lunes, 15 de febrero de 2010

Sobre con gormiti : 2,90 euros.

En el Opencor voy cogiendo los sobres de los gormiti intentando descubrir cuál tienen dentro. Me doy cuenta de la poca información que me dan los dedos, capaces sólo de decirme si el gormiti oculto es grande o pequeño.

-Poco ayudáis - les digo a los dedos.
-Pues más que la nariz o los ojos.
-Ya.
-¿Y a quién buscamos?
-A Polypus, señor de los mares.

Polypus, que tiene nombre de enfermedad que se cura con pomada o de primer ministro griego, era, hasta hace poco, parte de la familia. Se había convertido en el gormiti favorito de Daniel sin que él mismo fuera capaz de decir por qué, como realmente sucede con todo lo que en esta vida nos gusta. Desde fuera era uno más en el cajón de los gormiti, pero algo debía de haber en ese monstruo del océano con cabeza de pulpo que le fascinaba.

Selecciono los sobres y los tanteo con cuidado, intentando descubrir alas, picos o varios brazos, según un método de eliminación, como esas doctrinas filosóficas que tratan de buscar a Dios por lo que no es : no puede ser un zapato olvidado en la cuneta, no puede ser una señal de Stop doblada por un choque, no puede ser un patio de colegio vacío. Les suplico a mis dedos que me den más información, pero ellos empiezan a quejarse de la presión.

-Necesitamos tiempo.
-Pero no hay tiempo.

No, no hay tiempo porque la vigilante del Opencor está a mi lado, mirándome de una forma extraña, como intentando saber si lo que hago es legal o no. Si estuviera haciendo lo mismo con las manzanas de la frutería seguro que ya me habría dicho algo. La vigilante debe tener unos cincuenta años y aunque lleva el uniforme de la empresa de vigilancia, tiene aire de cocinera, como si entre ronda y ronda por la tienda se pasara por el horno de la pastelería a preparar tartas. El poli bueno y malo en una persona, capaz de amenazarte con la porra o de ofrecerte un trozo de tarta de chocolate. Me la imagino cogiendo a algún chorizo por la oreja y llevándoselo a la puerta mientras le saca una botella de whisky de un bolsillo.

-Buenas tardes - le digo.
-Buenas tardes.

Las palabras son las mismas, pero lo que ella me dice es que deje los sobres y lo que yo le respondo es que acabo enseguida, que es una causa de fuerza mayor. Debería llevármela a un bar cercano y contarle la historia de Polypus y del mercado negro que los enanos han desarrollado en su clase. Daniel se lleva todos los días al colegio un gormiti para cambiarlo. En ese trueque va aprendiendo varias cosas importantes sobre la exigencia del deseo, sobre la habilidad para seducir con argumentos, sobre la amistad, sobre la importancia de insistir, sobre la capacidad de engañarte cuando algo realmente no te gusta o sobre las derrotas. Una mañana se llevó a Polypus y lo cambió por un pequeño gormiti de cabeza de cocodrilo y aspecto inofensivo al que parecía que no le hubieran alimentado bien de pequeño y que en el mundo de los gormiti se limitara a hacer tareas administrativas mientras los demás se partían la cabeza unos a otros. Al llegar del colegio y ver el cambio, nos sentimos un poco defraudados. Supongo que todos los padres valoramos cada cambio como si en él se escondiera alguna pista sobre el futuro de cada niño. Daniel insistía en que sí estaba contento con el gormiti funcionario, pero por la forma de decirlo sabíamos que sólo lo hacía para quedar bien con nosotros.

Durante los días siguientes seguía diciendo que todo iba bien, como el primer ministro griego ante las autoridades europeas al hablar de su economía, pero vimos que empezaba a hacer dibujos en los que siempre aparecía Polypus y hablaba de hacer figuras de él con arcilla que iban a quedar mejor que el de verdad. La historia del primer amor por un gormiti.

-Bueno, nosotros nos rendimos.
-Venga, un último esfuerzo.
-Es que esto es como atrapar una mosca en una habitación a oscuras.

La que si tiene la mosca de la oreja es la vigilante, que se va acercando poco a poco. Con esa mirada sería capaz de hacer que Hannibal Lecter se arrepintiera. Me van entrando ganas de ponerme de rodillas y empezar con la larga lista de mis pecados, retomándolos todos desde mi última confesión, lo que sería como ponerse a barrer una playa. Una de las opciones que se me habían ocurrido era la de darle un billete de veinte euros a Daniel para que se lo ofreciera al nuevo dueño de Polypus, pero eso me parecía un poco violento y además no estaba muy claro en manos de quién estaba ahora. Era más escurridizo que el Halcón Maltés. Un día lo tenía uno y al día siguiente otro. Estábamos en medio de una novela negra de la que poco sacábamos en claro, con una lista de sospechosos que modificaba cada día. Lo único seguro era que en mi versión particular no dejaba de aparecer Scarlett Johansson, siempre obediente.

Al final decidí dejarme de atajos y tratar de encontrarlo en su sobre. Por eso estoy ahora aquí, cada vez más nervioso, con la presión más y más agobiante sobre mis hombros y con la violenta necesidad de reconocer mi culpa. Que caiga sobre mí el castigo y que sea lo que Dios quiera.

-¡Busco a Polypus! - le digo.

La vigilante se convierte en pastelera y después en abuela joven que se me acerca y me pasa la mano por la cabeza, dándome a entender que hay faltas más graves que ésta y que lo importante es aprender de los errores.

-Pero es que estos sobre son de la tercera serie y Polypus es de la primera - me dice la abuela.

La miro con devoción y admiración. Quiero una abuela como ésta. Me rindo a su sabiduría. Si Bill Viola estuviera aquí, habría convertido este momento en una parte de alguna obra suya. “La revelación en la isla de Gorm“. “El adiós a Polypus“. O algo así.

Cojo un sobre y camino, más liviano, hacia la caja.

jueves, 11 de febrero de 2010

Ticket de aparcamiento en el Eurostars : 7,80 euros.

Le digo mi número de socio a la azafata y al instante saca de una montaña de cajas la mía. Me siento como si estuviera recogiendo el abrigo del guardarropa de un restaurante de lujo. La caja es grande y en la parte de arriba, sobre un fondo plateado, se ve una fotografía del Real Madrid de 1984. La azafata mantiene intacta su amplia, limpia y profesional sonrisa para indicarme que la relación entre ella y yo se termina en ese momento.

Me llevo su sonrisa y la caja a la sala que el Real Madrid ha dispuesto para la entrega de insignias en el hotel Eurostars. Todo está lleno de madridistas con solera, con sustancia : somos como pastillas de Avecrem capaces de volver blanco cualquier guiso en el que se nos eche. Por encima de nosotros se va condensando la historia del Madrid como la nata sobre leche hirviendo. Con la rapidez con la que en las imágenes de los partes meteorológicos se anuncia la llegada de unas nubes, sobre nuestras cabezas se van mezclando jugadores, goles, titulares y copas .

La sala está decorada con grandes fotografías de jugadores del Madrid, cada una con una palabra en la parte superior. El local es una mezcla de clase infantil y salón de bodas en el que me encuentro a gusto e inquieto a la vez, igual que viendo jugar al equipo. Me siento con mi hermano en la zona que nos han reservado a los que cumplimos veinticinco años como socios. Mi hermano tiene dos años menos que yo pero es mucho más joven. Como entre hermanos no puede haber envidia, dejo la descripción en blanco a la espera de que aparezca la palabra apropiada para definir lo que siento al verle.

En lo que empieza la ceremonia, abro la caja. Uno descubre que va cumpliendo años porque la ilusión al abrir un regalo cada vez es menor, como si ya se supiera lo difícil que es hacer coincidir el deseo indefinido del que recibe con la duda persistente del que da. Dentro hay una réplica de mi carné, un diploma acreditando los veinticinco años como socio y una pequeña caja azul que podría esconder un anillo para renovar el enlace entre el Madrid y yo. No sería extraña esa confirmación ahora que se hace socio a un hijo antes de reconocerle un país o una religión, como si lo de pertenecer a un club de fútbol fuera la más sólida de las opciones. En vez de un anillo, me encuentro con una insignia plateada del escudo del Madrid.

-Bueno, no está mal para llevar veinticinco años.

Es la voz de mi padre, en la que no sé si hay cierto sarcasmo. Si se ve “A dos metros bajo tierra” y “Dexter”, no es nada extraño que, en una reunión de madridistas uno acabe hablando con su padre. Al fin y al cabo, él nos hizo socios. Supongo que mi hermano, en su cabeza, también tendrá su particular charla con él.

-Dentro de otros veinticinco años os podréis sentar unas sillas más adelante y os darán la de oro, como a mí.
-No pareces darle mucha valor.
-Di Stefano sigue igual – me dice. Parece que el humor de mi padre se hubiera vuelto más leve, más inglés.

Poco a poco han ido llegando los representantes oficiales del Madrid a la zona elevada que hay al fondo de la sala. A un lado están los socios a los que se les va a entregar en mano la insignia por sus sesenta años en el Madrid y al otro antiguos jugadores, entre los que destaca Di Stefano. La ceremonia es una mezcla de reunión de consejo de administración revisando goles en vez de cifras, de partida de bingo en la que los números fueran sustituidos por nombres, de boda masiva y de congreso para motivar a los vendedores. Creo que esto debería ser algo entre los socios de sesenta años y Di Stefano, una reunión íntima en la que pudieran hablar entre ellos en vez de disponer del instante para la foto y las palabras rápidas, como las que se dicen desde el tren que parte de la estación.

No logro ser parte de la celebración y cuando ya empiezan a pasar los camareros con copas de vino le pido a Butragueño su firma en la caja por seguir con el rito. Quizás mi problema esté en que, más que madridista, he sido seguidor de determinados jugadores. La tarde habría sido distinta si, claro, el Zidane que aparece en la foto que hay detrás de las nueve Copas de Europa estuviera ahora ahí, charlando con nosotros y cogiendo aperitivos de esas camareras que te dan las gracias cada vez que aceptas un canapé de salmón, como si compitieran entre ellas para ver la que vuelve antes a la cocina con la bandeja vacía.

Es entonces cuando el inconsciente, que disfruta cortando una pata cuando ve la mesa nivelada, hace unos cálculos en su cocina. Me deja el resultado en la zona de los platos ya listos para servir y no se mueve de ahí para ver mi reacción. En el 2004 Zidane jugaba en el Madrid, por lo que cuando mis hijos recojan sus insignias de plata, Zidane aparecerá en sus cajas y es posible que se puedan hacer con él las fotos que yo ahora me limito a imaginar. Siento una envidia oscura, densa, de la peor rama de la familia de las envidias, por mis propios hijos. Una envidia que deja de serlo para convertirse en otra cosa, terrible y amenazante, como un pez abisal, para la que tampoco tengo nombre.

Todo se desarrolla como uno lo esperaba. A las dos horas de empezar la entrega, hay más camareros con bandejas que socios. Es el momento de marcharse y se lo digo a mi hermano, al que, viendo lo que disfruta comiendo, las camareras le persiguen como abuelas que desearan verle bien alimentado.

Conforme vamos bajando en el ascensor, se va disolviendo la historia, la nubes se disipan y hasta la sonrisa de la azafata desaparece como una medusa al sol. Meto el ticket en la máquina y en ese momento me doy cuenta de que no tengo billetes. Mi hermano y yo buscamos monedas en nuestros bolsillos y las contamos cuidadosamente, como si así la cantidad final fuera mayor.

-Si no os llega, podéis intentar meter la insignia – me sugiere mi padre.

Me entran ganas de preguntarle si para él no hay nada sagrado, pero temo su respuesta, así que me quedo callado. Como madridista, uno aprende a distanciarse de las cosas y a verlas con cierta ironía. Sólo los fanáticos se pueden tomar todo esto muy en serio.

domingo, 7 de febrero de 2010

Comisión por ingreso del finiquito : 4 euros.

En el banco me cobran cuatro euros por ingresar los talones del finiquito. La cantidad original era más alta, así que tengo que agradecerles este gesto que han tenido conmigo por ser cliente habitual. Si fuera un partido político es posible que me hubieran perdonado hasta treinta y tres millones de euros, por poner un ejemplo sacado de la prensa, pero cuatro euros no van ningún lado.

-Además quedaría un poco pobre como titular : “Perdonan a un particular cuatro euros de comisiones”. ¿No te parece?
-Venga, no se hable más, cárgamelo.

Quejarse por cuatro euros es como poner al capitán Ahab a perseguir una sardina blanca. La cajera me tiende la hoja con el cargo y firmo gustoso.

Aprovecho la visita al banco para informarme sobre las opciones que existen para invertir el dinero. Me siento frente a la subdirectora y le pregunto qué hay que hacer para sacarle rentabilidad al ahorro. Me mira con cierta condescendencia, como si hubiera acudido a ella para hacerle llegar a los Reyes Magos una carta complementaria.

-Vamos a ver – me dice – Y se gira hacia la pantalla. Al rato me coloca en su mesa, uno al lado de otro, la evolución de los fondos de inversión del banco.

Tiene entonces el aire de la pescadera que quiere hacer pasar por fresco un lenguado que vio a Cristo caminar sobre las aguas.

-¡Mira a ése cómo anda!
-Como lo comentemos por ahí, se va a armar la de Dios.

Se queda mirando los tres informes en silencio, como si fueran las fotografías de tres hijos que desde la adolescencia sólo le hubieran dado disgustos. Me los explica y se detiene en la hoja de los datos económicos, donde veo que dos de los tres tienen una evolución negativa en los doce últimos meses.

-Es un rendimiento decreciente – me dice - Pero el capital sí se asegura.

Del puesto del pescado me veo trasladado a uno del Rastro, con una manta en la que se expusiera una cámara sin carrete, un marco con el cristal roto, un candelabro oxidado, un disco de Mocedades, tres mecheros con la marca de un restaurante, un transformador y una antena para el UHF. Me entran ganas de invertir algo, lo que sea, por lástima.

-Son cosas del Euribor – me dice.

Uno pensaba que el ahorro tenía su premio en el sistema financiero, pero viendo las cifras dan ganas de dejar de ser la hormiga y convertirse en la cigarra. Mentalmente voy adaptando el cuento a la realidad para que mis hijos no se desorienten el en futuro.

-Y a la hormiga, que había trabajado tanto, le robaron todo lo que había guardado. La cigarra se hizo técnico de sonido de un grupo que hacía una gira mundial y así se levantaba cada día en un país en el que siempre era verano con una groupie cariñosa al lado. ¿Habéis entendido la diferencia entre ser cigarra y hormiga?

Lo del Euribor es como la referencia al pecado original, algo lejano en tiempo y espacio sobre lo que no se puede hacer nada. La subdirectora sigue murmurando la palabra cada vez más bajo hasta que al final sólo queda el movimiento de los labios, como si rezara el rosario. Los intereses serían aceptables si uno viviera en la chiquilandia del Mago de Oz.

-¿Y no me puede indicar, por lo menos, el camino hacia la ciudad esmeralda? Me gustaría llegar allí para pedir un interés mayor.

Al mencionar la ciudad esmeralda, veo que el director sale de su despacho.

-¿Y yo podría pedir que los promotores y los constructores me devolvieran los trescientos veinte mil millones de euros que me deben?
-¡Claro, hombre! – le digo – También podemos invitar a alguien del FMI para que España le dé unas estadísticas creíbles y a alguien del Gobierno para que le diga cómo solucionar el déficit con caídas de ingresos y subidas de gastos.

El director da palmadas de alegría mientras ruge. La subdirectora me pasa la mano por la cara, agradecida de que por fin haya quien parezca solucionar los problemas del banco.

-Es que todo lo que ingresamos se lo tenemos que dar al interbancario para pagar nuestras deudas – me dice – Por eso no podemos dar créditos. ¡Pero por fin se va a solucionar!

Todo esto se me pasa por la cabeza cuando veo las rentabilidades negativas de los fondos del banco. Los culpables de la crisis andan buscando a una Dorothy que les guíe hasta el Mago de Oz, mientras los demás nos vemos obligados a vivir en unos decorados más falsos que los de la película. Le doy las gracias a la subdirectora y salgo a la calle antes de que el banco se me caiga encima.

-¿Y qué es una groupie, papá?
-Un hada buena – improviso.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Entrada para "En tierra hostil" : 7 euros.

No tener trabajo me permite estar en la sesión de las cuatro de los Renoir. Nada más sentarme en uno de los asientos rojos de la sala dos descubro cuánto he echado de menos el olor de este cine. Si me preguntaran a qué huele el cine, respondería que a esto. Sin él, las películas, aunque sean en alta definición, siempre me parecerán incompletas.

Me giro para ver cuántos somos y me digo que deben llamarla la sesión de las cuatro porque sólo somos cuatro personas en la sala. Da cierto reparo que toda la maquinaria se ponga en marcha solo para nosotros cuatro, como si se celebrara el Desfile de la Hispanidad para Bob Esponja. Me entran ganas de salir de la sala y de decirle al acomodador que no se preocupe, que basta con que me haga un resumen rápido de la película y que con eso me conformo. Llevo tan asimilado el discurso ecológico que no dejo de mirarlo todo con un sentimiento de culpabilidad verde que hace que no disfrute del hecho de estar ahí, después de tantos años, viendo una película en la primera sesión.

-Hombre, yo se la resumiría, pero es que no se trata de Avatar, tiene usted que verla.
-Pues no se hable más.

La película es “En tierra hostil” y la elijo porque tiene más premios que hijos algunos presidentes africanos. Al poco de empezar me doy cuenta de que la cosa va en serio y de que voy a experimentar las dos dimensiones pero esta vez sin utilizar gafas. Sólo son necesarios unos cuantos minutos acompañando al sargento James mientras desactiva sus primeras bombas para que sienta la boca seca, las manos cubiertas de sudor y el corazón latiendo más despacio, como intentando hacer el menor ruido posible.

Si sensual define aquello que estimula los sentidos, ésta película lo es, sin duda, pero dándose un paseo por el lado oscuro de su significado. Al olor del cine se le unen, minuto tras minuto, el de la sangre seca en las balas, el del sudor en la frente del desactivador, el del maletero quemado y cubierto de espuma, el de la carne en descomposición del niño con la bomba en sus entrañas, el del cigarrillo que se enciende cuando se tiene el detonador en la mano, el del té que se prepara en la casa del profesor de universidad y el del miedo del hombre que, cargado con bombas, suplica que le salven.

Aquí no hay teoría. Esa parece dejársela la directora, Kathryn Bigelow, a los analistas para que la lleven de un lado a otro como gatos jugando con una pelota. Aquí se aprende practicando y por eso la película está estructurada sobre unas cuantas misiones de esos especialistas rodadas sin prisas, permitiendo que los sentidos, que son lo que uno va a utilizar para juzgar lo que se narra, se acerquen a ellas. Me doy cuenta, así, de que mis pies están llenos de arena, de que se me están secando los ojos y de que, si pudiera, me bebería una botella de agua con la misma rapidez con la que lo hacen en la película. Yo también espanto las moscas que se posan en los párpados de los soldados y si estuviera solo en el cine me pondría de pie y les gritaría, como en un espectáculo de marionetas, por dónde se acerca, escondido entre las cabras, el enemigo que quiere acabar con ellos.

La única tregua que se permite la directora en ese escenario, denso y concentrado como un café turco, es un golpe de humor negro al final, cuando, ya de vuelta a casa, presenta al sargento James incapaz de elegir una caja de cereales entre dos pasillos interminables en los que debe hacer hasta cereales para zurdos kinestésicos. Lo contrario de la guerra, parece decir, no es lo que uno se encuentra cuando vuelve a casa.

Cuando se encienden las luces me quedo un rato sentado. Se necesita un poco de tiempo para volver de la película. No habría sido mala idea entregar unos alicates de plástico al empezar la película para simular que uno ayuda al equipo. Con ellos, la experiencia habría sido ya insuperable.

-¿Qué? ¿Tenía razón con lo de no hacer un resumen de la película.
-Totalmente. ¿A ti a qué te parece que huele Avatar?
-Pues no sé. A teletubbie, a ambientador de pino, a nube. Y, hablando de olores…
-Lo sé, lo sé. Necesito una ducha. Es que no sabes qué dos horas he pasado.
-Me hago una idea.

Salgo del cine sacudiéndome la arena y buscando un sitio en el que beberme las reservas del Canas de Isabel II.

martes, 2 de febrero de 2010

Café cortado : 1,20 euros.

Ahora que estoy en paro tengo que maximizar el dinero, por lo que me tomo un cortado en una cafetería y aprovecho para leerme tres periódicos y estar al día. Saber qué es lo que pasa en el mundo real es necesario para no tener la sensación de que, sin la atadura del trabajo, uno se aleja de la realidad como un astronauta despedido de su nave espacial.

La manera más efectiva de seguir siendo parte de la realidad es detenerse en el titular de portada del As, “El Madrid del Tiqui-Taca convence a Pellegrini”, y memorizarlo, que el día es largo y no se sabe si echar mano de la frase puede ser útil. Un buen titular te pega bien los pies al suelo y, como si se tratara de evitar que un huracán me arrastrara por los aires, me lleno los bolsillos de otras frases también densas : “Movimiento en Facebook por un Madrid-Barça pro Haití”, “Granero-Xabi-Guti es la media que se impone”, ”Amorrotu renueva para asumir el cargo de Pitarch”, ”Mitiga volvió a entrenarse y es duda ante el Depor”, ”Ferrari asombra son su difusor y su bajo consumo” y “La CBS registrará pérdidas por los JOO de Vancouver”

En mi estrenada situación de parado también noto que he perdido cierta densidad, como si pesara menos y algunas cosas de la realidad me traspasaran: desde la mirada y las frases de los demás a mi propia autoestima. Obligarme a esta lectura de periódicos es beneficioso para seguir siendo compacto y poder estrechar mano con fuerza en una entrevista de trabajo. Temo llegar a alguna borroso, como un programa mal sintonizado, y que el entrevistador tenga que tenderme la mano varias veces para sentir que agarra algo.

-Cosas de la disolución de la materia.
-No se preocupe, aquí llegan candidatos de todas las consistencias.

La mezcla del cortado y de los periódicos me sienta bien. Disimuladamente le doy patadas a la mesa para probar mi solidez y compruebo con satisfacción que el pie me duele. Detrás de mí, una mujer habla de unos solares en la zona en los que se van a construir varios bloques. Escucho bien porque ahora todo es aprovechable. Utiliza palabras elegantes, como ergonómico, que me guardo doblada en un bolsillo porque me parece curiosa y práctica, para romper el hielo en alguna recepción en un palco del Madrid.

Estoy aquí sentado no sólo para ser un elemento más de la realidad y fortalecer mi densidad, sino para agruparme. Hasta hace unos días, cada vez que pasaba con el coche por delante de esta cafetería después de dejar a los enanos en el cole, me imaginaba cómo sería el mundo visto desde el sitio en el que ahora mismo estoy. Me iba a trabajar menos entero porque uno no debe quedarse en los lugares : muchos creen que vuelven completos de Florencia pero algo de ellos todavía sigue por sus calles, mirando la luz de las grandes ventanas alrededor del Duomo cuando empieza a atardecer. Yo, ahora que ya no importa, reconozco que tampoco iba muy íntegro a trabajar. En este momento estoy donde me imaginaba y el que me falta es el que se cree que las cosas no han cambiado y sigue en le coche por la M-40 hacia el trabajo escuchando “Hoy empieza todo”. Es cuestión de leer algún titular más e ir levantando la cabeza de vez en cuando.

Unos minutos más tarde me veo entrar por la puerta y mirarme. Una de esas paradojas de las de andar por casa a las que no prestamos atención.

-Ya has llegado - me digo.
-¿Eso que suena es Kiss FM? - me pregunto
-Sí. Ya ves.
-No me lo imaginaba así.

Y me veo un poco desorientado, así que me invito a sentarme conmigo y me pido otro cortado.

-Es extraña esta sensación - me digo.
-No te preocupes. Empieza a leer titulares de todo como si en ello te fuera la vida. Toma, empieza por El Mundo.
-Prefiero el As.

No es cuestión de empezar a discutir conmigo mismo, así que me doy el As.

-Gracias.
-Dicen que no contemplan un Liverpool sin Benítez.
-¿Me lo leo todo?
-Cuanto más mejor, como si estuvieras muerto de hambre en el banquete de bodas de un desconocido.

Y ahí nos quedamos los dos. Leo en el mundo que Aznar dice que nos encontramos ya en la segunda división y que España tendrá problemas para pagar su deuda. Son frases tan compactas y pesadas que con tres se me llenan los bolsillos. Me dedico entonces a leer en El País el último artículo de Tomás Eloy Martínez y otro de Juan Goytisolo sobre nuestras tropas en Afganistán.

-Vaya música. Me gustaba más “Hoy empieza todo” - me digo levantando la vista del As.
-Ya, no te distraigas. Levanta titulares como si fueran pesas. Son buenos para los músculos.

Me gusta el sonido de la máquina de café al calentar la leche, las conversaciones de tres mujeres en la mesa del fondo, el vaho que sale de la boca de un perro que pasa por la calle, el brillo del sol en las campanas de cristal que cubren las tartas.

-Ya está. Periódico terminado.
-Una prueba. ¿Quién ha vuelto al Santos después de fracasar en Europa?
-Robinho.
-Perfecto. Ya nos podemos ir.
-Sí, porque eso que suena de fondo es Alejandro Sanz.

Al salir por la puerta, los dos nos convertimos en uno.

viernes, 22 de enero de 2010

Botella de “Habla del silencio” : 10,95 euros

Lo primero que me viene a la cabeza cuando me anuncian mi despido por la mañana son los Kung San. Los Kung San son una comunidad de cazadores-recolectores de África de la que echan mano los antropólogos para explicar el concepto y la relevancia de los ritos de paso, esas ceremonias en las que la comunidad reconoce los cambios de relación del individuo con el resto del grupo.

Si mi jefe hubiera sido un Kung San, es posible que la noticia hubiera tenido un componente cultural significativo y que, no sé, veinte hombres con pintura de guerra hubieran atravesado con sus lanzas mi contrato de trabajo arropados por los cantos de cincuenta mujeres en trance. En vez de eso, los dos nos quedamos callados un rato.

-Ya sabes que apenas ha habido ventas y que más pronto o más tarde nos iba a tocar a los de financiero.

No puedo decir que la noticia me pille de sorpresa. Desde hace varias semanas los jefes han ido sacando nuevas versiones del presupuesto de este año según iban despidiendo a la gente. En la primera, en Septiembre del año pasado, aparecíamos todos nosotros, orgullosos y ordenados como una legión romana en formación. En la que me pasaron ayer, la dieciséis, la escena recordaba a la del perdido y derrotado ejército griego descrito por Jenofonte en su camino a casa. Mi nombre estaba ahí, pero se ve que no era la versión definitiva y que me quedaban un par de páginas en la Anábasis. Al enterarme de que me echan me encuentro en una extraña situación en la que sigo perteneciendo al equipo pero ya sé que no voy a volver a aparecer en la alineación de las próximas nóminas.

-Tienes hasta final de mes. Si puedes, intenta que el 190 y el 347 se queden hechos.

Descubro que en una empresa con problemas, los del departamento financiero somos como esos soldados a los que Gengis Khan ordenó que, tras su muerte, asesinaran a los que cavaran su tumba para que nadie supiera dónde estaba enterrado, sin sospechar que a otro grupo de soldados se les pidió que, una vez que hubiéramos cumplido nuestro objetivo, nos liquidaran también a nosotros.

-Ya lo enseña la historia.
-¿La económica?
-No, la de los mongoles.

Después de la reunión con mi jefe, las horas pasan y no dejo de sentirme incómodo, como si caminando por el desierto me dijeran que con el último paso dado hubiera entrado en otro país. Lo malo de nuestra sociedad es que no crea ritos de paso y que los que tiene se han quedado sin significado, como esos links en los que uno pincha y te llevan a páginas que ya no existen. Lo que uno necesita es una buena aduana con un policía suspicaz que te mire el pasaporte y lo agite con la violencia con la que un ama de casa sacude un mantel con migas para que caigan todas las sospechas. Un buen golpe de sello en la hoja es la confirmación de que ya se camina bajo otra bandera.

Una parte de mí quiere ser obediente y dejarlo todo listo pero a otra lo del 190 y el 347 le suena ya a líneas de autobuses. Cojo un folio y empiezo a dibujar un autobús de la línea 190 repleto de griegos desmoralizados cantando el himno del Atleti, que seguramente ya se le ocurriera a algún griego de entonces en la espera de que alguien fundara un equipo que estuviera al nivel de su letra.

Antes de meterme en el metro me doy un paseo por la zona de Chueca por si encontrara alguna señal de qué hacer con mi vida cuando definitivamente deje de ser un trabajador para convertirme en un parado. No me sorprende encontrarme en una tienda de vinos leyendo las etiquetas de las botellas que no conozco. El vendedor, con una confianza y una seguridad en sus conocimientos similar a la que los griegos de Jenofonte necesitaban en su líder, me recomienda dos vinos. Uno de ellos es “Habla del silencio”. El otro, “Opta”. Pienso en los nombres y en que a veces la realidad se permite ciertos detalles que la literatura evitaría.

-El primero es mucho más fuerte – me dice. Y basta eso para que me lo lleve.

Pienso en el nombre de la botella de vino en el metro y en su posible significado. Tiene un punto zen que me gusta y nada más llegar a casa la abro para que se vaya aireando. Preparamos la cena en el salón con Bob Esponja de fondo. Le cuento a María lo que ha pasado y me mira tranquilamente, como si yo fuera un libro del que ya hubiera leído las siguientes veinte páginas. Levanta su copa de vino pidiéndome que le sirva.

-Por tu nueva etapa – dice.

No es una Kung San pero como rito sirve. Probamos el vino y asentimos en silencio.

jueves, 7 de enero de 2010

Plato de humus y confit de pato : 8,36 euros.

Sea el restaurante que sea, siempre hay dos momentos en los que tenemos que ir con alguno de los enanos al baño : cuando nos van a tomar nota y cuando llegan con los primeros platos. Existe algún tipo de comunicación entre el intestino y la vejiga y la llegada del camarero que todavía no soy capaz de reconocer y que raramente falla.

-Pis

Hoy, en Bazaar, ha vuelto a ocurrir con Daniel en esos dos precisos instantes.

-Caca
-¿Pero no acabamos de ir al baño hace unos minutos?
-Sí, pero entonces no quería.

Repetimos el camino hacia los baños mientras el plato de humus con confit de pato se empieza a enfriar. Esta vez nos toca esperar a la salida de los servicios y cuando conseguimos entrar en un baño, al ver cómo han dejado la taza, imagino una escena de verano.

En la escena de verano hace mucho calor y el césped se está secando. El encargado del mantenimiento teme que se muera y, sin pensárselo dos veces, abre la llave de paso hasta el final para que los aspersores empiecen a girar violentamente cubriéndolo todo de agua.

-Espera a que limpie esto un poco – le digo a Daniel.

Esas son las últimas palabras toleradas que recuerdo haber pronunciado. Viendo todo el papel higiénico que tengo que recoger y tirar sin avanzar en mi objetivo de devolverle al baño su honor y dignidad, empiezo a soltar expresiones y palabrotas sin respetar la velocidad máxima. Me convierto en el pozo que encuentra un buen yacimiento y que comienza a expulsar petróleo sin importarle sobre qué o quién cae.

Daniel me mira sorprendido y no deja de decir.

-Esonosedicesonosedicesonosedice – Una frase que sale de su boca como la cinta interminable que el mago saca de la suya.

Le debo resultar sorprendente y pedagógico a la vez. Yo soy el que hace sólo una semana se extrañó al oírle preguntar en el coche.

-¿Qué quiere decir puta?

Y le respondió

-Nada.

Una respuesta un tanto rápida pero no demasiado tramposa, porque por mucho que se lo quisiera explicar, con cinco años no entendería nada. Sería como ofrecerle una escalera sin peldaños para subir. Cada palabra necesita su tiempo para ir ganándose su significado. La palabra mesa aprende a mantenerse en pie apenas nacida y a los pocos minutos ya corre sola. Otras, como madurez o vanidad, crecen despacio, igual que los muros de una catedral.

Esa urgente curiosidad por las palabras prohibidas comenzó hace diez días, cuando durmió con su primo, unos años mayor que él. En esa noche de saltos en la cama, risas y carreras por el pasillo, debió haber un momento en el que el primo le entregara unas cuantas palabras como perlas negras y le indicara cómo usarlas.

-Te las metes en la boca una a una y dejas que, después de chuparlas un poco, salgan las palabras.

-¿Y hostia se puede decir? ¿Y estúpido? ¿Y inútil?

Prueba todas ellas en cualquier lugar, pensando tal vez que nuestra respuesta fuera a depender de la hora o del sitio en el que nos planteara la pregunta. Parece entender lo que le decimos pero vuelve a insistir, como si en el fondo no comprendiera por qué unas se pueden pronunciar y otras no.

-Esonosedicesonosedicesonosedice.
-Ya lo sé, pero es que hay cerdos disfrazados de personas que vienen a comer a los restaurantes.

Daniel se ríe al instante porque se imagina, como yo, a un cerdo de pie haciendo pis. Me digo que, después de todo lo que ha escuchado en apenas cuatro minutos, he perdido bastante autoridad como para que me tome en serio la próxima vez que me consulte sobre un nuevo taco. O tal vez siga escuchándome al reconocerme una habilidad que, como la capacidad de abrir una caja fuerte, no se puede admirar en un policía pero sí en un ladrón.

Volvemos a la mesa y el humus ya está frío. Daniel parece contento, como si regresara de un sitio divertido y estimulante.