía eso le da igual porque lo que realmente le gustan son sus zapatos, que vienen en una bolsa aparte.

La camarera nos trae la carta de postres y elijo una espuma de yogourt. María va a decir algo pero se calla porque sabe que su silencio va a ser más elocuente. Lo sé, lo sé, no debo cargar más la bodega, pero en esta época de maremotos y tsunamis financieros prefiero comerme este postre antes de que se lo pida un banquero. Os quedaréis con mi hipoteca, pero este postre es mío, así, en cuatro cucharadas

sábado, 22 de noviembre de 2008

Figura de Zidane : 2,95 euros.

Me llevo a los enanos a la juguetería del Corte Inglés para que me den pistas sobre sus preferencias y les simplifiquen los Reyes a toda la familia. Primero vamos a ver las muñecas. Lucía me señala las que le gustan y se detiene ante una réplica de Paris Hilton. Bien, me digo, porque si las demás traen accesorios de mentira, seguro que ésta tiene un par de billetes de quinientos euros como complemento para que puedas recrear la atmósfera en la que vive el personaje. De ahí pasamos a la zona de los Gormiti, Pokemon y demás criaturas con poderes sobrenaturales. Daniel me va diciendo el nombre de todos ellos como si fueran parientes cercanos.

-Y éste es Materia Gris – me dice – Piensa.

Que la capacidad de pensar se incluya en el grupo de los superpoderes me serviría como exposición, nudo y desenlace de un buen ensayo, pero desecho los esfuerzos de tan grande empresa a pesar de sus posibilidades y asiento, que es una forma básica pero efectiva de comunicación entre padres e hijos.

En uno de los pasillos veo pequeñas reproducciones de jugadores de fútbol. Me sorprende encontrarme con una de Zidane cuando hace ya un par de años que abandonó el fútbol y a algunos nos dejó huérfanos, buscando un padre sustitutivo por todas partes.

-Este es Zidane – les digo a Lucía y Daniel.

A Lucía le sorprende que esa figura pequeña no venga con ningún complemento. Daniel me mira y me pregunta por sus superpoderes.

-Los tenía todos – le respondo.

Veo que Zidane cuesta dos euros con noventa y cinco. Me parece una falta de respeto dejarle solo entre blisters de jugadores del Barça y del Atlético de Madrid. Busco a más jugadores del Madrid pero sólo encuentro a Van Nistelrooy, que siendo del mismo tamaño cuesta cuatro euros más. La diferencia de precio me parece otra afrenta, teniendo en cuenta que Zidane acaba de jugar un partido contra la pobreza en Marruecos y que Van Nistelrooy va a estar lesionado toda la temporada. Es como si ante dos bolsas de lechuga te cobraran más por la que acaba de caducar.

-¿Todos? – pregunta Javier deslumbrado ante la posibilidad de haber encontrado el superhéroe definitivo.

Recuerdo el cabezazo de Zidane a Materazzi y, como padre, dudo un momento. Como seguidor de Zidane no permito que la duda sea más que un simple picor que uno hace desaparecer sin esfuerzo. Me rasco el cuello y le contesto.

-Todos, sin duda.
-A ver – me dice Daniel, quitándome la figura.

Me pregunto si habrá figuras de presidentes y directores deportivos del Madrid. No me importaría gastarme el dinero y dejárselas a Daniel para que montara una batalla entre las de Calderón y Mijatovic y todos sus caballeros, dragones, alienígenas de Ben 10 y mutantes varios. El resultado de la contienda sería el mismo aunque nos ofrecieran parte de esos dos millones y medio de euros que, según la prensa de hoy, les han puesto encima de la mesa a los jugadores del Madrid para salir de la crisis. Un remedio tan efectivo como intentar reanimar a un muerto dándole masajes en los pies.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Cuatro sándwiches y una botella de agua : 6,25 euros.

Son las nueve y media, en el descanso del Madrid Juventus, y Fernando sale a los alrededores del Bernabéu a comprar algo para cenar. Yo me quedo sentado en mi sitio, con la mente en blanco después de la primera parte que ha hecho el Madrid. Hemos visto cien veces la misma jugada: a Drenthe recibiendo un balón, a Drenthe subiendo por la banda y a Drenthe lanzando un pase con más o menos suerte a la portería. Esa repetición me ha provocado los efectos de un ejercicio zen. Han desaparecido todos los pensamientos, todas las voces.

Me doy cuenta de que me estoy frotando las manos como lo hacía mi padre y al volverme a la derecha le veo. Lleva el abrigo marrón claro con el que solía venir al fútbol. Supongo que ese abrigo lo echó mi madre en algún contenedor de ropa con todo lo que sacó de los armarios.

-Lógico. No iba a montar un museo con mi ropa – me dice.

Pienso en preguntarle si vamos a ganar el partido y niega con la cabeza. No sé si con esa negación me está dando una pista sobre el resultado o se refiere al juego del Madrid. Espero a ver si añade algo más ahí sentado o en este párrafo pero no lo hace. Lo hace en el siguiente :

-Real Madrid hat in der Champions League einen herben Dämpfer bekommen. Vor den Augen des neuen argentinischen Fußball-Nationaltrainers Diego Armando Maradona blamierte sich die Mannschaft von Bernd Schuster am Mittwochabend im heimischen Bernabeu-Stadion mit 0:2 (0:1) gegen Juventus Turin, das in der Gruppe H mit 10 Punkten die K.o.Runde fast schon erreicht hat. Nach den beiden Gegentoren des 33-jährigen Alessandro del Piero (17./67. Minute) rangiert Madrid mit sechs Zählern auf Platz zwei vor Zenit St. Petersburg (4), das bei Bate Borisov mit 2:0 gewann – me dice- Es del Stern de mañana
-No sabía que supieras alemán – le digo, sorprendido no sólo de que sepa pronunciar hasta los paréntesis, sino de que se adelante a lo que el Stern publicará mañana.

Me mira y pone la cara del que de repente recuerda dónde ha dejado las llaves. Sus habilidades parecen ilimitadas y lo que me sorprende es que en vez de ejercitarlas esté aquí sentado a mi lado en el descanso del partido. Antes de que empiece a darle vueltas al asunto, tengo cierta intuición de por qué está aquí. Se podría decir que ha venido empujado por el “¿qué hago yo aquí?”, el mantra que me he repetido cada vez que el balón de Drenthe no llegaba donde debía. Cien veces he pronunciado la frase.

Tal vez a mi padre le pasó la misma idea por la cabeza en bastantes partidos y no sé si él siguió siendo del Madrid por convicción o por razones sentimentales, las más caras e ilógicas. Si no fuera por esas razones, ahora mismo me acercaría a la zona en la que Calderón y compañía se están tomando unos canapés y le metía mi abono en el bolsillo de la chaqueta. Me gustaría hablar del tema con mi padre, pero él se ahorra toda la introducción porque los jugadores está saliendo ya al campo y me da una respuesta :

-Si quieres dejarlo, que sea cuando las cosas vayan bien – me dice.

La frase no es mía. Si fuera mía la habría dicho yo. Son las sorpresas que tiene la escritura. Me froto las manos y al girarme veo el sitio vacío. Quizás Fernando haya puesto como excusa lo de los sándwiches para marcharse a casa. No se lo reprocharía. Le invité a ver un partido de fútbol, no esto que nos ha ofrecido el Madrid. Pero Fernando es una persona responsable y le veo venir con una bolsa de Rodilla.

-Cuatro sándwiches y una botella de agua a la que le han quitado el tapón en el control de entrada – me dice – Seis con veinticinco.

Y durante toda la segunda parte estoy deseando que el Madrid remonte y meta diez goles para poder decirle adiós a este equipo hoy mismo, con alegría, en medio de una gran euforia. Del Piero tiene sus propios planes y le mete un segundo gol definitivo a un Casillas que esta noche está poco fino. Me toca seguir siendo madridista.

Y a todo esto, ¿quién abandona algo en plena celebración?

domingo, 2 de noviembre de 2008

Un ramo de flores de plástico : 25 euros.

Estoy en el Mac Donald´s comiendo con mis hijos. Hoy es un viernes lluvioso y el local está repleto porque los colegios han adelantado la festividad de Todos los Santos y les han dado fiesta a los niños. Como en nuestros trabajos no se aplican los mismos criterios que en el sector de la educación, somos muchos los padres que hemos pedido este día libre para estar con nuestros hijos. Los políticos hablan de compatibilizar la vida laboral con la familiar, pero supongo que se referirán a la suya.

El caso es que casi todas las mesas están ocupadas. Hay tantos niños que no sería raro que al llamar a mis hijos para que me sigan, lo hicieran otros con los mismos nombres. Tengo mucha suerte porque encuentro una mesa en la que sentarnos y los niños que acuden a mi llamada son los míos, lo que me evita problemas legales y alguna situación embarazosa con otros padres. Mis hijos se quitan sus abrigos y antes de sentarse ya han abierto su Happy Meal para ver qué les ha tocado. Daniel me enseña un robot rojo y Lucía una especie de Tamagotchi.

Les distribuyo sus nuggets de pollo encima de mi bandeja y cuando ya lo tienen todo listo abro mi hamburguesa. Es entonces cuando me doy cuenta de que la mesa de al lado está vacía, lo que me sorprende dada la demanda que hay. No le presto demasiada atención al hecho y vuelvo a mi hamburguesa que en estos días de celebración de los difuntos me recuerda a un ataúd de cartón con el muerto dentro. Le doy un buen bocado y es entonces cuando veo a mi padre en la mesa de al lado.

Mi padre lleva el chándal que se ponía cuando se sentaba en casa a leer, por lo que supongo que en el sitio del que viene también debe sentirse cómodo.

-¿Y tú qué haces aquí?
-¿En el Mac Donald´s o en tu párrafo?.

La mención a este párrafo, que escribo dos días después, me demuestra que en su nuevo estado nuestra concepción del tiempo debe parecerles más simple que una previsión económica del Gobierno. Pienso que ha adelantado nuestro encuentro de mañana en el cementerio.

-En donde te gastarás cincuenta euros en dos ramos de flores de tela – me dice.
-¿Perdona? – le pregunto, sorprendido de que sea capaz de saber lo que pienso, como si se anunciara igual que la cotización de los valores en Times Square.
-Y si no quieres que la dependienta se sienta ofendida, pídelas de tela, no de plástico.
-Claro.

Sabe lo que pienso y lo que escribo, así que decido seguir comiendo e insistir con los enanos para que se terminen su pollo. Les podría decir que tienen al abuelo al lado, pero ellos ya tienen su particular relación con él. El día de su cumpleaños, Daniel se levanto diciendo que sabía que el abuelo Paco iba a bajar ese día para estar con él. Si les pregunto, son capaces de girarse y de decirme que sí que le ven, como si fuera lo más normal. Los hijos de Night Shyamalan le debieron dejar el guión de “El sexto sentido” medio hecho.

Mi padre no deja de mirar a sus nietos. Ni nostalgia ni pena. Le veo contento. Mis visitas al cementerio sólo son una forma de cumplir con la tradición porque sé que ahí nunca le voy a encontrar. No hay ningún recuerdo de un momento compartido con él asociado a esa lápida y ahí donde no hay recuerdo es imposible que pueda verle. Le compraré las flores de tela y me quedaré de pie sin saber qué decirle a una piedra.

-¿Y dónde crees que puedo estar? – me pregunta.

La respuesta es fácil. En una botella de Matarromera, el vino que él me descubrió y del que sale en forma de recuerdo, como un genio de su botella, cada vez que descorcho una. En su localidad del Bernabéu. En un discurso de César. En unos peces en una bolsa de plástico. En una comida en el Nemesio. En una charla en el Brillante de Atocha…Pero no recuerdo nada asociado a un Mac Donald´s.

-Fue en un Burguer King – me aclara – Un sábado que estuvimos trabajando para preparar el IVA, antes de que te marcharas a hacer un curso de francés a Suiza.
-Ya.
-Y esto es lo más parecido a ese Burguer King.

Los enanos me piden que les abra su postre. Cuando vuelvo a girar la cabeza, mi padre ya no está ahí. Lamento haber perdido la ocasión de preguntarle algo crucial, como saber si lo que los enanos están comiendo es verdaderamente pollo o no. Cojo el robot de mi hijo y me doy cuenta de que somos muy parecidos. Tiene tres ruedas en la base, con lo que en vez de avanzar en línea recta da vueltas sobre sí mismo y si se le da cuerda baila moviendo únicamente la cabeza y los brazos, incapaz de llevar el ritmo a sus piernas. No sé si esta comparación es totalmente mía o si mi padre me la ha dejado al final de este texto como una broma suya.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La figura del lobo de Ben 10 : 9 euros.

Esta mañana de sábado hemos estado en el Carrefour, en el Vips de Diversia y ahora entramos en la sección de juguetes del Corte Inglés de la Castellana para ver si encontramos al “corre, corre”. Reconozco el stand de las figuras de Ben 10 y me acerco con mis hijos para ver si ahí tienen la que buscamos. Un anciano muy bien vestido va mirando las figuras más pequeñas a gran velocidad.

-Puede usted acercarse si quiere – me dice – pero ya no queda ninguna.

Noto cierta decepción en su voz, como si llevara desde su juventud buscando algo que tampoco aquí ha encontrado. Se acerca a hablar con un dependiente y tras escucharle atentamente asiente muy despacio y se marcha. Camina con abatimiento, tal vez pensando en la mejor forma de contarle a su nieto o nieta que vuelve con las manos vacías. Un hombre de neandertal que regresara a la cueva sin carne no transmitiría la misma sensación de fracaso.

Y es en ese momento cuando recuerdo un párrafo del libro de Peter Carey “Equivocado sobre Japón”, la narración que el autor hace de un viaje con su hijo a Japón para conocer a los principales autores del manga y del anime. Uno de los encuentros es con Yoshiyuki Tomino, el autor de “Mobile Suit Gundam”, un hombre que Peter Carey define como de juveniles sesenta años, esbelto, calvo, grandes gafas, y esa curiosa combinación que a menudo se ve en los artistas de una sensibilidad evidente unida a una voluntad paradójicamente inquebrantable. El juvenil hombre no tiene ningún reparo en reconocer la verdadera motivación de su trabajo :

“Gundam sólo se lanzó para vender robots de juguete, para crear un producto que la gente comprara. En realidad no esconde ninguna inspiración de verdad. Inventé Gundam porque mi trabajo consistía en inventarlo. Y antes de Gundam había hecho montones de animaciones que también servían para anunciar robots de juguete”.

La calidad de las historias y de los dibujos de Ben 10 es bastante pobre. Empecé a verlos después de escuchar a Daniel extrañas historias sobre un niño que se convertía en monstruos con más recursos que Zidane. Quería comprobar qué parte de lo que me contaba se debía a su imaginación, desbordante como una magdalena con exceso de levadura en el horno, y qué parte a lo que veía. Lo que ofrecía Ben 10 era previsible y plano, un refrito de situaciones que sólo servían para crear, como admitía Tomino, un anuncio de veinte minutos.

Hasta aquí la parte teórica. La práctica la estoy viviendo frente al expositor del Ben 10, en el que no quedan las figuras más baratas. Entiendo la decepción del anciano. La colección de monstruos a 9 euros prácticamente ha desaparecido. Puedo dar el salto a las más caras, por las que nadie parece haber mostrado interés, o tratar de convencer a mi hijo de que la única figura que queda, la de la prima de Ben, puede ser la sustituta del “corre, corre”. Curiosidades de coleccionista, de Gwen hay todas las unidades que uno quiera, como si en el tema juguetero la cuestión de la cuota también funcionara y se hubieran visto obligados a tener una Gwen por cada uno de los diez monstruos en los que Ben puede convertirse.

-Pues a mí me gusta – miento.

Y mi hijo, como mostrándome que se da cuenta de mi mentira, niega en silencio y se marcha a ver qué tienen que ofrecerle los Gormitis. Me veo de anciano, bien vestido, buscando la figura del “corre, corre” pero trato de animarme diciéndome que yo tendré más suerte. Para evitar que la influencia de Ben 10 sea excesiva me propongo en este mismo momento contraatacar con la obra de Hayao Miyazaki. Frente a la falta de imaginación de Ben 10, la contundencia y la maestría de las obras del Estudio Ghibli. Si mi futuro es el de pasarme las mañanas de los domingos buscando figuras de juguetes, que sean al menos las de películas como “Mi vecino Totoro”, “El viaje de Chihiro” o “Haru en el reino de los gatos”.

El propio Peter Carey parece reconocer la superioridad del trabajo de Miyazaki al cerrar el libro con el encuentro que él y su hijo tuvieron con él. En la breve entrevista, la traductora les cuenta :

“Para el señor Miyazaki una de las capacidades más importantes del ser humano es la imaginación, por tanto el propósito de sus actividades creativas es desarrollar la imaginación de los niños, de las generaciones venideras. La imaginación puede crear un mundo completamente diferente, depende de cómo se use. Puede dar vida a la virtud o armas destructivas que amenacen al mundo en su conjunto, un riesgo potencial que le provoca miedo”

Me resigno a irme con las manos vacías. Rebusco entre todas las figuras de Gwen hasta que doy con una distinta. Un lobo que tiene las fauces divididas en cuatro partes. Se la enseño a Daniel, que sonríe y viene corriendo hacia mí.

lunes, 16 de junio de 2008

Un husky de peluche : 18 euros

Voy al quiosco a comprar dos periódicos : El Público y El País. Ambos tienen como titular hoy la victoria del no en el referéndum sobre la unión europea en Irlanda. (“Los irlandeses dicen no” e “Irlanda hunde a la UE en su peor crisis”). Desde fuera parezco un ciudadano responsable que quiere saber cuál va a ser el futuro de Europa, pero lo cierto es que de los dos periódicos sólo me interesa el CD de la “Bella y la bestia” que regala el Público y los artículos de Marcos Ordóñez, Muñoz Molina y Manuel Vicent en el suplemento Babelia de El País. En cuestiones europeas soy lo peor y mi grado de compromiso con el proyecto es un poco vago aunque confío en que los líderes europeos encontrarán la forma de salir del escollo con soluciones como la de volver a pedir que los irlandeses voten y en el caso de obtener un nuevo voto negativo recordar que menos por menos es más.

Me llevo a mis hijos al quiosco para que sepan qué es un periódico, aunque los periódicos de papel compartan con la UE el mismo incierto futuro. Que la tecnología vaya tan deprisa nos deja a los padres sin nada a lo que agarrarnos. Todo lo que defendamos tiene cierto aire arqueológico que hace que no nos podamos tomar casi nada en serio. Hace años un padre le podía pasar a su hijo un oficio. Hoy ni tú mismo sabes cuánto durarán tu versión de Excel y tu sistema operativo.

Junto a los cuentos infantiles hay un cesto con vario peluches. Mi hijo coge un husky y me pide que se lo compre. Le digo que no porque se supone que debo oponerme a cualquier capricho en beneficio de su educación. El me mira en silencio y veo cómo los ojos se le empiezan a llenar de lágrimas al verse incapaz de encontrar un argumento con el que convencerme. Levanta el índice de la mano derecha y me dice.

-Uno.

Un uno al que no añade nada más. Una única farola en una calle a oscuras. Le repito que no y él continúa en silencio. Las lágrimas le caen por las mejillas. Me hubiera gustado que gritara, que pataleara, que me golpeara en la pierna con los puños cerrados porque eso ayuda a repartir mejor los papeles. El husky de peluche cuesta dieciocho euros.

-¿Lo hablamos con mamá y vemos qué decidimos?

En su artículo de hoy, Manuel Vicent habla de los distintos personajes que Pessoa creó para poder escribir más libremente. Yo noto cómo dentro de mí empiezan a hablar distintas personalidades, cada una con su opinión sobre el husky de los dieciocho euros. Hay una que dice que hay que mantenerse fuerte y no ceder, otra que hay que ser un poco cabrón para negarse, otra que se puede llegar a una negociación, otra que el mismo husky estará más barato en otra tienda y otra que hay que ver cómo viene la portada del FHM de este mes. Por un momento me planteo la posibilidad de hacer un referéndum a ver qué es lo que sale, pero viendo que en el caso de la UE ha servido más bien de poco, decido callarme y asomarme al balcón para ver cómo todas mis personalidades discuten abajo.

-¡Ciudadanos! - les grito.

Y ellos me miran, asombrados por el tono de mi voz.

-Que no me importa nada lo que digáis, que voy a comprar el perro.

Igual que con la UE, que ya está vendida.

sábado, 14 de junio de 2008

Litro de diesel : 1,303


Estoy en una gasolinera de Carrefour rellenando el depósito del coche por temor a que las gasolineras tengan problemas de suministro por la anunciada huelga de transportistas. Veo que comparto el mismo temor con todos los que, como yo, hacen cola esta tarde de domingo.

Dice nuestro Presidente que no hay que ser pesimistas respecto a la situación económica y yo decido seguir su consejo y no fijarme en el precio del litro de Diesel : 1,303 euros. Ser pesimista es ver cómo va subiendo el importe conforme se llena el depósito y me veo siguiendo esa senda cuando reacciono y me obligo a ver la parte optimista, que tiene que haberla, que el Presidente la ha visto y sólo es cuestión de esforzarse.

Y me esfuerzo en esforzarme, ahí me tienen, con los ojos cerrados y centrado en mis sentidos. Y la señal que busco me llega a través del tacto. Noto en la manguera el débil latido del gasóleo al ser bombeado y me digo que por ahí circula la Historia. Así, con mayúsculas, que cuando se tiene una revelación debe ser con mayúsculas porque si no se queda en mera ocurrencia de sobremesa de pacharán.

¡La Historia! Unos la buscan subiendo al Himalaya disfrazados de Piolín y yo me la encuentro un domingo por la tarde en una gasolinera de Carrefour (que debe ser al mundo de la gasolina lo que la mortadela al embutido). Abro los ojos y veo que un equipo de televisión está entrevistando a un hombre con chándal que está echando gasolina a un coche de cuando en la televisión la carta de ajuste era en blanco y negro. Le estarán preguntando :

-¿Y usted es optimista o pesimista?

Y yo sé la respuesta, tan alejada de la pregunta como la solución a un acertijo Zen. ¡La Historia! ¡La Historia!. Campos de petróleo, dinosaurios, cotizaciones, PIB, OPEP, alianzas, Venezuela, Jet en Marbella, guerras, anuncios de si te gusta conducir, el hombre del taller que mueve la cabeza en silencio al comentarle lo del ruidito del motor, el triángulo en el maletero, el placer de conducir, la huelga de los parquímetros, la guerra, la figurita de Elvis moviendo la cabeza en el espejo, los rodillos que frotan los laterales del coche en el autolavado y el litro de diesel a 1,303.

Dentro de unos años les podré contar a mis nietos lo de aquella vez que pagué el litro de diesel a 1,303. Tendré que utilizar un traductor porque es probable que para entonces ya no hablemos el mismo idioma y la frase se quede en algo como :

-Ltr Dsl 1303/08

Es un momento pleno de sentido el que experimento esta tarde de domingo. Hasta la realidad parece ir más despacio (menos la cantidad que voy a tener que pagar, que aumenta muy deprisa, pero eso es lo de menos). Me sumerjo en esa revelación y en ella me voy a pagar, en ella vuelvo al coche y veo cómo el hombre del chándal se marcha en en suyo y los de la televisión recogen su equipo.

Pero la Historia es un poco puta y al rato la mayúscula me abandona. Descubro que en la gasolinera de enfrente el litro está a 1,319. Eso me pasa por querer ahorrarme unos céntimos en Carrefour. Ahí es donde estaba la Historia de verdad, la que habría durado un poco más.

Pongo la radio y suena Amaral.

martes, 22 de enero de 2008

Una máscara de león : 5 euros.

Vamos a la Plaza Mayor a que los enanos se den su primer paseo entre los puestos de Navidad. No sé si con su edad recordarán algún detalle de esta mañana o si la parte de su memoria que debería guardarlos está por estrenar esperando que llegue su momento, como una lujosa cesta de Navidad en una playa de Agosto. Si todo lo de este día va a desaparecer tal vez hubiera sido más práctico demorar la mañana en pijama viendo relajadamente en el sofá un episodio de Caillou.

María y yo no olvidaremos, por ejemplo, que el aparcamiento en el que teníamos pensado dejar el coche está completo, que después de esperar pacientemente la cola de otro aparcamiento, el de la Plaza de Jacinto Benavente, un policía muy, muy simpático, nos coloca una valla enfrente de la entrada y con un gesto de cabeza como único argumento, nos invita a que disfrutemos un rato más de Madrid en fiestas. Y claro que disfrutamos. No olvidaremos eso ni las vueltas y más vueltas que damos hasta dejar el coche en la calle Segovia, desde donde tenemos que subir con los enanos dormidos en brazos hasta los alrededores de la Plaza Mayor.

Es al llegar al final de la calle Segovia, con Daniel en mis brazos, dormido, aumentando de peso conforme camino, cuando se me ocurre eso de que habría sido más práctico demorar la mañana viendo relajadamente un episodio de Caillou. A continuación casi me oigo exclamar que encima es posible que no recuerden esto. Y ahí estamos María y yo, a punto de desfallecer, cuando me digo que ser práctico muchas veces equivale a dejar de callejear por la vida y que a mí me gusta callejear, así que me olvido de Caillou y de mi cansancio y recuerdo a qué hemos venido esta mañana de sábado y me digo que venga, que ya estamos al lado.

La Plaza Mayor en Navidad siempre parece la misma, lo que en estas fechas es positivo porque esa inmovilidad es lo que todos andamos buscando. Los Reyes Magos eran tres hace diez años y tres serán dentro de otros diez. Las uvas fueron, son y serán doce. Así que sentir que nada ha cambiado en lo que se me presenta esta mañana me reconforta. Entramos en la Plaza por la cuesta de cuchilleros y lo que me encuentro es lo que mis hijos se encontrarán dentro de diez o veinte años : un montón de gente con ganas de pasárselo bien pero con la sospecha de que estar ahí no es la mejor manera de lograrlo, vendedores de globos, personas con grandes y ridículas pelucas de colores, puestos que venden figuras para el belén y todos sus accesorios, puestos que venden las dichosas pelucas de colores, puestos que venden máscaras para disfraces, niños que quieren una máscara, pintores que te hacen tu caricatura mientras diez personas juzgan el parecido, vendedores de barquillos, niños que quieren un barquillo y todos los demás niños que no quieren una máscara ni un barquillo y que parecen estar ahí para rellenar todos los huecos, como el maíz en una ensalada. De fondo, cuajando toda la mezcla, la compartida certeza de que, a pesar de todo, en esta mañana había que estar ahí.

Ni Daniel ni Lucía parecen contentos. Intentamos contagiarles algo de ilusión, pero la poca que teníamos se la quedaron el municipal ese de la valla y el esfuerzo de la cuesta. Lucía, que le tiene pánico a los globos, empieza a chillar nerviosa cuando ve los de un vendedor. Tratamos de calmarla pero el pánico sube un grado de intensidad al encontrarnos con un Mickey Mouse de segunda fila inflando globos a los niños. El Mickey Mouse tiene un trozo de esparadrapo en una mejilla y parece que el hombre que lo lleva no se quitara el disfraz ni para dormir. Lo del esparadrapo me hace pensar en una reyerta con algún otro personaje infantil, tipo Winnie The Pooh, por lograr un buen sitio en el que colocarse estas fiestas. Me imagino al oso de la miel llevándose a Mickey Mouse a una esquina poco iluminada para dejarle un recuerdo de quién es el que se queda con la ordenada Cortylandia y quién es el que se tiene que conformar con el caos de la Plaza Mayor.

María se lleva a Lucía y yo me quedo con Daniel, que está fascinado con las máscaras de disfraces. Me obliga a recorrer todos los puestos para tocarlas una a una, quizás con la esperanza de que alguna de ellas cobre vida. No lo sé. Mientras camino de un puesto a otro, con él sobre mis hombros, me doy cuenta de que las figuras que están expuestas son exactamente las mismas que había en el belén de la casa de mis padres. Recuerdo las veces que veníamos mi hermano y yo con mi padre a comprar esas figuras y durante un rato tengo la impresión de que si sigo caminando por ahí me veré de la mano de mi padre. Como si bastara con insistir y tener un poco de paciencia.

-Ésta – me dice Daniel.

Es una máscara de un león que cuesta tres euros. El precio es muy alto, pero trato de no pensar en ello. En Navidades uno gasta dinero como si se encontrara en un país lejano en el que por diez euros le hubieran dado cinco fajos de billetes prietos y densos, como los que llevan los ganaderos en los bolsillos. En esos países no se discute el precio, así que yo tampoco lo hago y le compro a Daniel su león.

-Y ésa para Lucía – dice, señalándome otra de Daisy.

Y ahí va otro fajo de billetes por la máscara de Daisy.