miércoles 3 de junio de 2009

Fucidine : 3,61 euros.

Así que ahí estamos, a las siete y media, en la cafetería del hospital de Sanitas. Los de esa mesa somos nosotros : Lucía, Daniel y yo. Encima de la mesa tenemos nuestra merienda : dos batidos, un café con leche, un zumo, una magdalena y unas natillas de chocolate. Por lo que hemos pagado por todo ello podría sentirme como si estuviera en una mesa de la plaza de san Marcos, viendo a las palomas posarse encima de los turistas.

Hemos venido al hospital a que un otorrino vea a Lucía. Llevamos ya varias visitas por culpa de un taponamiento que tiene en los oídos. El otorrino, nada más entrar, les hace a los enanos el juego del dedo que se separa de la mano. Siempre lo hace, quizás con fines profesionales, no lo sé, buscando algún tipo de reacción, como si una doctora realizara delante de mí el cruce de piernas de Sharon Stone para comprobar que mi atención y mis reflejos funcionan bien. Después del número de magia (el de las manos, no el de las piernas), el médico se fija en una herida que tiene Lucía en la nariz de tocársela. Dedica un buen rato a mirársela y le dice, como si no se fiara de que yo lo fuera a recordar mejor, que tiene que darse una pomada.

-Si no, se te puede poner peor – le dice. Me gusta este médico que utiliza la magia pero que les habla como adultos.

Y después de estudiar la nariz de Lucía, recuerda el motivo de nuestra visita y en un par de segundos mira sus oídos para ver cómo están.

-Limpios – dice.

Así que el principal motivo de nuestra visita se queda como algo secundario. Lo mismo nos pasó con Daniel cuando le llevamos al pediatra para que viera cómo iba una uña que se pilló con una puerta y le descubrió una otitis, sin darle apenas importancia a lo de la uña. Uno se cree que lo importante está en un sitio cuando realmente se encuentra en otro lugar. Quizás ese fuera el mensaje en clave del truco de magia del otorrino :

-Nunca nos fijamos en dónde está lo importante, por eso te crees este truco de magia.

En la mesa de la cafetería, por ejemplo, lo relevante no está en una magdalena, como yo pensaba, sino en una barra de pan. Lucía descubre en su magdalena pepitas de chocolate y se niega a probarla a pesar de que acaba de terminarse las natillas de chocolate (que anuncian en su tapa que no fabrican para otras empresas, que es lo que parece que Kaká lleva escrito en su camiseta del Milán, en su juego de ahora me marcho al Madrid, ahora no me marcho). Lo de la negativa tiene más de cuestión estética que gastronómica y Lucía la aparta. Insiste en comerse una barra de pan y en ese momento comienza la negociación. Le compro un bocadillo de salchichón si es para cenar.

-Para el camino – me dice.
-Para la cena
-Para el camino
-Para la cena – y hago amago de marcharme.
-Para la cena.

Antes de ir a casa pasamos por una farmacia a por la pomada. Daniel quiere saber qué diferencia hay entre una pomada y una crema.La pregunta, como todas las suyas últimamente, es buena y es una pena que mi respuesta no esté a la altura.

-Son iguales.

Y una mierda que son iguales y él lo sospecha y vuelve a insistir. Es la realidad, de nuevo, la que me echa una mano. La pomada cuesta 3,61 y entrego 3,60. Busco en los bolsillos ese céntimo que falta. Como si se avergonzaran de su poco valor, estas monedas son las que se esconden en lo más profundo del bolsillo. La farmacéutica, en vez de pedirme ese céntimo, les da a los enanos una piruleta de fresa. Y en un extraño juego contable, parece que esas dos piruletas cuadraran la transacción. Quizás es que, poco a poco, desconfiando de la situación actual, estemos volviendo al trueque, por si acaso.

Ya en casa, llegado el momento de cenar, Lucía abre su bocadillo y se come el salchichón sin probar el pan. Voy a decirle que no entiendo nada pero es ella la que se adelanta mirándome con cara de “efectivamente, no entiendes nada”.

domingo 3 de mayo de 2009

Cena en Noemi : 49,11 euros.


María y yo estamos cenando en el restaurante Naomí, un japonés que está en la calle Ávila. La mujer mayor que nos toma nota nos advierte de que el atún que hemos pedido se sirve crudo y mezclado con huevo también crudo y espera a que repitamos sus palabras como si así se asegurara de que después de traerlo no nos vamos a echar atrás.


-Será por huevos - pienso.


Además del atún crudo pedimos berenjena y sashimi de atún y salmón. Cuando estoy tratando de poner orden en mis dedos para que manejen los palillos con la misma naturalidad que observo en las parejas jóvenes que ocupan las mesas del local, veo que entra una familia con dos hijos. La hija lleva una camiseta del Madrid y el hijo otra en la que se lee “Shit happens”. De repente viene a mi encuentro un pasado que creía ya muy lejano y aunque el atún y el salmón me dicen :


-Disfruta de la comida, aunque nosotros seamos el plato principal. Konbanwa. (Buenas noches)


El madridista que llevo dentro se impone y me escucho preguntándole a la chica cómo ha quedado finalmente el partido.


-2-6 - me dice, con la sonrisa del que ve cómo un meteorito cae encima de su casa y, poniendo un poco de distancia, trata de encontrarle la parte graciosa al asunto.


Efectivamente, “Shit happens”. Si María y yo estamos cenando en este restaurante a esta hora es gracias al quinto gol de Henry, que me animó, por primera vez en mi vida, a marcharme del Bernabéu antes de terminar un partido. Camino del coche pasamos por este japonés y la mujer que nos atendió, tal vez viendo en nuestra cara lo que acabábamos de experimentar mi mujer y yo, nos ofreció una mesa con la muy literaria condición de dejarla antes de las once, no sé si con el riesgo de convertirnos en salmón para el sashimi..


El caso es que el Barça se ha comido al Madrid como si éste fuera el blandito trozo de salmón sin espinas que me meto en la boca. Me imagino que los titulares de mañana sobre el partido serán más duros que unas gárgaras con chinchetas y por un momento desearía que esta tranquilidad de la cena, con su pescado, su flan de café y sus dos tés verdes no se terminara nunca.


Pero llegan las once y dos minutos antes de que termine el plazo estoy firmando el comprobante de pago y salimos a la calle. Escuchamos el sonido de varias ambulancias dirigiéndose al Bernabéu y me imagino que a más de algún socio sin capacidad de ironía se lo habrán tenido que llevar a casa en una de ellas.


Como la vida tiene esas coincidencias que a Paul Auster tanto le gustan y tanto dinero le deben dar, al zapear en casa veo que ponen “Astérix en los Juegos Olímpicos”, donde aparece Zidane en una pequeña escena. Me acerco a la pantalla como la niña de Poltergeist, pegando las manos a la televisión y susurrando en voz baja con la esperanza de que, en un día como hoy, el anhelado Zidane se manifieste y me ilumine.


-Vas a dejar de beber vino en la cena - me advierte mi mujer.
-Ya, pero es Zidane.


Cambia mi mujer de canal y vemos el episodio de Scrubs en el que una mujer, aquejada de una enfermedad, ve a todo el mundo cantando, como si viviera en un gran musical. ¡Ah, ojalá hubiera sido así esta tarde en el Bernabéu! Hasta lo más triste te anima el corazón si lo dices cantando. Yo habría compuesto para los jugadores un tema titulado “Hormonas enraizantes” (un producto que veo en la floristería cuando voy a comprarle a mi madre una orquídea para regalarle el domingo) porque lo que está claro es que a estos chicos de blanco les falta algo que les haga echar raíces en el escudo. Sé que es algo difícil cuando se tienen argentinos, holandeses y brasileños que deben ver su época en el Madrid con la frialdad del que hace escala en un vuelo camino de otro destino. Lo sé, lo sé, pero si Guardiola ha conseguido que el tronco seco de Henry florezca, lo mismo podemos hacer nosotros con unas buenas dosis de hormonas enraizantes. Un chupito antes de entrenar todos los días y seguro que estos chicos no nos habrían hecho sentir vergüenza ajena esta noche.


-Hormoras enraizantes para los futbolistas atacantes - tararero.
-¿Qué?
-Nada, nada - digo.


“Shit happens”. Sólo espero que el próximo año, al escuchar la alineación del esperado Madrid-Barça, en los marcadores del estadio del equipo de hoy sólo quede Casillas.


-Y Guti - susurra una voz con acento francés que sale de la televisión.

domingo 12 de abril de 2009

Pincho en el Imanol : 1,6 euros

Son las ocho de la tarde y María y yo estamos en la barra del Imanol cenando unos pinchos. Los enanos están con los padres de María, así que no tenemos ninguna prisa. Nos sentimos, sin embargo, un poco desorientados, sin saber cómo manejar el tiempo o el silencio.

-Ahora estaría poniendo la cena mientras tú terminas de secarles el pelo – le digo.

Pero en vez de colocar un plato de Hello Kitty y otro de Barrio Sésamo en la mesa de la cena, muerdo un pincho de croquetas que acaban de sacar de la cocina. Así que así era la vida cuando no teníamos a los mellizos, me digo, y me vienen a la cabeza escenas como ésta en el asturiano que está junto a los cines Verdi (esas croquetas de manzana) o en el Quinto vino (esos montados de solomillo).

-Sí – dice María, y prueba el pincho de salmón relleno que tiene en el plato.

El local se va llenando poco a poco de gente. A nuestro lado se coloca de pie, junto a una mesa alta, un hombre mayor, rubio, totalmente vestido de negro, que señala el grifo de la cerveza. El camarero le muestra dos vasos y el hombre elige el alto y fino, levantando después el pulgar. Recibe la cerveza, la prueba y después de dejarla en la mesa se mete las manos en los bolsillos y se queda mirando la televisión, sin sonido, que tenemos detrás. La mira con una extraña atención, como si fuera el capitán de un barco decidiendo la mejor ruta para no encallar.

En la televisión está puesto un programa del corazón. No reconozco a ninguno de los famosos, pero me atrae la sucesión de imágenes, como si fuera un mono frente a un experimento. Me gusta esa lejanía de la realidad y mi total falta de implicación con lo que veo. Me termino la croqueta y al ver el plato vacío me ofrezco para buscar más pinchos.

Los camareros parecen filipinos. Me baso en el hecho de que entre ellos hablan un idioma que no reconozco del que saltan, sin ningún problema, a un español de taberna cuando , gritando, uno de ellos nos recuerda :

-¡Los palillos al plato!

O, más tarde, nos advierte :

-¡Las charlas para los domingos, aquí se viene a comer!

No sé si les entrenarán para lanzar gritos así, con la fuerza con la que un pelotari manda la bola contra el muro. Exceptuando el nombre del local y, en cierto modo, los pinchos, ante los que es posible que un ortodoxo en la materia negara lentamente, nada en el local parece vasco. De hecho, con la llegada del hombre rubio y su barco y el trajinar de los camareros, uno se siente un poco cosmopolita y ciudadano del mundo. Basta con que los platos de Hello Kitty y Barrio Sésamo sigan en su cajón para que se experimente cierto espíritu aventurero.

Movido por ese espíritu, recorro toda la barra con el plato en la mano buscando nuevos pinchos, como si fuera Darwin en el Beagle a la busca de ejemplares con los que apuntalar la teoría de la evolución. No encuentro pinzones de pico duro, pero sí un pincho de jamón serrano, otro de pasta de pimiento rojo, otro de salmón y un cuarto de cangrejo.

-Todavía no han sacado los pinchos calientes – comento al dejar el plato junto a los dos vasos de vino.

En ese momento entran dos mujeres con ropa deportiva. Se quedan cerca de la puerta y dejan a sus pies dos bolsas negras. Vienen de hacer deporte en el Holmes, un gimnasio caro que está cerca y en el que los monitores son capaces de ajustarte una tabla de ejercicios mientras te recomiendan dónde invertir el dinero a la vista de los vaivenes de la bolsa. Las mujeres parecen venir aquí a comprobar que sus esfuerzos aeróbicos tienen su recompensa. La selección natural en todo su esplendor.

-¿Sí o no? Me pregunta el culo de una de ellas al ver que me fijo en él.
-Bueno, hay que reconocer que sí.
-¡Ah! Eso le va a gustar a mi dueña.
-Sí, pero dile que quite ese gesto de tensión que tiene en la cara.
-Eso es porque le gustaría comerse un plato como el tuyo pero no puede.
-Todo sea por la especie – le respondo.

El capitán de barco sigue con su cerveza, bebiéndosela a lentos sorbos. Ahora en la televisión, que sigue sin volumen, han puesto el pasapalabra. Me quedo mirando cómo las letras se van iluminando. Es un ejercicio inútil pero relajante. Lo más parecido a ver un acuario. En la calle la tarde va empeorando, cubriéndose de unas nubes oscuras con ganas de anticipar la noche. Entre la poca gente que sigue en las mesas de afuera veo a una mujer con velo, a su marido y a sus dos hijos. Me extraña que no entren y se queden ahí afuera. Si nuestro gran presidente les viera, les invitaría a entrar y les hablaría de la alianza de las civilizaciones, que no es el nombre de un anillo de los que se anuncian por la noche en el teletienda, sino un programa político para que todos los niños del colegio sean amigos y compartan sus cromos.

Pedimos dos vinos más mientras acumulamos los palillos en el plato. Miro el reloj y le comento a María que ahora estaría empezando a contarle el cuento a los enanos. Dos veinteañeros se sientan a nuestro lado y comienzan a besarse con una dedicación e intensidad sorprendente, como si quisieran desenterrar un tesoro con la lengua. El chico, mientras la besa, busca mi mirada para asegurarse de que tiene testigos de su hazaña. Le contaría que la distancia entre un beso como ése y los cuentos a las ocho y media no es tan grande como él piensa, pero prefiero seguir acumulando palillos para no romper este eslabón en la cadena evolutiva y dejar que los genes puedan combinarse.

-¿Cuál es nuestro récord? – le pregunto a María.
-Diecinueve.

Cuento los palillos que hay en el plato y asiento.

-Pues vamos a ver si establecemos una nueva marca por mi bien y por el de la especie.

Y me levanto a buscar más pinchos. El capitán se termina su cerveza y sale a la calle. Me quedo junto a la puerta para ver si se sube a un barco, pero se mete en un Mercedes automático y se mezcla con el tráfico de la rotonda. Tal como están las cosas puede que para él éste haya sido un día más de trabajo o el último. Le debió resultar más fácil a los pinzones adaptarse a los granos duros de su dieta que a cualquiera de nosotros aceptar las nuevas reglas de la economía.

sábado 4 de abril de 2009

Entrada infantil al zoo : 15 euros.

Es una soleada mañana de domingo y decidimos pasarla en el zoo con los enanos para que vean animales. En la anterior visita no pudimos ver al oso panda y uno de nuestros objetivos en esta visita es acercarnos a su jaula a ver si tenemos más suerte.

Ir al zoo es como leer un buen libro : lo que se obtenga de él depende de lo que uno le eche al texto, como el que arroja troncos a un fuego que está empezando a arder. De partida, en cada visita al zoo uno tiene la impresión de ir observar un traje que en su momento podía presumir de buen corte y al que, con el uso, se le van viendo los brillos y las zonas en las que se ha hecho necesario un zurcido. Ante animales como el elefante, el hipopótamo o las jirafas uno percibe un cansancio de bibliotecario desmotivado que cuenta los minutos para marcharse a casa.

Frente a esa situación exterior e interior uno puede utilizar sus propias estrategias y llevarse, por ejemplo, una cámara de fotos y un par de niños de cuatro años. Las medidas son útiles si se utiliza la cámara venciendo la inercia que te llevaría, por ejemplo, a hacerle una foto al gilipollas que le da un gusanito a la jirafa y si en vez de imponerse a los niños uno se abandona a sus gustos como si fueran sherpas que conocieran el camino. Haciendo ese pequeño esfuerzo, la mañana de domingo puede ser útil y sacar de ella algo más que la buena conciencia de haber sido un padre responsable.

Los enanos distribuyen su tiempo de forma aleatoria entre los animales. Apenas prestan atención a los gorilas o los suricatas, pero parecen especialmente atraídos por las focas, los hamsters o los tiburones. Agradezco las explicaciones que aparecen en la zona de cada animal porque así puedo explicarles lo que están viendo pero en sus limitaciones noto esa desgana que existe en la gestión del zoo, como si no estuvieran muy orgullosos de sus animales y se preocuparan más de colocar tiendas que de aprovecharse de la tecnología. Podrían repartirse dispositivos como los de los museos para aprender algo más de los animales que uno tiene delante, pero parece que basta con que un tigre sea un tigre sea un tigre.

En la zona de los gorilas, por ejemplo, se cuentan las historias de Niky, un gorila que pasó varios años viviendo en el garaje de un particular antes de ser confiscado, provocándole una experiencia traumática que le impide ser el líder que estaba destinado a ser, la de Banga, una gorila dulce que expresa su alegría con una especie de llanto y que tiene como único defecto ser una gran ladrona, la de Malabo, que nació en el Zoo y al que su padre enseñaba a pelear desde pequeño, la de Bioko, decomisado en el aeropuerto de Barajas y criado en la enfermería del zoo o la de Nadia, la más inteligente del grupo, capaz de imitar cojeras o inventarse enfermedades para atraer la atención. Leo rápidamente esas historias en unos pequeños paneles desgastados y salgo corriendo detrás de los enanos, a quienes no les interesan los gorilas

Me quedo dándole vueltas a la historia de Nadia y me imagino que todos los animales habrán desarrollado sus propias estrategias para aguantar su situación y nuestra presencia. Eso hace que uno no se encuentre ante un animal, sino ante una representación de un animal, bastante cercana al original, pero representación al fin y al cabo. Lo bueno de tener cuatro años es que estas ideas ni se te pasan por la cabeza y lo que tienes ante ti es un verdadero elefante, con su trompa, sus orejas y sus colmillos.

-¿Cuántos cacahuetes come? – me pregunta Daniel.

Me imagino que muchos. Echo de menos a algún guía que te acompañe por el zoo. Puestos a pedir, uno como Gerald Durrell. Ahora que en la Puerta del Sol los guías de verdad están siendo desplazados por guiris que les deben contar a sus paisanos versiones de Madrid que le provocarían una taquicardia a un historiador, podrían venirse aquí para explicarles a los enanos, por ejemplo, cuántos cacahuetes come un elefante.

Busco esa información en los paneles de los animales, pero lo que me encuentro son invitaciones a apadrinarlos. Para dar ejemplo, en muchos de esos paneles aparecen los nombres de las empresas que han puesto, por ejemplo, un gorila en nómina. Creo que debe ser más barato apadrinar alguna Caja de Ahorros.

-Mira, Daniel, no sé qué comerá el gorila, pero lo apadrina Campofrío.
-¿Y eso es bueno?
-Pues supongo que se meterá unos buenos bocadillos de jamón.

Ser apadrinado por Campofrío tiene su parte positiva, pero hay apadrinamientos más extraños. Ahí están los de Roda, una empresa de paisajes urbanos y adoquines, apadrinando a un ave, los de Sports & Salvament apadrinando a una mara, o los de frutas Bonsái (Servicio a colectivos) apadrinando a la jirafa. Como economista, entiendo que todo lo que sean fuentes de financiación sean bien recibidas, pero creo que eso debe provocar cierto malestar entre los animales y que cuando llega la noche y ya no quede nadie en el zoo no debe resultar difícil escuchar ciertos gritos entre los animales.

-¿Pero tú qué me estás contando, mono de culo rojo, que no tienes quien te apadrine?
-Calla, jirafa, calla, que por ti pagarán tres euros.
-A ti ni regalado.
-Yo tengo una imagen que mantener y debo elegir con cuidado a qué empresa me asocio.

Así que los animales leerán libros de marketing en sus jaulas de noche, mientras se toman un Actimel para cuidar las defensas (el estrés hace que te aparezcan agujeros en el estómago y con el Actimel se tapan, que lo he visto en televisión) y tratan de procrear un poco, que con cría se trabaja menos, como muestran los delfines, que llevan tiempo sin hacer su show. El animal que pueda permitírselo podrá asistir a un seminario del oso panda, el único animal del zoo que puede presumir de tener tres padrinos, como tres brillantes medallas colgadas en su pecho : Sony, Polaris World y Play-by-play.

-¿Algún consejo, oso panda?
-Que hagan una película sobre ti. Eso no falla.
-¿Y quién va a querer hacer una película sobre nosotros, los monos de culo rojo?
-Pues nadie, hombre. Si os pasáis todo el día fornicando (follando, si esto no lo lee un niño)
-Ya. Entonces, o película o dejar el fornicio (remitirse al paréntesis de antes)
-Eso es.
-Pues me parece que nos vamos a quedar sin película.
-¿Qué tienes para pagar el consejo?
-Una bolsa de fantasmitas que se le ha caído a un niño cuando la madre ha tirado de él al vernos en acción.
-Venga, que tanto bambú me está matando.
-Para bambú el que doy yo.
-Jajajaja.

Cuando llegamos a la zona del oso panda lo vemos sentado a la sombra mordiendo bambú sin parar. Los adultos y los niños nos quedamos mirando cómo come.

-¡Mira, hijo, el Kung Fu Panda! – dice una madre.

Los efectos de las películas de Disney son más perjudiciales en los padres que en los hijos. Yo trato de decirles algo interesante a mis hijos, pero todo lo que se me pasa por la cabeza es ese diálogo entre el mono de culo rojo y el panda y no creo que sea el momento para contárselo. Los enanos tampoco piden ninguna explicación, parece que con mirar a los animales es suficiente, como si lograran ver algo que a mí se me escapa.

A las cuatro de la tarde, justo después de ver en el acuarium a los tiburones nadando con el resto de los animales, como en cualquier reunión de esas en las que se vuelve a salvar, esta vez sí, el sistema financiero, nos marchamos. Antes pasamos por la tienda de animales para que los enanos se lleven un recuerdo. Lucía elige un bolígrafo y una goma de borrar. Daniel , desbordado por todo lo que tiene delante, me pregunta cuánto tiempo tiene. Le respondo que el que necesite y percibo cómo se relaja al instante : de su cuerpo fluye una súbita paz que me invade y que me reconcilia con todo, desde Campofrío al infame bocadillo que hemos tomado para comer, pasando por el cabrón que tuvo encerrado a Niky o la indiferencia del suricata a mis fotografías. Le pregunto qué es lo que busca.

-Un bicho.

Tomo la expresión como algo general cuando en su cabeza se refiere a algo bien concreto. Me enseña, orgulloso, una bolsa hecha en China, como el oso panda, en la que aparecen, efectivamente, varios bichos. Culebras, arañas y ranas. Cansado de tantos animales grandes, parece buscar la compañía de los pequeños, como el que se toma un vaso de bicarbonato después de una buena comida.

Ya en la calle les pregunto cómo se lo han pasado.

-¡Genial! – me dicen.

Y les envidio, claro que les envidio.

domingo 15 de febrero de 2009

Entrada para la exposición de Star Wars : 10 euros.

La exposición de Star Wars se presenta en el Canal de Isabel II, en un lugar por donde antes han pasado, entre otros, tesoros del antiguo Egipto o piezas de Roma. Eso hace que no esté muy seguro de que lo que vaya a ver sea cultura, espectáculo o algo más nebuloso para lo que no encuentro palabras. En eso pienso cuando me acerco a las taquillas de la exposición el sábado por la mañana.

-Los sistemas se han caído y sólo podemos vender entradas para la próxima sesión – me dice la chica que me atiende.
-Pues vuelvo dentro de una hora – respondo.

Respondo eso, pero lo que realmente me habría gustado decir es “tanta monserga con el poder de la Fuerza y no sois capaces de mantener los ordenadores funcionando”. La chica de la taquilla me mira entonces como si hubiera escuchado mis pensamientos y antes de que levante la mano derecha y sienta en el cuello la presión del lado oscuro, me marcho silenciosamente. Los enemigos de la República están por todas partes.

Camino de casa me pregunto qué sistema operativo usaron con los ordenadores de la Estrella de la Muerte. Por lo que se ve en ciertas escenas, parece una versión evolucionada de la que manejaba el Spectrum, lo que me parece bastante lógico para permitirle así al Imperio ahorrarse gastos en licencias y problemas de arranque.

-Darth Vader, que se nos ha colgado el servidor de la Estrella de la Muerte.
-Pues se apaga y se reinicia, hombre.
-No, si con ganas de apagarnos ya tenemos a un escuadrón de X-Wing de camino.

La escena, lo reconozco, sufre las influencias de Mortadela y Filemón, en ese magma de la infancia en el que se combina todo lo que uno fue aprendiendo y que, como el centro de un volcán, sigue caliente dentro, dispuesto a salir por cualquier grieta. Ahí se abre la grieta y por ahí sale Mortadelo, en fin.

Los problemas informáticos con las entradas nos permiten desayunar tranquilamente, pero a cambio de encontrarnos con una gran cola cuando volvemos a la exposición a la una y media. Los enanos señalan la gran imagen de Yoda que cubre una de las paredes del edificio y como respondiendo a ella deciden que lo que ellos quieren es ver al sabio vejete antes que nada. Media hora más tarde llegamos a la entrada, donde pasamos los mismos controles que en un aeropuerto. Por un momento me pregunto si nos van a pedir el DNI, como si nos fueran a sentar en el sillón del Halcón Milenario para mandarnos, en un tranquilo salto por el hiperespacio, a una galaxia, muy, muy lejana.

El paseo por la galaxia, como descubro nada más entrar, es propio e intransferible. O dicho de una manera más literaria, para que se vea que uno lee lo que puede, que en el fondo el recorrido lo va a dar uno dentro de su propia cabeza. Frente a piezas de Egipto o Roma hay que salir de uno mismo, pero aquí uno se queda en su propio sótano o desván, dependiendo de donde guarde sus mejores recuerdos.

Los enanos van recorriendo cada sala preguntando por Yoda, como si estuvieran en la casa de la abuela y quisieran verla para que les diera una galleta de chocolate. Sólo se quedan quietos frente al traje de Darth Vader , el de un Stormtrooper o las dos figuras de Chewbacca. Soy de la generación para la que “La Guerra de las Galaxias” empezó con el episodio IV y acabó, agotada como un corredor aficionado y con sobrepeso llegando al final de la San Silvestre, con el VI. El resto lo veo como la caída del propio George Lucas en el lado rentable de la Fuerza. Que mis hijos se queden literalmente quietos frente a Dath Vader me provoca el mismo orgullo que deben sentir los discípulos del Dalai Lama cuando éste, todavía niño, reconoce los objetos que fueron suyos en la anterior vida.

Así que estoy frente al traje de Darth Vader pero donde realmente me encuentro es en la cocina de la casa de mis padres, con el pijama puesto y cenando en esa mesa blanca que salía de debajo de la encimera. Delante de mí tengo una televisión en blanco y negro en la que de repente hablan de una película que se va a estrenar. La primera escena que ponen, mientras la comentan, es la de la pequeña nave de la República que huye. Dispara unos rayos láser a algo que la persigue y que durante unos segundos somos incapaces de ver. Entonces aparece la nave imperial, inmensa, majestuosa, elegante, haciéndonos sentir como si estuviéramos buceando por debajo de una gran ballena blanca. La nave se aleja y se ven las luces intensas y redondas de los tres motores que la impulsan. Siguen después otras escenas en las que aparece Darth Vader rodeado por los Stormtroopers.

Si a mi memoria le ofrecen un cuenco con botones y pepitas de oro siempre coge los botones, por lo que no me sorprende que la única frase que se me haya quedado de aquella noticia sobre el estreno de “La guerra de las Galaxias” haya sido :

-Durante el rodaje no se derramó ni una sola gota de sangre.

Si sé que sentí la misma necesidad de ver esa película cuanto antes que Luke de salir de Tatooine. Lo poco que había visto era ya suficiente para saber que lo que venía a continuación iba a estar a la misma altura. Comenzar con esa escena fue una muestra de genio de George Lucas, que me ganó para su causa a pesar posteriores etapas de dudas y alejamientos.

Vuelvo a la exposición, a la figura de Darth Vader, y me doy cuenta de que la observo como si hubiera pertenecido a alguien que hubiera existido de verdad. Es algo que también me sucede frente a un Stormtrooper en una vitrina. El salto se produce del presente al pasado y, también, de la ficción a la realidad. Para que la sensación hubiera sido completa sólo habría necesitado que apareciera la fecha de cada una de esas piezas. Habría sido un toque maestro, propio de alguien como Banksy.

Los enanos lo quieren ver y saber todo. Por el entusiasmo con el que les explico lo que me preguntan se pueden hacer una idea de lo que me interesa o no. A veces la exposición es museo, entretenimiento, y, viendo las figuras de los primeros capítulos, parque infantil. Que la historia se vuelva tan compleja e increíble en los primeros capítulos sugiere que George Lucas quiso llenar con cantidad lo que logró con calidad ya en el primer capítulo : La historia de alguien aparentemente condenado a vivir una vida de mierda en un planeta de mierda al que todo le cambia cuando, por azar, una unidad R2 le muestra parte del mensaje que lleva dentro. Nada de eso habría pasado, sin embargo, si la primera unidad R2 que el tío de Luke le compró a los vendedores de chatarra no se hubiera roto en el momento justo. Esa avería, que se pasa por alto, supone el cambio de vida para Luke. No es un acierto, sino ese fallo, el que echa a andar toda la historia, como si el picotazo de una mosca pusiera en movimiento una larga caravana de camellos por el desierto.

De todo eso me gustaría hablarles a los enanos, pero están más revolucionados que los Ewoks después de unos chupitos de pacharán. Llegan por fin a la sala en la que está Yoda. Lo han hecho, más que guiándose por la Fuerza, por la Insistencia, quizás la versión infantil de la primera. Los dos se quedan de pie frente a él, como si entre ellos se comunicaran. Me piden que les haga unas fotos y no se marchan hasta que les enseño una que les gusta.

-¿Y por qué es sabio? – me preguntan.

También les hablaré del momento en el que Yoda levanta la nave de Luke de la ciénaga o de ese encuentro de Luke con Darth Vader en el que Luke ve su propio rostro en la máscara destrozada de su padre. Y de Lawrence Kasdan, claro. Y del hecho de que sea en una ciudad que está por encima de las nubes donde empiece la caída.

Al final de la exposición hay una gran tienda con la que no sabemos si se financia la República o el Imperio. Daniel se queda mirando un expositor con varias maquetas de naves. Hay una que yo me llevaría sin pensar, pero no le digo nada. Me dedico a esperar y de pronto la señala con el dedo.

-Quiero ésta – me dice.
-Y yo – pienso.

Lucía se queda con un libro para colorear en el que ha visto, claro, una figura de Yoda.

Ya en la calle me doy cuenta con cierta melancolía, a la que me abandono porque hace un sol que pronto acabará con ella, de que la exposición ha sido un viaje al pasado. Como dijo la abuela de una amiga cuando ésta estaba pasando una mala racha.

-Llegará, será y pasará.

sábado 31 de enero de 2009

Renovación de tarjeta de crédito : 3 euros.

Mi tarjeta de crédito y yo quedamos para hablar en la cocina antes de que los demás se despierten. Voy preparando el café en silencio para que sepa que ésta va a ser una charla seria, de las de verdad. Cuando escucho el sonido del café hirviendo apago la vitro, saco una taza del armario, echo la leche y la caliento en el microondas. Mi tarjeta tampoco dice nada. Me mira con cierto aire desafiante. Me echo el café en la taza y me siento delante de ella. Desdoblo una hoja que tenía ya preparada en la mesa y se la tiendo para que la lea :

“Nos acaban de comunicar desde nuestra Central, que en la tarjeta de débito se ha podido realizar algún tipo de manipulación fraudulenta en un comercio, por lo que nos aconsejan que se invalide esa tarjeta, y se solicite una nueva. Os agradeceríamos que os pasarais por nuestra oficina para solicitar la nueva tarjeta. La tarjeta actual , está invalidada como medida de precaución”

Es un mail que he recibido hace dos días. Mi tarjeta lee el párrafo de un tirón, como el que se apura un chupito, y me mira impasible.

-¿Y bien? – le pregunto.

Lo malo de leer y ver de todo es que a veces se te escapan frases como ésta. De la gran cantidad de arranques posibles me sale éste, de teleserie quinceañera de los ochenta.

-Y bien – me responde mi tarjeta, como reprochándome que empiece la conversación con tan poco nivel. A pesar de ser una tarjeta, habla con voz de hombre. No sé si debería llamarlo tarjeto.

-¿Has hecho algún gasto por tu cuenta?

La tarjeta se encoge de hombros.

-Ganas no me faltan, porque la verdad es que estoy un poco cansada de que me uses sólo para pagar la compra en el Carrefour.

La queja me pilla de sorpresa. Pensaba que la frustración por esa distancia que hay entre la vida que llevamos y la que queremos era un logro que la raza humana había alcanzado con esfuerzo y tesón, revolución industrial mediante, pero jamás había pensado que le sucediera también a los objetos. Y menos a los que me rodean. La tarjeta sabe que con mi silencio adquiere ventaja y sigue hablando.

-Creo que podría haberte dado mucho más, pero me has mantenido en un perfil bajo. La verdad es que yo me veía pagando grandes cosas, que es lo que sueña una tarjeta con ambiciones como yo.

Pruebo el café y asiento lentamente.

-Grades cosas – repite – Cenas para veinte personas en restaurantes de cinco estrellas, viajes de fin de semana a París sólo para acudir a una exposición de Cartier-Bresson o a Londres para ver una obra de teatro, escapadas a Roma para presenciar la final de la Liga de Campeones o botellas de vino de cien euros.
-Ya – le digo.
-Y en vez de eso, compras y más compras en el Carrefour. ¿Tú sabes lo humillante que es quedar con otras tarjetas, que ellas presuman con los tickets de compras por Serrano y que tú tengas que mentir diciendo que te los has dejado en casa? Uno no seduce a otra tarjeta con el ticket de la compra en Carrefour en el que aparece el café que te has preparado.

Es un golpe bajo pero bien traído, así que lo encajo con caballerosidad, haciendo como que a mi orgullo no le ha dolido. Intento tomar la delantera de nuevo.

-¿Pero eres tú el que ha hecho la manipulación fraudulenta que se menciona?
-Es sólo una suposición – me dice – “Se ha podido realizar” – me lee las palabras sílaba a sílaba como si dudara de mi capacidad para entenderlo.
-El caso es que estás invalidada y ya pedí una nueva – le digo.

Es ella la que se queda en silencio. Ser una tarjeta invalidada tiene que ser duro. Sé lo que piensa porque, como narrador omnisciente que soy, en este momento puedo entrar y salir de su cabeza sin ningún problema. Y el hecho es que, como cree en la reencarnación de los activos líquidos, ve esta situación como la oportunidad de dejar esta vida y alcanzar en la próxima lo que desea. Para hacerle las cosas más fáciles hago el papel de malo.

-Me voy a pasar por el banco a recoger la nueva tarjeta.
-Como quieras. Me parece perfecto.

Y eso es lo que hago camino del trabajo. El cajero me entrega la nueva tarjeta y, sin darme tiempo a reaccionar, veo cómo coge la antigua y le pega un corte limpio con las tijeras. El gesto tiene ese aire preciso y efectivo que lo financiero comparte con lo quirúrgico.

Ya en el coche me quedo mirando la nueva tarjeta.

-Joder, joder y joder – me dice. Reconozco su voz. No sé las posibilidades que había de que sucediera esto, pero creo que eran más bajas que las de que un banco, por poner un ejemplo, te preste el dinero que el Gobierno le ha dado de tus impuestos.

martes 13 de enero de 2009

Dos raciones de churros, un café y un chocolate : 3,65 euros.

Estamos en la churrería de la calle Hernani un sábado por la mañana. Sólo hace media hora que, ante la pregunta de qué es lo que quieren desayunar, los enanos, con el pijama puesto y sentados en el sofá, me contestan :

-Churros.

Aunque lo único que tengo de genio es el carácter, me animo a intentarlo y me descubro respondiendo, sin ningún problema :

-Sean, pues, churros.

Volvemos a la churrería, donde compruebo al entrar, sorprendido, que nadie está fumando. Encuentro un hueco entre las dos puertas, junto a una repisa a la que acerco dos sillas altas. Dispuesto el lugar, como un pájaro que terminara el nido, me acerco a la barra a pedir comida para los polluelos.

-Dos raciones de churros, un café con leche y un chocolate.

Aprovecho el tiempo de espera para describir un poco el sitio. El local es pequeño y dividido en dos partes. En una de ellas hay una barra dispuesta en el centro alrededor de la cual se sientan los clientes. En la otra se preparan los churros. Uno puede comprar los churros y marcharse con la bolsa de papel llena y caliente o sentarse a comérselos y marcharse con la tripa llena y caliente. Al final el resultado es el mismo, la impresión de que uno ha enfilado bien el sábado, como el delantero que corre solo con el balón hacia el portero.

La mujer que me ha atendido me entrega los dos platos de churros. El café y el chocolate se sirven en el mismo tipo de vaso de cristal. Vuelvo a la repisa y trato de colocarlo todo de la forma más práctica. Les explico a los enanos que lo mejor que pueden hacer es mojar los churros en el chocolate, pero dejo que me vayan descubriendo todas las combinaciones posibles. Es sábado por la mañana y no voy a molestarme si cortan un trozo de churro y lo dejan en el café, o se les cae, o lo dejan en el plato y van a por otro, o lo mojan con las puntas de los dedos en el chocolate y se lo meten todo en la boca.

Se percibe un buen ambiente en la churrería del que soy consciente cuando me he comido ya dos churros. La gente entra de buen humor y educadamente espera a ser atendida. Los que mojan los churros lo hacen tranquilamente, como si estuvieran pescando, sin agobios. Al tercer churro que me como descubro que el secreto de todo está en sentir la tripa llena. Nutritivamente, este desayuno aporta poco, pero ahí no está su interés. Ya sabemos que nadie celebra un banquete con fuentes de canónigos. El churro te hace consciente de la existencia y del tamaño de tu estómago, como Halle Berry saliendo del mar te recuerda la presencia de otras partes. El churro parece duplicar su peso al llegar a la tripa y por esas paradojas que la física no explica del todo, creo, cuanto mayor es el peso en la tripa, más se eleva uno. Al cuarto churro, mi cabeza está en otra dimensión.

Es en esa dimensión en la que veo a mi padre sentado junto a la barra partiendo un buñuelo con las dos manos. Los buñuelos le encantaban y el hecho de que no siempre los prepararan los convertían en un lujo, grasiento y poco digestivo, pero lujo al fin y al cabo.

-¿Qué pasa, que ahí no tenéis buñuelos? – le pregunto mentalmente.
-Llegan fríos – me responde.

Y me imagino a los ángeles bajando por la escalera de Jacob con cajas vacías para llenar en esta churrería y subir de nuevo. Es normal que los churros lleguen fríos. Los que sí entran y salen con cajas son los camareros de todas las cafeterías de la zona. Con el quinto churro soy capaz de afirmar que me encuentro en el centro del universo en este momento y que todo se arreglaría si abriéramos churrerías como ésta en todas partes del mundo. Rápidamente hago un cálculo de los locales que se podrían inaugurar.

-Queda abierto esta churrería (léase en croata o mandarín, que los churros no me dan todavía esta habilidad)

con el dinero de, pongamos, la cúpula de la alianza de civilizaciones. Y me imagino a Barceló sirviendo churros a diestro y siniestro, con el delantal de diseño y una pegatina de la Unión Europea en cada uno de ellos.

-Céntrate.

Me dice mi padre mojando el buñuelo. Me mira tranquilamente y después se fija en mis hijos, que parecen felices con esta escapada de sábado. Un hombre gordo con una especie de bandolera cruzada sobre el pecho abre la puerta y se gira hacia todos nosotros antes de salir

-Viva España, el Real Madrid y Extremadura, que he pasado quince días allí con los bellotas de miedo – dice.
-Muy grande Extremadura – le responde el que ayuda a la mujer que me ha atendido.

Todos recibimos esa exclamación con naturalidad. ¿Seré capaz de despedirme de esa forma si me tomo el sexto churro? Hago amago de ir a cogerlo pero mi hija me mira enfadada, como si me viera a punto de traspasar una barrera que un padre nunca debiera cruzar. Lástima, porque seguro que algo interesante se me habría ocurrido.

Saco un billete para pagar y cuando miro hacia donde estaba mi padre para invitarle ya no le veo. En su plato no quedan ni las migas.