viernes, 16 de diciembre de 2011

Paloma de metal : 1,5 euros.

Este post aparecerá a la vez en dos blogs, como prueba de esa mudanza, todavía más mental que física, que estoy haciendo de “Los diez del día” a “El coste de las cosas”. Siguen los diez puntos de referencia y la anécdota del día, como exigen las reglas de “Los diez del día”, pero el título ya vuelve a la estructura de “El coste de las cosas”, centrado en un objeto y su precio. No sé si me mudo de la residencia de invierno a la de verano o al revés. Si dejo el centro para vivir en la periferia o al contrario. La verdad es que, aunque parezca raro, no es un cambio fácil. Uno también puede cogerle cariño a las cosas, aunque sean tan virtuales como ésta.

1-El teléfono : En el metro, camino de Sol, le pregunto a Daniel el móvil de María. Le digo que si se perdiera, lo que tiene que hacer es buscar a algún adulto y decírselo, que llorar no sirve de nada. Lo normal cuando uno se pierde y tiene siete años es llorar, pero la mejor manera de arreglarlo todo es acordarse bien del número. De las cuatro veces que se lo pregunto, sólo se equivoca una. Tenemos un 75% de posibilidades de que, en el peor de los casos, todo vaya bien.

2-Lluvia : En el centro de Madrid llueve. No sabemos si ponernos las capuchas o no porque tenemos que elegir : con ellas, no nos mojamos; sin ellas, podemos ver las luces ya encendidas. “Esta lluvia no moja”, le digo a Daniel y él se echa la capucha hacia atrás y acepta la mentira sin decirme nada. Las mentiras compartidas unen bastante.

3-El centro : Salimos a la Puerta del Sol, con lo que se puede decir que, geográficamente, estamos en el centro de Madrid. También me encuentro, en cierta forma, en el centro de mí mismo, por todos los recuerdos que tengo de esta zona, por lo que me gusta pasear por aquí.

4-Los puestos : Los puestos de la Plaza Mayor están dispuestos este año de una forma distinta, quitándole menos espacio a la Plaza y permitiendo que la gente pasee sin aglomeraciones. Parece una plaza del norte de Europa.

5-Deja vu : Tener tanto sitio para caminar es más cómodo, pero, al haber poca gente, parece que la Navidad hubiera pasado ya y sólo quedaran los restos : turistas, desorientados, gente que no tiene nada mejor que hacer.

6-Móviles : Buscamos puestos con figuras para el Belén. Daniel no quiere, después de ver el de mi madre, que sigamos con uno en el que hay figuras de Playmobil. Tiene bastante claro qué es lo que necesitamos. Nos paramos en todos. En muchos de ellos, los vendedores, chavales que parecen estar ahí obligados por sus padres, consultan los móviles. Es lo único que les importa.

7-Etiquetas : Los precios de las cosas son de cuando España iba muy bien y los billetes olían a ladrillo. Parece que estuviéramos en lo alto de una montaña prácticamente cubierta por la crisis, tratando de conservar el pasado usando como escudos esas etiquetas con precios que pocos pueden pagar. En unas pequeñas cajas hay animales diminutos. Cada uno lleva pegada una etiqueta más grande que él. Una pequeña paloma de metal que Daniel quiere cuesta un euro con cincuenta céntimos.

8-La chica que se interesa : Ve a Daniel dudando entre una caja con el misterio y tres pastores y otra más barata sin pastores. Se ofrece a acercarle las dos para que las compare. Parece agradecida de que un niño se interese por lo que expone. Daniel se lo piensa, sabiendo que tiene que dejar dinero para un puente, una pequeña casa, dos palomas, un pollo y un pájaro sin identificar. Le compramos un misterio a la chica que se interesa.

9-El viejo torero : Después de estar una hora y media entre puesto y puesto. Vemos a un hombre disfrazado de torero esperando que alguien eche una moneda en una caja que tiene delante. Daniel me pide una moneda para saber qué hace. Se la doy, la echa, y el torero da unos pases con el capote. Al terminar se quita la montera y saluda a Daniel. Veo que tienen una pequeña charla.

10-Diptongo : De vuelta en el metro, jugamos a Diptongo. Pierde el que responda cualquier otra cosa que no sea "diptongo" a las preguntas del otro. Parece fácil, pero no lo es. Por eso es tan divertido.

miércoles, 8 de junio de 2011

Botella de Matarromera 2007 : 26 euros

Al final del estrecho pasillo en el que está la barra, se encuentra en restaurante. Siete mesas preparadas sin ocupar. Con niños, se vive una hora por delante y los comedores suelen estar vacíos : te alejas de las costumbres de tu ciudad pero te acercas a Europa, donde las familias deben tener hijos y mas hijos, que todos deben de haber visto Sonrisas y Lágrimas, mientras aquí nos da por Torrente.

El camarero, que habla con acento del este más allá de Cuenca, más allá de Italia, nos ofrece la mesa que queramos. Elegimos la más alejada de la barra por temas de tranquilidad, pero al rato cambiamos de opinión y decidimos que preferimos el bullicio de la barra, que es más nuestro, al olor a pis que sale del servicio que tenemos al lado. Como no tengo el olfato muy desarrollado, no sé si huele a pis o a orina. El caso es que huele.

Nos sentamos a la mesa. María va mirando la carta con los platos mientras yo repaso la de vinos. No hay mucho dónde elegir, pero lo poco que se ofrece es bueno : ahí tienen un Matarromera intentando llegar a la línea de meta antes que el Arzuaga. Ojalá pudieran ganar los dos, pero no puede ser.

Nos cambiamos las cartas. Veo que hoy sábado tienen menú, lo que le permitiría a un economista con olfato seguirle la pista a la crisis, siempre que el olor que sale del baño no le distraiga. Lo que encuentro en el menú me gusta y a María la opción también el parece bien, así que hago cálculos y veo que así podemos incluir un buen vino. Le doy un pequeño empujón al Matarromera para que pase el primero por meta.

El camarero del este toma nota y cuando llega a la barra repite a grito limpio las bebidas que han pedido los enanos. Eso les hace mucha gracia. Así son las cosas en este restaurante típico cercano a la Plaza Mayor. Lo de típico no lo digo yo, sino la presencia de unos extranjeros que han ocupado la mesa grande que tenemos al lado. Tienen la piel blanca, el pelo blanco y los ojos azules. Y los hay de los dos sexos, como aquí. Al hablar, estiran mucho los dedos al pedir dos cervezas, repitiendo el pedido como el que pasa la brocha dos veces para que no queden huecos de sentido. O de significado, qué se yo. Por eso repite las cosas el camarero, que se ha hecho, quizás sin saberlo a los usos y costumbres de los extranjeros.

Atendidos los extranjeros, que durante el resto de la comida acompañarán las raciones con mojitos (a saber qué páginas de internet han consultado para preparar esta visita), el camarero viene a nuestra mesa a traer las bebidas de los enanos. Después viene con nuestro vino. Le quita el corcho, se lo mete en el bolsillo, deja la botella en la mesa y se va.

Sin más. Así se abren las botellas al estilo oriental del este.

Así que María y yo nos quedamos sorprendidos, desencantados, anímicamente en un estado semejante al de la lechuga después de pasar varios días en un tuper en la nevera. Si me dan a elegir entre u Matarromera bien servido con vados de plástico y esta ceremonia estoica con copas de cristal, me quedo con lo primero.

La comida es rito, teatro, escena. Y uno de los momentos principales es el del vino. Echo de menos a esa camarera del Clericó que se encuentra en Diversia (Madrid, España, grupo de los PIGS). Ahí los vinos son buenos son mejores gracias a esa camarera morena y con coleta que sabe marcar perfectamente los tiempos a la hora de servirlo. La presentación de la botella, el descorche, la entrega del corcho, el vino servido con la mano derecha, firme, a la distancia justa de la copa para que se pueda apreciar ya el color y el sonido al caer, la mano izquierda a la espalda, la forma en la que se vuelve a sostener la botella mientras se espera la aprobación del vino y como esa cierta distancia que ha mantenido hasta ese momento, un punto teatral, desaparece cuando se da el visto bueno y, ya sonriendo, llena las dos copas hasta el punto justo.

Sin ella, esta botella de Matarromera está huérfana. Lo sabemos notros y lo sabe la botella, que parece no estar a la altura de su nombre. Tampoco la culpa es suya porque la comida no está a su nivel : poca faena puede hacer un torero frente a un toro de cartón. Mis pimientos rellenos son de lata (podría decir la marca) y el título de emperador de lo que me sirven debió pertenecer al abuelo, no al pescado, sin título, que veo en el plato.

Nos bebemos el Matarromera con la esperanza de que el próximo sorbo mejore, pero en el fondo sabemos que va a ser imposible que el vino remonte. De esto sacos dos lecciones importantes. La primera es que, para disfrutar en un sitio como éste no necesitas más que un plato combinado de lomo con huevos fritos y una Fanta de naranja. Ahí están los enanos, como prueba, felices. La segunda es que, tal vez, la guía de viajes los extranjeros es mucho más sabia de lo que parece y lo que realmente hay que hacer en este sitio es combinar calamares con mojitos. Tal vez haya que ver la cosas como si fuera un turista.

Me giro para ver qué han tomado de postre, pero en la mesa ya no hay nadie. Las demás ya están ocupadas por gente de bien que come a horas normales.

Del baño sale un cocinero de rasgos orientales, de algún país que está mas al oriente que el lugar de nacimiento del camarero. Lleva un pequeño gorro blanco en la cabeza. Lo lleva con esa falta de fe con la que visten su uniforme esos capitanes de agua dulce que se limitan a llevar a los turistas de un lado a otro del lago.

miércoles, 1 de junio de 2011

IPC acumulado en tres años : 5,2%

Ser pobre es bueno para la salud. Si eres pobre, la cantidad que puedes invertir en un plazo a tres años es poca y no pasa nada si la mujer que te atiende en el banco te confirma que :

-No, no ha habido ningún rendimiento.

Y sigue un silencio tranquilo, de picnic de domingo, ese preciso silencio que va desde el momento en el que se extiende la manta y se abre la cesta para sacar la comida, toda tan rica y tan apetitosa (Todo está rico y apetitoso y tienes hambre). Y hace sol. Y parece que no hay mucho bichos (una mariposa por ahí, sí). Y los niños jugando sin gritar. Y ese aire suave al que le vendría tan bien una ropa recién lavada para agitarla, convirtiendo todo en un anuncio de suavizante. Este silencio.

-Ya sabes que estaba referenciado a una cesta de valores

Si la cantidad hubiera sido alta, en ese momento me habría cogido un buen cabreo, alentado por los latidos de mi corazón. Pero mi corazón en ese momento no dice nada, parece muy tranquilo.

-Lo confirmo, estoy muy tranquilo.

Pues, me digo, no pasa nada, porque no he perdido lo que he invertido. La mujer me mira y yo la miro. Qué le vamos a hacer si la cesta no sube. Me fijo en la grapadora, en su tarjeta, apoyada en una pequeña repisa de plástico, en sus manos sobre el teclado y, puestos a mirar, en los columpios del jardín que hay enfrente. En un día como éste no merece la pena enfardarse

Supongamos que fuera lunes y estuviera lloviendo y que la mujer que me atiende no estuviera de buen humor. En ese caso podría enfadarme porque lo cierto es que, en esos tres años, los precios han subido un 5,2% de media. Y el cálculo es muy fácil : si no has obtenido esa rentabilidad, eres más pobre.

En este momento, la mujer debería haberme dicho :

-No, no ha habido ningún rendimiento, así que eres un 5,2% más pobre. Tu poder adquisitivo ha bajado un 5,2%. Con este dinero te van a dar un 5,2% menos de lo que podrías haber comprado hace tres años.

Te cuentan la historia de la cigarra y la hormiga y tú te esfuerzas por ser la hormiga para cubrir todas esas necesidades básicas que este Estado, dentro de poco, va a dejar de ofrecerte porque cada vez le va a quedar menos dinero en el bosillo, después de pagar deudas, para atenderte y tenerte contento y que así no le montes minirrevoluciones y les sigas votando. Quiero ser la hormiga, pero lo que no se dice en el cuento es que la cigarra es mucho más lista que la hormiga.

La cigarra sabe que la inflación va a ir por encima del rendimiento del dinero. Y eso porque los bancos tienen tantas pérdidas a punto de aflorar que no pueden perder dinero ofreciéndote unos intereses altos, porque la Bolsa algún día tendrá que adaptarse a lo que en realidad sucede, momento en el que empezará otra fiesta con más gente bailando y menos sillas, y porque los recursos cada vez son más escasos y vamos a tener que pagar más por lo mismo.

La cigarra lo sabe y tú, que eres gilipollas, no.

Entré en la sucursal siendo pobre y salgo siendo un poco más pobre. Poca cosa. También podría haber salido siendo un poco más rico, pero habría sido una riqueza mínima, para gastarla en una buena comida. Como no ha sido el caso, habrá que conformarse con ese picnic con mortadela, bebidas de marca blanca, vino de roble y cuatro tigretones. Ojalá tuviera un gato para montar un ovillo con todos estos razonamientos y dárselo para que juegue por ahí y así tener la mente en blanco.

Con la mente en blanco todo está bien y puedes ver pasar la tarde tomando chupitos de suavizante de Bosque Verde, la bebida oficial de las hormigas.

jueves, 7 de abril de 2011

Caja de gomas de 100 gramos : 0,95 euros

En el camino de ida, Lucía rompe la goma que le sujetaba su colección de cromos de Bob Esponja. Me la da para que se la arregle. Hago un nudo fuerte y al probar su resistencia, la goma se vuelve a romper. No hemos llegado muy lejos, no, porque la goma sigue rota pero ahora con un nudo del que salen dos trozos pequeños, como esquejes.

Lucía me mira con una intensidad de adolescente en los ojos. En unos minutos parece haber pegado un estirón de personalidad : ya no es la niña que me pasó la goma. Afortunadamente no tiene lenguaje de adolescente y su queja se queda sin palabras, pero con un silencio rotundo, de un material capaz de resistir la explosión de varios núcleos radioactivos. Así es ella.

-Cuando volvamos, te compro unas gomas – le digo.

Y me vuelvo hacia la carretera como si nada, repitiéndome para que no se me olvide: tengoquecomprargomastengoquecomprargomastengoquecomprargomas.

En el camino de vuelta, les dejo en casa y me acerco a por las gomas. En el Opencor sólo tienen un paquete de gomas de tamaño industrial. Es grande y abultado, como si estuviera lleno de fideos chinos. Me quedo pensando delante de ese paquete, sopesándolo en la mano, en una postura y una actitud que provocaría la sospecha del vigilante de la puerta, atento, supongo, a comportamientos con los míos.

Pienso : ¿Cuál es la cantidad de gomas que una persona consume en su vida? Por muchas que sean, aquí hay para varias vidas o para varias generaciones. Cómo pesa el paquete. ¿Y pagar lo que me piden por sólo una goma que le debo a Lucía?.

En el Opencor me da por pensar porque me parece un sitio extraño. Es una tienda de algo en la que comprar pan, o un video, o el periódico, o una tarjeta de San Valentín, o una botella de vino o cinta para embalar o una lata de mejillones. Pero no sé qué es ese algo. Esa indecisión hace que me sienta incómodo cada vez que entro. No me la tomo muy en serio porque la veo como la versión cara de un local de chinos. Opencol. El yogur que te compras en los chinos te lo comes de pie en el salón viendo sin interés lo que ponen en la tele. El mismo yogur, pero del Opencor, te obligas a tomártelo sentado, en silencio, pensando en cada cucharada.

Pienso mucho en el Opencor. Decido llevarme el paquete de gomas.

Pienso : ¿Cuánta gente habrá comprado un paquete como éste en el Opencor? ¿A qué tipo de urgencia responde que no puede esperar unas horas para acudir a una papelería normal?.

Encuentro a Lucía en su mesa, escribiendo los nombres de sus compañeros de clase en un cuaderno cuadriculado. Sonríe al ver que he encontrado las gomas. Daniel aún me ve como quiere verme. Lucía ya me empieza a ver como soy, por eso se sorprende de que siendo domingo haya solucionado el problema de las gomas.

Con esa sonrisa, los niveles de radioactividad desaparecen al instante y uno podría darse un baño sin miedo en las piscinas de refrigeración.

-Toma – le digo.

Abre el paquete y mete sus manos dentro. Las saca llenas de gomas. Sé que nos pedirá una muñeca, un curso de esquí, la ropa que ha visto en un escaparate, un coche de verdad, un perro de mentira, lápices para pintar, un cuaderno nuevo, dinero para un viaje, palomitas en el cine, una botella de agua, otra botella de agua, huevos fritos sin la yema, mejillones, estos zapatos, y aquellos, y aquellos, otro móvil porque el anterior se le rompió, y el otro lo perdió, y el otro se lo quitaron, y el otro se quedó antiguo, y esos pendientes que hacen juego con esa pulsera que hace juego con ese collar que hace juego con esos pendientes, y este libro, y ese otro, y más rotuladores para pintar, y ropa para una muñeca, y una diadema, y unos vaqueros con los que se vea mejor, y un curso en Londres o en Roma o en Tokio, y después otro curso, y unos zapatos, y más libros, y un reloj, y dinero para ir al cine con gente de clase, con unas amigas, con un amigo, y un billete para el metro, para el autobús, una entrada para un concierto cerca de casa, una entrada para un concierto lejos de casa, dinero para comprarle un regalo mejor a una amiga, dinero para un taxi y poder llegar a casa a tiempo, más cromos de Bob Esponja, de los que huelen, una pelota de plástico, un pijama para el bebé.

Todo eso y más. De esa lista, viendo ahora sus manos llenas, sé que puedo borrar las gomas elásticas.

lunes, 21 de marzo de 2011

Botella de Prima 2007 : 9,85 euros

En esta visita a la tienda de vinos descubro que han incluido muchos nuevos, entre ellos un Pingus o un Vega Sicilia de más de cien euros. Cien euros. Pienso que el que se gaste cien euros en una botella o ha probado todos los que existen por debajo de ese precio o quiere un vino que combine con su gran y brillante 4X4.

Con esas referencias, me siento un poco culpable por llevarme dos botellas de 9,85 euros cada una. Es curioso lo bien que crece la culpabilidad en cualquier entorno, como las malas hierbas.

-¿Algo más? – me pregunta.
-No gracias – respondo. Sólo por ver su cara, me gustaría que la conversación hubiera sido algo distinta.

Opción B :

-¿Algo más? – me pregunta.
-No gracias. Bueno, espera, sí, dame cinco Pingus.

Me llevo dos botellas y no una o tres por varias razones, todas ellas finas y flexible como radiografías. En primer lugar, porque tiene que ser un número par. En segundo lugar, porque tienen una bolsas de papel marrón para dos botellas que me gusta, con el asa formada por una dura tira rectangular que se dobla en los extremos de una forma interesante, como un ejercicio de origami industrial. Y en tercer lugar, porque me encanta el sonido que hacen dos botellas de vino cuando se golpean suavemente. No sé si ese sonido es típico de cualquier botella de cristal chocándose con otra, pero no sería raro que el propio contenido de la botella influyera, aunque de una manera imperceptible, en el sonido final.

Dos botellas, una bolsa, 19,70 euros y, después de comprar una tarta de chocolate, nos vamos a casa de unos amigos.

En el camino, recuerdo que compré una botella de Vega Sicilia unas Navidades como homenaje a mi padre. La abrimos, nos la bebimos después de brindar por mi padre y comentamos que no merecía gastarse ese dinero. Quizás porque no tenemos paladares clásicos. Creo que mi padre habría pensado lo mismo, pero como tardaba en manifestarse, nos bebimos su parte.

Termino con el recuerdo en el momento en el que llegamos a la casa de los amigos. La casa es grande, con tres pisos y un jardín trasero perfecto para tener una tortuga y dos niños. Ellos, como nosotros, también aman a los animales.

Como hace buen tiempo, cuando los niños se comen su pasta y su pollo empanado, salen a jugar al patio con la tortuga, que ayer terminó de hibernar.

-Hala, a ver qué es lo que ha pasado en el mundo.

Nos maravillamos de la exactitud con la que sale de su agujero a dos días de que empiece la primavera. No sé si es que la Naturaleza es sabia o que la han despertado los terremotos de Japón y las bombas de Libia.

-¿Quién coño va a hibernar así?.

Le doy la razón a la tortuga, que se llama Andrea y tiene decenas de años acumulados ya en su concha, dura, rugosa y cubierta todavía de tierra seca. La tortuga sólo habla aquí, porque afuera no se la oye decir nada, a pesar de que los niños se la llevan de un lado a otro, sometiéndola a todo tipo de pruebas de stress, como si fueran funcionarios de Bruselas soplando a las Cajas para ver si los cerditos, refugiados en ellas, soportan el temporal.

Comemos entonces los mayores a una hora extraña. Comemos, bebemos y hablamos. Bebemos y hablamos. Bebemos. Hablamos.

Abrimos una de las botellas al empezar a comer y nos la terminamos con el café. En ese momento, estamos hablando de la importancia de ese último vals en el final de El Gatopardo. Es una combinación lógica en una casa de músicos en la que, a la izquierda, veo una estantería con libros y, a la derecha, un piano de cola contra el que rompe la rutina diaria dejando juguetes de niño debajo de él y notas, más libros y partituras encima.

Me da por pensar que hemos llegado a ese último vals gracias a este vino, que no nos encontraríamos ahí de haber bebido agua, cerveza o vino blanco. Me gusta creérmelo porque me sirve para reconocerle otra virtud más y porque así, cada vez que vea una botella de Prima, me acordaré de Lampedusa, la tortuga, el vals y esta sobremesa.

¿Y por qué es importante ese vals? Si habéis llegado hasta aquí, en este post tan largo, merecéis saberlo, aunque espero que quien me lo contó acabe explicándolo mejor en algún libro. El vals es un baile extraño porque, por un lado, rompe con las estructuras más rígidas de bailes anteriores, liberando a la pareja que lo baila : ese movimiento circular, contrario a las agujas del reloj, parece bastarse a sí mismo y no necesitar a nadie del exterior para ser ejecutado. Pero, frente a esa libertad exterior, surge un vínculo único entre las personas que lo bailan, que no puede romperse porque no existe la posibilidad de cambiar de pareja en el vals. Cuando Don Fabrizio baila con Angélica al final de El Gatopardo, lo que hace es anunciar el tipo unión que se establece entre la burguesía y la aristocracia.

Para compartir ese movimiento circular con nuestros pensamientos, terminada la botella de Prius, abrimos otra, ésta de Galicia. Todo, claro, por seguir avanzando en el tema de la danza y la literatura, que es más importante de lo que pensáis. La próxima vez que aparezca un vals en un libro de Jane Austen, no corráis por las páginas y prestad atención a la música.

En Emma, por ejemplo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Menú del día : 10 euros

El menú del restaurante donde comemos sigue a diez euros. No sé por cuánto tiempo. En la gasolinera que está cerca, el precio del diesel sube cada día. Ayer, estaba a 1,282. Hoy, a 1,302. Eso es un 1,6 % en un día, pero, como el euro tiene tantos céntimos detrás, los incrementos se disimulan, como la mierda debajo de la alfombra. El euro es una gran moneda si vendes y una mierda si compras.

Estábamos con el menú. Me sorprende y no me sorprende que siga con el mismo precio. Como tengo un poco de tiempo y seguís leyendo hasta aquí, me voy a detener en las dos cosas. Me sorprende porque los precios de los alimentos no dejan de subir. Como la Bolsa no convence (y se teme que empiece a crujir), los que tienen dinero de verdad se dedican a invertirlo en los alimentos para que ahí crezca, se reproduzca y tenga hijos altos y robustos como porteros de discoteca, en vez de las monedas que tu banco te deja caer en la mano cuando habla de intereses.

-¿Y el botón?
-También es parte del interés.

Así que sube el precio del café, de la leche, del azúcar, del maíz o del trigo. Una subida que puede deberse no sólo a movimientos meramente especulativos, sino también a problemas de la oferta o al aumento del precio del petróleo. O todos a la vez, lo que lo convierte en una macabra danza entre tres en la que te apetece de todo menos aplaudir y llevar el ritmo con los pies.

En resumen, que los alimentos suben. Por eso me sorprende seguir pagando diez euros por el menú, como hace un año.

Y no me sorprende cuando me fijo en el menú. Hoy, por ejemplo, acelgas y pollo al ajillo. Las acelgas venían solas, como si hubiera reñido con las patatas y las zanahorias. Daban ganas de escribir un poema sobre la soledad, el pueblo o tus padres en la posguerra. Algo noble y sencillo, cantando las virtudes de lo simple y puro acompañado por la guitarra de un cantautor comprometido. Como me faltaba inspiración y me sobrara hambre, me lo he comido todo antes de que llegara el cantautor.

Lo del pollo era distinto. Parecía que el cocinero le hubiera dado los mejores trozos a otro. Ahora sabía lo que sentía la cenicienta cuando la madrastra prefería a sus hermanastras. Al principio pensaba en mí, pero pronto le presté atención a ese pollo que era todo huesos, un pollo al que su madre miraría con pena :

-Tus hermanos lucirán sus sanos muslos en un anuncio del Kentucky Fried Chicken y tú no servirás ni para caldo
-Yo tengo otra vocación mamá. Mi vocación es ser modelo de pasarela.

Sí, el Kate Moss de los pollos. La vocación de ese pollo termina en mi plato, con cierto aire de derrota, como esos libros de pasta dura que se ofrecen a precio de saldo. Trato de sacar un poco de carne sin demasiado éxito.

La lección está clara pero la dejo escrita para aquellos que sólo lean los titulares de Mou en la prensa deportiva. Los precios no suben, pero la calidad baja. Es así de sencillo.

Baja la calidad del pollo, del aire que respiras, de los políticos que escuchas, de los comentarios de los tertulianos, de tus propias ideas (que antes, admítelo, tenían mucho más nivel), del futuro que imaginabas para tus hijos (esto sí que duele, tengo que reconocerlo), de tu tiempo de sueño y hasta la de tus amigos (que te reprocharán a ti lo mismo que tú les reprochas a ellos : el poco tiempo que hay para verse)

¿Y qué queda para animarse? Sencillo : er furbo y este blog, claro.

sábado, 5 de febrero de 2011

Entrada para "Enredados" en 3D : 10,5 euros

Empecemos sin rodeos : Que viva Pixney y el equipo que ha hecho "Enredados". Me habría tatuado esta frase al salir del cine si, en plena euforia, hubiera encontrado quien me lo hiciera, pero los únicos tatuajes disponibles eran los que venían en los bollos de Hello Kitty.

Y eso que tenía miedo de encontrarme con una historia típica que sirviera para vender camisetas o mochilas a los niños, pero la película que han hecho me ha dejado sin palabras.

(Mentira)

Sí, mentira. No os creáis ese tópico. Cuando algo es bueno, las palabras acuden al momento. El problema no es quedarte sin ellas, sino saber elegir las que mejor expresen lo que quieres decir. La impresión se mete en el probador y tú le vas dando frases para que se las pruebe. Esta no. Y te la devuelve. Esta no. Y te la devuelve. Esta tampoco. Y te la devuelve.

-Espera, eso de Pixney está bien.

Ya lo sé, por eso quería tatuármelo. Es justo y necesario deciros que podéis ir sin temor a ver esta película, a pesar de tener a una princesa y a un ladrón simpático como protagonistas. John Lasseter está en el banquillo. Y lo que el bueno de John, lo que el grande de John, lo que el inmenso de John ha hecho con esta historia es sentar cátedra. Alabado sea John.

-No, no es para tanto.
-¡Hombre, John, tú por aquí! ¡Sí que lo es! Con las historias de Pixar es fácil mantener el nivel, pero lograrlo con una historia tan ajena a Pixar como ésta era un reto. Es como entregarte la plantilla del Madrid y meterle cinco goles al Barça.
-Ya será menos. Bueno, te dejo, que a ver si viene Mou y nos lanza una botella de agua.

He aquí una película en la que apenas hay grasa y donde todo funciona a la perfección gracias a un gran guión. Al final, todo es tan sencillo como esto y aunque uno se imagina al equipo navegando en un mar de dólares, el éxito depende de una buena historia, algo que cualquiera puede escribir en su casa, meter en una botella y lanzar por la borda, esperando que llegue a una playa de inversores con ganas de meter todo el dinero que haga falta.

Los que sueñen con convertirse en guionistas me dirán que ya saben lo importante que es un guión y que eso ni les ayuda a escribir uno bueno ni a alejar la posibilidad de tener que ganarse la vida preparando el modelo 110 para Hacienda. Bueno, aquí va otra reflexión menos ambigua y más práctica : el nivel del guión es tan alto porque los de Pixney no corren como galgos deseando llegar al final. Muchas veces parecen esos titiriteros callejeros que tuvieran que mantener tu atención en cada momento para asegurarse las monedas al final.

-Eso me ha gustado.
-Gracias de nuevo, John.
-Ahora sí que me marcho de verdad, a ver si el Mou ese acaba apareciendo.

Y a fe que lo hacen (llevaba tiempo deseando usar esta frase y me parece que aquí no viene mal). Mires donde mires, los de Pixney cuidan el detalle, como si al lema punk del “no hay futuro”, le añadieran “ni pasado, sólo el aquí y ahora”. Un buen ejemplo de esto es la parte de la taberna del patito frito : aparentemente es algo secundario pero, por sí misma, ya justificaría el precio de la entrada y el descorche de algún buen Ribera del Duero. De ella podrían sacarse detalles finos y sabrosos, como trozos de jamón cortados por un experto.

De hecho, esa parada en la taberna del patitio frito puede verse como el punto en el que una historia de Disney se mezcla con el tono un tanto canalla de Pixar (y que busca sin conseguir la gente de Dreamworks) para ofrecer, desde entonces, un producto Pixney. Entre esos indeseables y matones está Lasseter y su equipo dispuestos a darle a la princesa lo que ella necesita (en términos de guión, no vayamos a tener problemas)

-Necesito un nueve.
-Mou, perdona, pero no estamos hablando del Madrid.
-Ok. Pero no quiero que escribas el nombre de Valdano. Me marcho.

Podría detenerme más en las escenas, pero eso desvelaría unos momentos que es mejor que cada uno vaya disfrutando. La única recomendación es que conviene fijarse en todo : los de Pixney saben lo que tú sabes y van dos pasos por delante. Ver esta película es como cortar el roscón de reyes y que cada trozo lleve un regalo. Tú solo tienes que sentarte y comer, y comer, y comer. Comen tus ojos, y tu cerebro, y hasta tu corazón, que ésta es una historia de Disney y al final es ahí donde dirigen sus flechas, no nos engañemos.

En fin, que es de las pocas películas de las que se sale con ganas de hablar, de reconocer así el buen trabajo que se ha hecho. Como ocurre con Mad Men o Breaking Bad. Es tan grande mi agradecimiento a John, que me gustaría crear un fondo para clonarles a él y a Miyazaki y así asegurar el talento para futuras generaciones. Voy a ver qué tengo en el bolsillo.

En lo que cuento las monedas, aprovecho para hablar de la extraña sensación que me provocó ver ese unicornio en la parte final de la película y encontrarme a la salida una fotografía de Harrison Ford anunciando “Morning glory”.

Ya está. Me temo que con el dinero que tengo, sólo da para que se enfríen los pies en un cubo de hielo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Revista Top Disney : 1 euro.

El domingo, los de El País sacan una revista para niños con el periódico. El del quiosco, que acaba de abrir, la tiene que buscar entre toda la chatarra que traen hoy los periódicos

-Aquí tienes, chavalete – me dice

Hacía unos veinte años que no me llamaban chavalete. De hecho, sospechaba que esa palabra ya no existía, que había alguna ONG subvencionada que protegía a los pocos que la utilizaban. Chavalete

Me parece una buena idea lo de la revista porque así los niños podrán contarles a sus descendientes :

-Recuerdo que acompañaba a mi padre al quiosco hasta que unos meses más tarde nos descargamos un aplicación en el iPad y se acabaron los paseos

Y es que la continua innovación hace que nos resulte muy difícil crear tradiciones. Si supiera cómo arreglarlo, esta frase sería una queja, pero como no es el caso, se queda en lamento. Quizás en su cerebro, ya acostumbrado al cambio, algo que se haga dos veces sea ya una tradición. La tecnología nos va a obligar a revisar muchas palabras.

Ya en casa, abro la revista. Es fina y con bastante publicidad. Para eso, que adjunten el catálogo de juguetes de El Corte Inglés o el de IKEA, que abulta mucho y es gratis. Y lo que no es publicidad, es la versión para tebeo de los dibujos que aparecen en la televisión : más de lo mismo, como la adaptación para el bolso de una compresa.

Pues muy mal, señores de El País y señores de Disney. No rompo la revista porque en la portada aparecen Phineas y Ferb, a los que admiro. De hecho, son los únicos que pueden presentarse a cualquier hora en casa, que siempre tendrán la puerta abierta

-Hola, somos Phineas y Ferb
-Pues pasad, pasad..

Ahí está. A cualquier hora. Como acabo de decir. Extendí el salvocoducto el mismo día que, haciendo caso de la recomendación de un amigo músico, vi un episodio.

-(Tecla blanca, blanca, negra, dos blancas, negra) - Primero me lo dijo al piano y como no le entendí, le puso palabras
-Tienes que ver uno. Tiene un humor especial

Y seguí su consejo porque este hombre, músico, te sirve unas patatas fritas excelentes y yo haría cualquier cosa por ellas. No se equivocaba con Phineas y Ferb, así que fui a la nevera y actualicé los permisos y las prohibiciones. .

Permisos : Hayao Miyazaki + Phineas y Ferb.
Prohibiciones : Lo que no es Hayao Miyazaki ni Phineas y Ferb

Por fin había unos dibujos que no trataban el cerebro de los niños como si fuera un par de huevos que hubiera que remover. Dentro de unos años, cuando los efectos sean evidentes, comprenderán las consecuencias de programar Bob Esponja, Gormiti, Ben 10 o Batman a todas horas. Las autoridades sanitarias se preguntarán : .

-¿Y qué podíamos hacer?, no sabíamos que eran tan nocivos. .

Pues que quede constancia de que ya lo advierto aquí. Lo son.

-¿Y qué podíamos ponerles? ¡Con algo había que llenar tantos canales infantiles.

Pues os doy la respuesta, aunque está más arriba : Hayao Miyazaki. Sería mejor que la ONG que protege a los que usan la palabra chavalete cambiara sus fines y se pasara un tiempo en los estudios Ghibli aprendiendo para luego crear algo parecido aquí.

Algún enterado habrá murmurado para sí mismo. ¿Pero ese Hayao no es el de Marco y Heidi?. Sí, el mismo. Y el de Porco Rosso, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro o El viaje de Chihiro. Pero, básicamente, Marco y Heidi.

Alcanzado este punto, llega el momento de defender públicamente Marco y Heidi. Los que sigan pensando que son sólo dos series infantiles más, en el peor sentido de la palabra, deberían verlas otra vez. Si los dibujos actuales tratan a los niños como seres incapaces, Hayao Miyazaki se propone, con sus historias, justo lo contrario : evitar que los niños sueñen con convertirse en Peter Pan. Debajo de sus historias está el lema “Muerte a Peter Pan”, lo que pasa es que como uno ve a Hedi rodando entre flores y a Marco con Amedio al hombro, se distrae.

Que nos distraemos con cualquier cosa.

Y hay que fijarse, porque Marco exige que te adaptes a su ritmo, a las relaciones de los personajes, a la propia evolución de una historia larga y cada vez más dura. Tan dura que poco a poco va provocando deserciones hasta que, a pocos capítulos del final, sólo queda María pendiente de la historia.

Fruto de su constancia, una noche, me llegan a la cama, desde el salón, las esperadas palabras de Marco.

-¡Mamá, mamá!

Y ya me puedo dormir tranquilo.

lunes, 17 de enero de 2011

Litro de diesel : 1,197 euros

El litro de Diesel, en la estación de Shell en la que reposto, está a 1,197. En la estación de Repsol, que se encuentra enfrente, también está, cosas de la vida, a 1,197. Basta con mover la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda (Repsol-Shell-Repsol-Shell) para hacer un estudio de cómo funciona el mercado. Tan global, con sus pozos repartidos por todo el mundo, y tan local con el tema de los precios :

-¿A cuánto has puesto el litro de diesel? Grita más, coño, que no te oigo. Ok. Espera, que lo marco.

Esa es una versión. En la otra, habría que darles un premio por llegar al mismo precio con estructuras de costes tan distintas. O manipulación o coincidencia, que cada uno elija.

Pero volvamos al 1,197. Un gran precio. Si uno tuviera un poco de sensibilidad en los dedos mientras echa gasolina, como el médico que los coloca en la yugular para notar el latido del corazón, podría sentirse conectado con el mundo, con el de verdad. Puedes quejarte de que no pasa nada en tu vida, pero por tus manos está fluyendo la realidad.

¿Y cómo se encuentra la realidad del petróleo? Pues algo delicada.

-El latido no es muy fuerte – dice el médico.

Y el médico tiene razón, pero para ser más específicos hay que echar mano de unas estadísticas, lo siento. Opinar sin dar cifras está feo. Los datos que aparecen a continuación proceden del libro “Por qué el mundo está a punto de hacerse más pequeño”. Un interesante ensayo sobre el fin del petróleo que me leo para resumiros mientras vosotros perdéis el tiempo con blogs como éste.

Hoy la economía mundial consume unos 86 millones de barriles a diario, de los que China se lleva 7. En 1983, las cifras eran 58 y 2, respectivamente. El problema es que los pozos se están acabando a un ritmo del 6,7% por año, según anunció la Agencia Mundial de la Energía en 2008, lo que provoca que cada día se pierdan cuatro millones de barriles de producción, cifra que llegará a los veinte millones en los próximos cinco años.

Así que, en cinco años, podríamos necesitar 86 millones de barriles diarios y producir solamente 66. Va a ser como el juego de las sillas, pero a lo grande, porque los países productores, además, se quedarán cada vez una parte mayor del petróleo para producir energía, potabilizar el agua (Oriente Medio necesitará un millón de barriles diarios para desalar los 1.400/1.700 millones de metros cúbicos de agua que necesita al año) o atender a su demanda interna (En los próximos treinta años, tres cuartas partes de los vehículos nuevos que circulen por las carreteras lo harán en esos países)

¿Y qué pasa cuando baja la oferta más rápido que la demanda? Pues que los precios suben : entre 2000 y 2008, los precios del petróleo se multiplicaron por siete, y el barril pasó de 20 a casi 150 dólares. A partir de aquí, cualquiera puede seguir solo, pero le doy un último empujón con datos de Estados Unidos : de enero de 2004 a enero de 2006, la subida del precio del barril de petróleo de 35 a 68 dólares llevo la inflación energética desde menos del 1% hasta el 35%. Junto con el aumento asociado del precio de los alimentos, los disparados costes de la energía elevaron la tasa de inflación de menos de 2% a casi el 6% durante el verano de 2008. Cuando el petróleo alcanzó los 100 dólares el barril, los costes de combustible pasaron a ser casi la mitad del coste total de transportar algo por mar.

Hasta aquí, las malas noticias. Después vienen peores, pero esas no las expongo para que a la gente no le entre ganas de escuchar algo de Bunbury. Sólo diré que responden a preguntas como : ¿Y las renovables? ¿Y los coches eléctricos? ¿Y el biodiesel?

En resumen, para los que se hayan saltado los párrafos de dos en dos : que por la manguera que agarras con tanta fuerza cada vez fluirá menos gasolina y que el precio que pagarás por ella haráque saques la bicicleta del desván. Los cambios que eso provocará son tan grandes que nuestros nietos nos pedirán como cuento a la hora de dormir que les describamos cómo era un día de nuestra vida en el 2011.

Es probable que Jeff Rubin, que es el que ha escrito el guión de esta película, se equivoque, pero lo que dice tiene sentido : explica por qué en una recesión como la actual, el precio de un bien sigue subiendo. En El País del 15 de Enero del 2011 se justificaba la subida a los 100 dólares por el recorte de producción de la OPEP en 4,2 millones de barriles diarios. El optimista habla de mero recorte, el pesimista de la inevitable caída de la producción.

Yo me limito a pagar y a callar. A los cuarenta euros que pago, añado el de la barra que compro. Tantos números me han dado hambre y he decidido preparar una tortilla de patatas antes de que, por las nuevas especulaciones sobre los alimentos o el aumento del coste del transporte, uno ya no pueda ni preparársela.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Seis huevos ecológicos : 2,3 euros.

Compro seis huevos ecológicos, seis, y esto es lo que leo en la caja : "Las gallinas de Producción Ecológica disfrutan del acceso a parques al aire libre donde pueden picotear, escarbar y darse baños de arena, además de alimentarse de piensos procedentes de agricultura ecológica"

Bueno, pues otra cosa que, a mi edad, ya no podré ser : gallina de producción ecológica. Y bien que lo lamento, porque suena bien, pero me temo que éste es otro tren que debo dejar pasar (como debería haber evitado esta imagen, pero la entiende todo el mundo y funciona, como un anuncio de Fairy). Cumplir años es ir descubriendo en qué no podrás convertirte ya y, lo peor, sospechar que aquello que sí eres no acaba de convencerte. ¡Con lo bien que me lo habría pasado viviendo en ese centro de alto rendimiento para gallinas ecológicas!

Pero lo bueno que tienen estos huevos es que te sientes bien ya solo comprándolos y te olvidas de ese no ser gallina. Con los huevos normales te llevas a casa huevos normales. Estos, desde el momento en el que los colocas en la cesta, te dan derecho ya a una ecomedalla con la que te notas mejor persona. Para que la experiencia fuera completa, las gallinas deberían estar en peligro de extinción y así meter una ecocanasta de tres puntos al ayudar a su conservación. Desgraciadamente, parece que, por el momento, eso no entra en sus planes, por mucho que nos las comamos a todas horas y de todas las maneras posibles, que estornudas y sin querer desaparece una especie, y con las gallinas no hay forma.

Por el tema de las ecomedallas recomendaría que todos compraran ecohuevos, pero es que ser ecosolidario es un poco caro. Diría que es un huevo de caro y me arrepentiría al momento. Seis huevos de esas gallinas que se dan baños de arena y ven series en versión original en Canal + cuestan 2,3 euros. Doce huevos de gallinas que viajan en metro y leen el 20 minutos que otra ha dejado en el asiento de al lado, cuestan 1,15 euros. Voy a hacer unos cuantos cálculos y ahora vuelvo.

Ya estoy aquí. Dice el Excel que el ecohuevo cuesta cuatro veces más que el huevo normal. Para alejarnos del frío de las estadísticas, voy a buscar el calorcito de una imagen que haga más expresiva esta información. En la cena de esta noche puedo elegir entre freír un huevo para cada uno o compartir los cuatro un ecohuevo.

Vaya dilema.

En aquel libro de comida sana no hablaban de estos dilemas. De hecho, no hablaban de precios. Sí decía que empezaras a sospechar de los huevos y del pollo como de esos mails con textos del estilo "para evito problema acceso cuenta de tu banco, ingresar aquí clave de cotrol de su seguridad. Grazias". Textos todavía inquietantes hasta que la nueva generación empiece a dirigir bancos y uno se preocupe entonces con los mail que lleguen bien redactados.

El libro aconsejaba que te cuidaras desde ya y que empezaras a consumir ecoproductos, pero antes de eso debería haber comenzado con un simple cuestionario :

1-¿Eres rico? Sigue leyendo.
2-¿No lo eres? Sigue leyendo cuando lo seas.

Me salté ese cuestionario inexistente y me encontré con un conjunto de remedios destinados a hacer tu vida más larga y luminosa sin saber que antes tenías que ser rico.

Y ésta es la explicación de por qué estoy sentado en la cocina leyéndome los textos de la caja de huevos. Es mi forma de ganar tiempo para decidir si frío un huevo o cuatro. Me enfado conmigo mismo porque en el fondo debería emplear mi tiempo en descubrir cómo ser rico. De eso se trata. Si eres rico, tienes a alguien que hace la compra por ti, que compra los huevos que quiere y que te los sirve sin que tú llegues a sospechar que hay por el mundo gallinas que se dan baños de arena y cuyos huevos puedes comerte. De hecho, si eres rico, puedes cenar todas las noches un solomillo.

¿Pero no es el primer paso para ser rico imaginarse rico? ¿No es eso lo que recomiendan los libros de autoayuda? Me visualizo rico y ya no hay dudas. Cada huevo que casco es un mensaje al universo para que me haga rico. Pero ya. Voy a preparar una tortilla de patatas que va a hacer que se nos llenen los bolsillo de monedas mientras nos la comemos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Tribuna baja en el Circo Price : 30 euros.

Cuando existen tantas ofertas de ocio, siempre se tiene la duda de haber elegido la mejor opción. Te quedas con la sospecha de si habría otro sitio donde sentirte como la flecha en el centro de la diana. Para eliminar esa incertidumbre, existen los locales de moda, los restaurantes de moda o las películas de moda, y así poder gastarte el dinero en algo que, aunque no te guste, te limpie de dudas por dentro y por fuera. El problema es que no hay nada así que sirva de referencia cuando uno tiene niños y se supone que debe celebrar la fiesta de la inmaculada concepción de la Virgen María.

-¿Qué se celebra? - me pregunta Lucía
-No lo sé - le respondo.

Que es una verdad que cojea un poco, o una mentira a la que le queda muy poco para salir ya corriendo. Del título de la celebración hay muchas palabras que no me sé explicar, así que prefiero mirar para otro lado y esperar que Lucía no insista. No insiste.

Tampoco es verdad que uno no tenga referencias cuando se pasea por la calle con dos niños de seis años en pleno mes de Diciembre. Es una mentira literaria que le ha dado cierta fuerza al arranque del post. ¿Para qué, si no, está el circo? Si es fiesta, y tienes niños, y es Diciembre, la palabra que te sale es circo. Por eso estamos aquí, sentados en la tribuna baja del Circo Price, haciendo lo que uno debe hacer. Esta sensación, que relaja mucho, deberían utilizarla de reclamo.

Es la primera vez que venimos a este circo. Es pequeño, ordenado, y no huele a circo, lo que agradezco. Las acomodadoras se mueven como si estuvieran en la junta general de un gran banco atendiendo a accionistas con tantos años como millones en la cuenta : mucho que gastar en poco tiempo, justo lo contrartio que nosotros. Seguimos la indicaciones y llegamos a nuestro sitio. La segunda sorpresa es que las localidades son buenas. De hecho, todas las localidades del circo son buenas, ya que sentarte en el camerino de la gimnasta del hula-hop no es una opción.

El circo está muy bien.

Y desarrollo lo del muy bien para los que necesiten argumentos y no se fíen de mi juicio. Está muy bien porque uno tiene delante un tipo de circo al que le han quitado toda la grasa. Es verdad que a veces se le ven un poco las costillas, de lo estilizado que está, pero ahora que van a prohibir la bollería industrial en los colegios, está bien que los niños se acostumbren a espectáculos donde se ve la fibra en acción, lo que da de sí un cuerpo cuando uno se alimenta bien.

-Niños, no desayunéis doritos con fanta - parecen decir todos los cuerpos.

Y salen un montón de cuerpos afinados, tensos, duros, fuertes y deseables. Este circo es un catálogo de cuerpos que se doblan, que se juntan, que hacen girar el hula-hop, que saltan desde un trampolín y que hacen equilibrios sobre una escalera. Es la demostración de que un cuerpo sirve para algo más que para llevar bolsas de Mercadona y ducharlo por la mañana.

Salvando las distancias, uno se reconoce en esos cuerpos y se alegra de tener uno, de que le enseñen todo lo que puede hacer, aunque lo tenga desaprovechado y sospeche que se irá a a tumba con bastantes músculos sin estrenar.

-¿Y los animales?

Daniel, a mi derecha, deja de comer palomitas para hacerme esa pregunta. ¿Y para qué quieres animales, pienso, habiendo mujeres que se doblan, que hacen girar el hula-hop o que se balancean sobre un trapecio? Estos circos, a la estela del Circo del Sol, van prescindiendo de los animales, como si no supieran ya qué hacer con ellos ni nosotros qué pedirles que hagan.

-Pues mira, un caballo.

El caballo es el único nimal que sale. Se limita a dar vueltas por la pista y a comer lo que su jinete le va ofreciendo de una bolsa. Parace que haya salido a estirar las patas y a tapear. Es el número más flojo, como para demostrarnos que estamos mejor así, sin animales.

Así que pocos animales, pero sí que tienen músicos (frase que le dedico a un músico que me lee). Están arriba, lejos, como si fueran peligrosos (frase que vuelvo a dedicarle al músico, con la sospecha de que quizás no siga leyéndome). También hay un payaso que consigue hacer reír con los mínimos elementos, facultad que conviene desarrollar frente a la realidad. Me gusta mucho escuchar las carcajadas de Daniel. Consiguen que todo esto sea importante.

Los números están tan bien encajados, que el tiempo corre pendiente abajo. Parece que sólo necesitara treinta minutos para recorrer las dos horas que dura. Agradezco esa eficacia, como de concierto de Madonna, porque lo contrario, subir por una cuesta, es algo agotador cuando se va con niños.

El espectáculo se abre y se cierra de la misma manera : con un artista que realiza dibujos sobre la arena. Si no puedes sacarle partido a tu cuerpo, utiliza la imaginación. Trabaja sobre una superficie blanca y lo que dibuja aparece en una gran pantalla que hay al fondo de la pista. Todos los niños gritan cuando reconocen las figuras. Barcos que se hunden, casas bajo la nieve, palmeras que extienden sus sombras, gatos que miran la ciudad desde los tejados o caballos que galopan. El mensaje está claro : puedes meter la arena en un reloj y ver pasar el tiempo o hacer algo con ella.

Hacer algo con ella. Es tan fácil decirlo.

-Niños, tenemos que usar nuestra imagiación - Aunque luego no sepamos ni cómo, ni cuándo,ni con qué, ni para qué. Mejor comprarlo todo hecho.

Termina la función dentro del circo y retomamos la nuestra afuera, en una mañana de domingo que empieza a condensarse en nuestro estómago. Es hora de comer.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Reconocimiento médico : 40 euros.

Me hago un reconocimiento médico porque así lo manda el artículo 22 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y porque sería agotador decirles que no a los que crearon este artículo, a las leyes en general, a la Democracia en particular, a la Ilustración, y a los conceptos fundamentales que salieron de Roma o de los barrios que rodeaban Roma. Es mejor decir que sí y aceptar el reconocimiento. Por eso son las ocho de la mañana y estoy sentado en una clínica.

Como no he podido desayunar, me parece más pronto de lo que realmente es. Desde donde estoy se ve la calle : en el Supersol están metiendo mercancía y en el bar Riazor, ya abierto, tienen un poster enorme de Ronaldo, que no creo que vaya al Riazor a tomarse una caña, y una bandera grande del Real Madrid. Me da por pensar que cuanto más grande sea la bandera expuesta de un equipo, pero la calidad del café, que cuanto más espectaculares las fotografías de las mujeres de una peluquería, más feas las clientas. Inferencias que salen de mi tripa, no de mi cabeza.

En la recepción hay tres chicas morenas con bata blanca. Ahí es donde tengo que fijar la mirada, no en ese Ronaldo de papel, que éstas sí se mueven y se pasan informes y conversan entre sí. Hay cierta animación porque es jueves, ese día en el que la semana cambia de temperatura y empieza a salir ya caliente. Y el calor, lo recuerdo, hace que las cosas se dilaten y las moléculas se aceleren, venga a dar vueltas los electrones alrededor del núcleo.

Una mujer mayor entra y dice que tiene cita con el ginecólogo. Sigo serio y mirando el reloj. Al rato un médico se asoma y dice mi nombre y le sigo, porque el nombre es una correa que saben utilizar los policías y los médicos. Un suave tirón y camino hacia su despacho.

El despacho es pequeño porque el médico es grande. Noto que lleva la bata blanca sin mucha convicción y el despacho se hace más pequeño, algo que no se va a arreglar si sólo llegan pacientes de la mano del artículo 22. Confirma mi nombre y empieza a teclear. Teclea mucho. Detrás tiene un libro : María la Brava, de Pilar Eyre, en edición de pastas duras. ¿Cómo acaba uno comprando un libro con ese título? Sin dejar de teclear, me pregunta si fumo, si bebo y si me drogo. Con lo que teclea, creo que ya ha respondido por mí, pero no encuentro ningún motivo para ser borde.

-No. No. No. - le respondo.

Me dice algo y le obligo a repetírmelo. Y después me pasa lo mismo con otra frase. Creo que mis respuestas no le interesan, que cada vez habla más bajo para saber si puedo entenderle. Mueve los labios y yo me inclino hacia él. Sigue tecleando. Mis breves respuestas dan mucho de sí.

Vuelve a preguntarme si fumo, si bebo y si me drogo, tal vez para probar la consistencia de mis respuestas. Repito los noes, pero no sé si en el orden de la primera vez. Son parecidos pero no iguales, lo que hace que me sienta un poco mentiroso. Sigue tecleando.

Por fin deja de escribir y me pide que me siente en una camilla y me quite el jersey y la camiseta. Me dice que coja aire y que lo suelte. Como es jueves, el fonendo y sus moléculas están calientes. Inspiro y expiro obediente hasta un momento en el que dice inspira y se olvida de decir expira. O lo ha dicho muy bajo. O es una forma de pasar un buen rato a nuestra costa. Aguantemos un poco más, le digo a mis pulmones.

-Porque es jueves - me dicen.

Por lo que sea. Me pide la presión inflando el aparato hasta que oigo cómo el hueso empieza a astillarse. Le digo a mi hueso que no se queje.

-Porque es jueves - me responde.

Como siga así, el estómago vacío, el cuerpo se me va a amotinar. Me dice que me vista y que salga a la sala con cierta decepción, como si le hubiera hecho ilusión haber encontrado alguna enfermedad que le hubiera permitido ser médico, no un administrativo que se limita a firmar. Me despido y cierro la puerta.

Ahí está la mujer mayor, inclinada sobre el mostrador. El tiempo en esta zona de la clínica va más despacio. Me leo varias veces un cartel sobre la gripe. Ahora dice mi nombre una de las chicas que había en recepción y la sigo. Policías y médicos no tienen nada que hacer cuando una morena con bata blanca pronuncia tu nombre. Me dan ganas de hacer unas flexiones en el suelo para que vea lo sano que estoy, pero ella sólo quiere mi sangre.

Da pequeños golpes en mi brazo izquierdo. Me frota con un algodón que huele a alcolhol. Giro la vista para no romper ese momento de intimidad entre la aguja y mi vena. Junto a una abrigo doblado hay un ejemplar de "La sombra del viento". Debería repartir recetas con libros interesantes. Un "Bueyes y rosas dormían" por aquí, un "Vida y destino" por allá. El pinchazo es limpio. Tiene que insitir varias veces con la uña para arrancar un trozo de esparadrapo y pegarme el algodón. Esto le da más valor a la precisión del pinchazo.

Ver de nuevo a la mujer mayor hace que me sienta un poco en casa. No ha traído la tarjeta y tiene que esperar a que le autoricen la consulta. Lo que habría sido un problema el lunes, hoy se convierte en un pequeño reto, como de sudoku de playa. Todo son buenas formas y educación.

Me llama otra de las chicas de recepción. Qué bien le sienta a la bata blanca una mujer morena con el pelo liso. Ésta me hace una prueba de vista con las gafas puestas, lo que es como pasar un examen con las respuestas al lado. Tengo que decirle dónde se encuentra el círculo cerrado dentro de cada dibujo. Estoy contento porque con las gafas veo hasta los dibujos diminutos. Esto es como nadar con aletas. No sé si tengo bien los ojos, pero de las gafas me siento muy orgulloso. Parece que ella también está contenta con los resultados porque así no tiene que aconsejarme que me asegure la nariz por si acabo rompiéndomela contra una puerta.

Después me pide que me desnude de cintura para arriba y que me tumbe. Es fácil seguir una orden así cuando viene de una mujer morena con una bata blanca. Me moja con un algodón, que también huele a alcohol, en distintas partes. Me coloca pinzas y pequeñas ventosas. Dos de ellas en los talones. Debería haber añadido que me desnudara también de tobillo para abajo.

-Estate quieto y no hagas ruidos - me dice.

Temo que haya escuchado mis pensamientos. A veces me quito los auriculares para comprobar si llevo la música muy alta, pero con el tema de los pensamientos no hay forma de saber si te escuchan o no. Pienso en cosas que no hacen ruido : diez gatos durmiendo, un tejado cubierto de nieve, un columpio de noche y una tienda con el cierre echado.

-Ya está - me dice - Puedes vestirte. Los resultados llegarán en unos diez días.

Me despido de ella y le dejo los diez gatos encima de la camilla, por si otro los necesitara.

Llego a recepción. La mujer mayor no está, así que sólo tengo que despedirme de la tercera de las mujeres morenas, que me dice adiós levantando la vista de un cuaderno y sonriendo. Me parece una sonrisa excesiva, para la que no he hecho méritos, pero me la llevo entera, por si la necesito a lo largo del día.

Ya en la calle me quito el algodón del análisis y lo tiro a la basura.

-¿Ya hemos terminado? - preguntan los pulmones.

-Sí. ¡Ah, perdonad, que ya podéis respirar!

Y respiro. Qué bien sienta respirar. No dejéis de hacerlo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Entrada de adulto a Cosmocaixa : 3 euros.

Hace una mañana de perros. Lo que veo, tras pasar con el coche tres veces por el mismo sitio, es que todos los padres hemos decidido aprovechar el mal tiempo para traer a nuestros hijos a Cosmocaixa. La excusa es que así aprenden y disfrutan, pero es igual que si a nosotros, después de una semana de curro, nos llevaran a pasar la mañana del domingo en un curso sobre la doble imposición en el impuesto de la renta. Como si nuestros hijos fueran al colegio a romper muebles a cabezazos y gracias a nosotros recibieran el conocimiento.

Pero ahí estamos, descubriendo que todas las actividades están ya llenas. Sólo nos queda la opción de dar un paseo por la exposición permanente, a ver qué es lo que uno aprende. Empezamos por una muestra con los fósiles de dinosaurios que unos científicos encontraron en el desierto del Gobi. Es una experiencia realmente interesante porque descubro dos cosas : que el desierto del Gobi no es una invención de Ibáñez para mandar ahí a Mortadelo y Filemón y que la mejor manera de cocinar un dinosaurio para la posteridad es cubriéndolo de arena. El efecto es el mismo que con la dorada a la sal, con la diferencia de que al rascar la arena lo que te encuentras son unos fósiles que quedan muy bien expuestos.

Pasear entre fósiles es como darse una vuelta por el foro romano. O le echas imaginación o lo que te llevas es lo que ves, que suele ser bastante poco. En unas pantallas, dándole un toque tecnológico al asunto, se emiten unos videos sobre algunos de esos dinosaurios. Son tan cortos que cuando nos sentamos a verlos ya se han terminado. O los científicos no sabían mucho o los programadores no tenían ganas de trabajar.

-¿Ya se han acabado? - me pregunta Daniel.
-Sí, pero lo que decía es que si corrían más que el dinosaurio grande, se salvaban.

No me parece mala lección y la doy por buena sin añadir nada más. Irlanda, por ejemplo, no ha corrido más que su deuda y le ha caído encima el FMI, pero eso no lo digo. De toda la exposición, lo que más me gusta son unas manos gigantes de Deinocherius que se exponen. El resto todavía no se ha encontrado, quizás porque se adelantó algún perro que al remover la tierra vio sus plegarias atendidas. Trato de imaginarme lo que falta y me doy cuenta de que, como siempre, es tras la sugerencia cuando realmente empieza a funcionar la imaginación, dogma sobre el que se levanta el imperio de la lenceria.

Y en esas estoy, imaginando, cuando los enanos me dicen que ya han tenido bastante de dinosaurios y que toca seguir. Pasamos el resto de la visita en la parte de los experimentos porque ahí pueden apretar botones, subir y bajar palancas, asustar peces y dar balonazos contra la pared. No me parece mal porque todo tiene su base científica, como las historias con mensaje, y eso hace que la realidad alimente, lo que evita la anemia intelectual y todo eso.

El problema es que la distancia que hay entre cada experimento y su explicación es tan grande que no sabes si merece la pena hacer el esfuerzo. Como subir al Torumalet en triciclo. Me acerco a dos experimentos que conozco como el que encuentra con quién charlar en uan fiesta repleta de desconocidos. Les explico cómo funciona la vejiga natatoria y cómo afecta el sentido de la corriente a los peces. Y ahí me bajo del tricilo y me dedico a seguirles de experimento en experimento.

Me basta con escuchar a los demás padres para descubrir que compartimos el mismo nivel de incultura, lo que no me consuela. En el fondo, todo el paseo por esta zona es un reproche a mí mismo por todo lo que debería saber y no sé. Aprovecho para tener un breve diálogo de agradecimiento con todos los profesores de ciencias que tuve.

-¿Pero no veían que era, científicamente hablando, un analfabeto? (So cabrones)
-Sí, pero para usar las cosas eso no importa. (Inútil)
-¿Y si quiero entenderlas? (So cabrones)
-¿Desde cuándo hace falta entender algo para usarlo? (Inútil)

En lo que les tengo que dar la razón. Al final el mundo se divide entre los que crean y los que usan. Y si eres de los que usan, sólo queda asumirlo y seguir a tus hijos de juego en juego, mirando la hora y añadiendo el tiempo que querrán pasar en la tienda para saber cuándo toca marcharse.

Camino intelectualmente rendido y si abrir la boca para no delatar mi incultura, cuando súbitamente sucede el milagro. Es un pequeño milagro científico, si es que ambas cosas pueden combinarse, pero me deja paralizado. Descubro un experimento simple en el que unas figuras geométricas, realizadas con un fino alambre, se meten en una solución líquida y verde, parecida, para ser más exactos, a lo que uno ve en el fregadero cuando echa el Fairy antes de limpiar los platos.

Lo que sale al levantar las figuras son unas pompas sorprendentes que utilizan como base el alambre. A veces en forma de una fina superficie y otras combinándose para crear figuras dentro de figuras. Me fascina que eso esté escondido dentro del Fairy, del que yo sólo saco tazas que hay que frotar con fuerza para quitarles el culo seco del cola-cao. Me parece una imagen expresiva : lo que saques dependerá de lo que metas. Los enanos suben y bajan las palancas con la misma enegía que usan en las máquinas cuando intentan atrapar con un gancho un juego de tres en raya para el coche. Al rato se aburren y se marchan.

Yo me quedo un rato más, experimentando. Leo la explicación que aparece al lado. Parece que las pompas, al buscar la menor área de superficie entre puntos y aristas, solucionan problemas matemáticos complejos relacionados con el espacio. Me gusta la idea de la belleza como solución. Se me llena la cabeza de argumentos en contra, molestos por dejar que esa imagen de piernas largas se cuele mientras ellos hacen cola en la calle, pero no les escucho para mantener esa ilusión.

Qué distinto habría sido todo si algún profesor se hubiera llevado un día un barreño con agua y Fairy al colegio y hubiera hecho un pequeño truco de magia. Con lo poco que les habría costado.

So cabrones

jueves, 11 de noviembre de 2010

Calamares en Teatriz : 22 euros.

Mi hermano me enseña todas las fotos de los platos que ha hecho en su visita al Bulli.

-¿Tienes las manos limpias?

Me las miro y no veo gérmenes corriendo de un lado a otro, así que le digo que sí y cojo el menú que me tiende con un cuidado que, seguro, no tuvo Moisés cuando le entregaron el otro menú. Mi tarea es leer los platos para que él me los explique conforme aparecen en la pantalla. Debe haber sido una experiencia inolvidable porque habla alto y deprisa, como un locutor narrando cómo Roberto Carlos da el pase y Zidane lo espera sin moverse. No sé si disfrutó más comiendo o ahora, recordándolo: se ve que su cerebro todavía sigue con la digestión de las imágenes y de la historia que llevaba cada uno.

-Esos pistachos estaban blandos como judías, así que te los metías en la boca y se te llenaba con su sabor. Y eso combinado con gelatina de panceta y caldo.

Y siguen unos segundos de silencio en los que no sé si arrodillarme. Se detiene ante cada plato como si fuera la foto de un animal recién descubierto y quisiera relacionarlo con ese instante fundamental en el que el primer pez salió del agua y dijo :

-Hale, a urbanizarlo todo.

Es sorprendente toda la historia que sigue a cada plato, larga como la cola de una novia caprichosa. Mi hermano me cuenta esos detalles de naturalista fascinado y es mi estómago el que empieza a calentar motores. Es una exposición de cerebro a cerebro, pero son los estómagos los que conversan, igual que sucece con cualquier encuentro anodino entre hombre y mujer.

-¿Este es el transbordo para la línea cinco?
-Sí, por ahí.

Mientras los cuerpos se dicen :

-Buen cruce genético haría yo contigo.
-Ya. Y yo te iba a agitar el árbol genealógico hasta que cayera sólo lo mejor.

El hecho es que no se ha limitado a comerse los platos. Los ha hecho suyos. Es un acto de canibalismo intelectual en el que Ferrán Adriá le sirve un plato y él trata de comerse su mano, el codo, el hombro y hasta esa parte de la cabeza en la que las ideas caen, o florecen, o se iluminan. Vaya uno a saber.

Yo sigo leyendo la lista y él sigue hablando. Es la vuelta al paladar en treinta y seis platos con el objetivo de descubrir sabores que no conocías. Uno no va al Bulli a comer, va a otra cosa, a traerse esa euforia que provoca encontrarse con nuevas posibilidades. Se puede vivir del huevo frito con patatas como el que pasea por su barrio, pero conviene ampliar el punto de vista y observarlo todo desde bien arriba, desde una órbita en la que veas la tierra con sus nubes y sus océanos.

Y así hasta el último plato, los profiteroles flotantes con sopa-gin y frambuesa helada al cardamomo. Son las ocho y media de la noche y mi estómago ruge como fans de Metallica esperando que el grupo salga. La exposición termina con la caja de distintos chocolates que ofrecen al final. Yo ya no puedo más.

-¿Y ahora me das algo de comer?
-Preparo un poco de pasta.

Le devuelvo el menú y le pregunto cuánto ha pagado para saber, resumiendo, si es un sitio bueno o no, que con tanto halago no me ha quedado claro.

-Doscientos cincuenta euros cada uno.

Hago la cuenta deprisa y la hago mal, así que la repito despacio. ¡Eso da siete euros por plato, vino incluido! ¡Siete euros! ¿Puedes tomarte en serio una comida en la que cada plato cuesta unos siete euros? No puedes. No-pu-e-des. Está claro que a mi hermano le han tomado el pelo. Si divides esos doscientos cincuenta euros entre treinta y ocho, bombones incluidos, la división te da la palabra engaño. Si parece una comida de marca blanca. ¡Con lo contento que está! Qué pena que sea ingeniero y no se dé cuenta de esas cosas.

Debería contarle en ese momento que el sábado sí que fue especial para nosotros. ¡La primera vez que pagamos más de ciento cuarenta euros en una comida! ¡Dos niños y dos adultos! ¿No tiene mérito? Y todo eso con unos huevos estrellados, unos calamares, dos platos de atún, una botella de vino, un postre y dos cortados. Sí, parece uno de esos menús que te sirven en mesas de plástico con el logotipo de la Coca-Cola impreso, pero luego te fijas en la factura y ahí tienes los calamares a veintidós euros y te dices "vaya comida que me he pegado, sí que debe haber sido buena", que llegaron los calamares y pensé :

-Mira, nos traen unos aperitivos.

Y María, observadora, señaló :

-No, si son los primeros.

Una palabra, primero, que le quedaba grande al plato, como cuando mi hijo se pone una de mis camisas. Los calamares venían en un cuenco de diseño, finitos, nada de esas fuentes grandes como de boda. Aquí era un detalle grastronómico, como el que pica algo mientras espera que empiece el siguiente acto de la ópera. Que hasta ganas me entraron de escuchar algo de Verdi.

Pero todo eso me lo callo cuando mi hermano trae la pasta. Nos sentamos a la mesa y reflexiono, porque me da por reflexionar en cualquier lugar, que nos acostumbramos a ser felices con lo que tenemos, aunque nos engañen, como a mi hermano.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Impuesto de Bienes Inmuebles : 553,47 euros

Unos días después de la llegada de la tasa de basuras, llega el IBI. Abro el sobre del Ayuntamiento por la mañana, después de ir al gimnasio, y, al ver que son casi seiscientos euros, me pongo de muy buen humor. Me alegra poder entrar en casa y darle una buena noticia a mi mujer :

-Mira, vamos a dar más dinero que el año pasado para asfaltar hospitales y levantar carreteras. O al revés.

Los niños, que están desayunando, se contagian del buen ambiente y se terminan rápidamente su zumo de naranjas argentinas y su Cola-Cao Turbo y repasan rápidamente The Family Tree (Grandpa, grandma, cousin y todo eso). En la televisión, las tres mellizas me guiñan un ojo. Qué bien sienta levantarse pronto : Dios te ayuda y, además, te permite ser más solidario.

Un día que empieza así no puede ir mal. Hace poco un mail de la Comunidad de Madrid estuvo a punto de arruinarnos la jornada, pero, afortunadamente, nos denegaron la beca para libros que, egoístamente (lo veo ahora), habíamos pedido. Los fondos irán a alguien que los necesite más. Hoy, salvo imprevistos, todo me sonríe.

Sólo lamento, mecachis, que el gozo no sea pleno, que vuelvan al estilo impersonal cuando, con la tasa de basuras, se habían acercado al impuesto más humano. Identificabas el pago con un servicio y eso te implicaba emocionalmente. Sólo les fató haber ofrecido la posibilidad de adoptar a un trabajador de los servicios de recogida de basuras.

-Hombre, guapo no es, pero se le nota buena persona.
-Me da igual. Hay que quererle por lo que es. Yo meto su foto en la cartera.
-Mejor nos la imprimimos en la tazas del desayuno y así le vemos todas las mañanas.

Ahora podrían haber enviado la foto de una funcionaria de correos para que la adoptaras, acompañada de una carta manuscrita en la que te contara dónde pasa las vacaciones, cuál es su plato favorito y si se queda dormida por la noche viendo Telecinco o La Sexta. Ese vínculo sentimental haría que desapareciera cualquier enfoque negativo del impuesto, si es que lo hay.

Pero alejo los malos pensamientos y me siento a ver en el salón a Noddy mientras mis hijos se visten. ¡Qué gracioso es Noddy! ¡Qué contentos están todos sus amiguitos! Se nota que pagan muchos impuestos y que se saben parte activa de la comunidad, seguros de que van allí donde más se necesitan. Ja,ja,ja. Me río mucho con Noddy.

-¡Pero bueno! – dice mi mujer - ¡Si lo tenemos domiciliado!
-¿Y eso te preocupa?
-Claro. Igual nos lo pasan al final del plazo y es posible que los necesiten ahora mismo.

Nos quedamos serios. La televisión empieza a retransmitir en blanco y negro. La tensión se acumula y provoca los sollozos de Daniel, molesto consigo mismo, seguro, por no derramar sus lágrimas por causas más serias.

-Bueno – reacciona mi mujer – Me paso ahora mismo por el banco y lo soluciono.

Se disipan las nubes negras y hasta juraría que oigo a Heidi reír al fondo del pasillo. La alfombra se torna césped y me entran ganas de correr con ella, de preguntarle a los abetos si cantan, de comprarle todos los panecillos blancos del mundo a la abuela de Pedro y de meter la cabeza entre las patas de todas las cabras y beberme directamente su leche.

-Rotenmeyer no pagaba impuestos – les digo a mis hijos.

-Ya – sonríe Daniel, sorbiéndose los mocos. Esta frase es un comodín que utilizo con ellos cuando les veo tristes o preocupados. No falla. “¿Por qué estaba tan seria Rotenmeyer?” Y su sonrisa, que hace florecer mi corazón, aparece antes de que respondan. “¡Por no pagar impuestos!”

Mis hijos terminan de vestirse. María les peina mientras yo miro la hora. Hay que darse mucha prisa por la mañana. ¡Parezco el conejito de Alicia!. Lo pienso y lo digo en voz alta. Los cuatro compartimos risas.

-Jajaja – ríe Daniel.
-Jajaja – ríe Lucía.
-¡Cómo eres, cariño! – observa mi mujer.

Es bueno compartir al máximo el poco tiempo que tenemos los cuatro. Una hora por la mañana y dos horas por la noche. Jolín que es complicado ser papá o mamá (o mamá o papá, perdón) ahora. Pero si no trabajáramos tanto no habría dinero ni para la sopita de pollo de los ancianos que están malitos.

Risueños mis hijos, contenta mi mujer, me deleito en la estampa. Cojo (en broma) la carta con el IBI.

-¡Venga! ¡Lo pago yo, que tú ya llevaste la declaración de la renta!
-La idea ha sido mía. Yo lo llevo.
-Vengaaaaaa.
-A que te quedas sin postre esta noche
.
Los niños pensarán que el postre son las natillas, pero no. Hablamos así para que no se enteren.

-¡Papá no toma postre!

Les sigo la broma a los niños frotándome la tripa y simulando que me relamo para que no sepan que hablamos del otro postre. Le entrego la carta del Ayuntamiento y ella la guarda, satisfecha, en el bolso.

-El próximo impuesto lo pagas tú.

Ya, pero hay tan pocos impuestos. Apago la luz, me despido mentalmente de Heidi y me pongo de mala hostia al recordar el día de mierda que me espera hoy.

jueves, 28 de octubre de 2010

Pez de agua fría : 2,95 euros

No me mira mal la dependienta cuando nos vende dos peces de colores, aunque seguro que ella sabe lo que yo sé : que uno de ellos va a ocupar el puesto de un pez muerto. En el fondo (bien traído, ya que hablamos de peces y de agua), cuidar peces es como jugar al Mario Bros, porque en ambos casos tienen vidas infinitas. Como se parecen tanto, pones uno nuevo en el acuario y ya es el mismo que se murió. Hasta tus hijos te echan una mano eligiendo un nombre semejante al que ya no está entre nosotros.

-Fluky.

Y Fluky se queda, aunque lo de ponerle nombre a un animal que no te oye no tenga mucho sentido (auditivo). La seguridad que me provoca escribir frases rotundas como ésta desaparece cuando recuerdo que este verano he estado quince días en casa de mis tíos llamando por su nombre a una perra que lleva sorda más de dos años.

-Que no te oye. No, ni aunque grites.

Cierto, y tampoco me leen, pero aquí estoy, estrenando otro párrafo. Estamos en que le pago los dos peces a la mujer y pienso en los que, hasta el momento, se nos han muerto. El primero se murió por tonto, el segundo por listo y al tercero lo maté yo. No sé si estoy en la media. Sería aconsejable que cuando te entregan el acuario, te orientaran, mirándote a ti, después a tus hijos y de nuevo a ti.

-Cuente con que se le mueran unos veinte peces hasta que se haga con la pecera.

Esto te ayudaría, pero aquí nadie dice nada. En vez de disfrutar de la pista esquiando, pasas el tiempo evitando los árboles.

-Cuente con que se pongan los cuernos unas diez veces. Lo normal.

En vez de eso, el cura menciona a Perales y habla,bla,bla pensando en lo mismo que todos los demás, en la novia y en el banquete que se va dar el novio. Acabas casándote con las mismas dudas con las que te llevas el acuario a casa.

-¿Fluky? ¿Y cómo se llamaba el otro?
-Flaky.

Con esos nombres parece que estuviéramos apadrinando una generación de payasos. Los peces y yo compartimos el mismo tipo de memoria, así que no hago ningún esfuerzo por recordarlos. Además, yo les pongo mis propios nombres cuando mueren, lo que dice bastante de los peces y de mí. Inadaptado, Mago y Broncas. Inadaptado murió a los pocos días de montar el acuario mientras su compañero, con el que estrenó pecera, prefería comer y crecer. Mago se escondió detrás del filtro en un truco que sorprendió no sólo a sus dos camaradas, sino a nosotros, que pensábamos que se había desvanecido. Y Broncas merece un párrafo aparte.

Daniel eligió a Broncas porque era negro, como Mago. Ahí se acaban los parecidos. Mago era un pez precioso y digo precioso sabiendo que esta palabra es como un retrete de oro que la gente usara a oscuras : tiene valor pero conviene no sentarse mucho encima. Si hago una excepción es por Mago, un pez de ojos saltones que tenía unas aletas largas que era un placer observar moviéndose en el agua. Broncas era un pez afilado de ojos pequeños que, curiosamente, era el único de su tipo en el acuario de la tienda.

-Está solo porque ataca a los de su misma especie - nos dijo la dependienta mientras le hacía a la bolsa más nudos de los que me parecían necesarios.

A los pocos días, descubrimos que con especie, la dependienta no se había referido a los que eran como él, sino a los peces en general. Broncas era un cabrón, rotundo y sin matices, como una llave inglesa. Se pasaba el día acercándose a los demás peces, como buscándoles con la mirada, y les daba pequeños golpes. La gran mayoría de las veces, asomarse a la pecera era como ver una clase después de una revuelta : en el centro, Broncas, y en un extremo, mirando hacia una esquina, los otros tres peces.

Que hubiera tensión en el único sitio de la casa en el que debía fluir la armonía provocaba cierto desorden en el resto de las habitaciones. Es una noción básica de feng shui que se sabe de forma intuitiva, como que no conviene volver a ponerse la misma camiseta en el gimnasio aunque sepas que va a terminar igual que está ahora, sudada. No nos parecía bueno tampoco para los otros peces, que podrían acabar con los nervios rotos.

Así que había que elegir entre Broncas o los otros tres, y ya he dado bastantes pistas para saber cuál fue mi elección. Eran tres contra uno y las matemáticas también sirven para ayudarnos en problemas como éste. Admito, saliendo del cuarto de las matemáticas, que para mí siempre aparece iluminado con tonos de hospital, que también había algo personal, y aquí entro en lo subjetivo, donde las esquinas siempre se redondean y la luz es roja. Nunca me han gustado los cabrones y bastantes veces me he encontrado con gilipollas que, mirándote a los ojos, quieren que te fabriques tu propia esquina.

-Eso es interesante. Tumbate y desarrollá.

Y ya está, que prefiero pagar a un argentino por una buena entraña. Una noche, mientras mis hijos cenaban, cogí al pez con una redecilla y lo saqué del agua. Pensaba que abriría la boca un par de veces y se moriría, como hacían los peces en Suiza, cuando me cansaba de gritarle a la perra para que viniera y nos marchábamos al lago a pescar. Una cosa rápida que apenas iba a rozar mi conciencia, como pasarle un plumero a una estatua. Pero estaba equivocado.

El pez aguantaba quieto fuera del agua. No se movía violentamente, representando la lucha desesperada del que quiere seguir vivo y perdóname Tom Reagan, que no lo volveré a hacer. Broncas permanecía inmóvil, como si ésta hubiera sido una opción en la que ya hubiera pensado. De vez en cuando abría las agallas o la boca y continuaba fijo, esperando. Pasaron más de diez minutos en los que pasé del distanciamiento a la admiración. En ese pez había una fuerza, dura y fría, que me fascinaba. Broncas era un tanque y los otros peces tres globos atados a su cañón.

Cuando finalmente murió, lamenté no haber pinchado los tres globos. Empecé a guardarlo todo y a inventar una historia para mis hijos con la que borrar cualquier pista. Este post es la otra cara de la versión oficial y un homenaje a Broncas, o una disculpa, o un lamento.

martes, 26 de octubre de 2010

Caja de galletas sin azúcar : 1,51 euros

Se quejan los fabricantes de que las marcas blancas están acabando con ellos y apelan a nuestro buen juicio como consumidores. "Los distribuidores nos pegan en el patio cuando no mira la profesora", dicen. Yo les escucho y asiento afirmativamente de arriba a abajo porque me bastan dos argumentos enlazados para darle la razón a todo el mundo. Les entiendo, claro, pero llegado el momento elijo la marca blanca.

¿Y por qué? Pues porque, siendo madridista, lo de la marca blanca suena bien. Además de ésta, también tengo otra razón : me caen mal las empresas que anuncian que no trabajan para otros fabricantes. Como si el que elige la opción de marca blanca lo hiciera por gusto, ellos están ahí para decirte que no se juntan con los pobres. Hasta la profesora os tendría que sacudir la tiza en el recreo. ¿Qué cuesta sacar una línea con la mitad de cacao o con los bifidus menos rápidos del pelotón? Algo en plan : No te pongo a Casillas, pero te saco a Dudek, que también es del Madrid.

Esta tarde de compras, elijo una caja de galletas marca Hacendado. Estos de Mercadona te ponen juntos los artículos de marca aristocrática y los suyos para que no tengas que esforzarte en hacer la comparación. Se nota que juegan en casa. Como la diferencia de precio suele ser grande, no hace falta que los otros precios los den en yenes y con ese tamaño que hace que en las visitas al oftalmólogo, más que descifrar unas letras, parezca que estés dando clases de morse : punto, punto y otro punto.

Lo que más me gusta de esta caja de galletas es que no parece un diseño

-Packaging, se dice packaging, paleto.
-Tú te callas o les digo a los demás dónde te has escondido antes de que acabe el recreo.

un diseño, como decía, que no parece para pobres, del tipo ayuda humanitaria con fondo blanco y la palabra "galletas" escrita en mayúsculas. Es un trabajo cuidado en el que, incluso, hay una segunda intención.

A lo que vamos, que me voy a cansar de sostener la caja para que se vea empíricamente mi explicación, como de guía en el Prado. Si se fijan en la parte superior, verán la palabra "María" y, debajo, en rojo, "Sin". A nuestros padres, que no necesitaban del inglés porque se iban de viaje de novios a Mallorca, esto no les dice nada. A nosotros, sí. Vaya con María la pecadora. ¿Y qué es eso que se esconde debajo de mi pulgar? El ombligo de María. Del ombligo de María, la mirada cae, lenta y densa, como una gota de aceite, hasta un punto en el que se juntan el tazón de leche, el zumo de naranja y el epicentro pecador de María. Uno no sabe si va a desayunar o a estudiar el origen de los terremotos. Y si se da un rodeo al ombligo para evitarse seísmos matutinos, como el jugador que evita Las Vegas, llegará a esas tres espigas que vuelven a señalar el camino al lugar en el que el desplazamiento de las placas tectónicas provoca el derrumbamiento de las torres más altas.

Con este diseño, la marca blanca sube de nivel porque aparece lo subliminal. Digamos que es un tratamiento al que se le ve el truco, como de magia infantil (si te comes estas galletas podrás a prueba tu sismógrafo), pero funciona muy bien, aunque no ahí donde chapotea ahora la imaginación. La imagen apunta a un sitio pero acierta en otro, en esa parte en la que cada cual tiene alojada la culpabilidad. Al romper con la representación típica de la marca blanca, ya es más fácil saber qué cable hay que cortar para desactivar la culpabilidad e impedir que dejemos de nuevo el paquete en la estantería diciendo :

-Hombre, por un poco más, vamos a comprar unas galletas oficiales, que hay cosas con las que no se juega.

Como si hubiera galletas oficiales. La típica amenaza que activan anuncio tras anuncio y cuyo tic-tac se vuelve más peligroso cuanto más se aleja uno de la ortodoxia. Al coger esta caja de galletas, escucho cómo los alicates cortan por el sitio justo.

Me leo los componentes de las galletas para convencerme del todo. Encuentro : maltitol, adesulfame K, suero de leche en polvo, bicarbonato sódico y amónico, metabisulfito sódico, lecticina de girasol y harina de arroz, entre otras cosas. Suena bien, aunque seguro que le das esos ingredientes a tu abuela y no sabe por dónde empezar. Siguiendo con el estudio de la caja, descubro que los que están detrás de estas galletas son los de San Siro, que aparecen en un borde para firmar el cuadro de las espigas y el ombligo.

-¡Traidores!
-Calla y no salgas del cuarto de baño.

Es curioso que ése sea también el nombre del estadio del Milan, oficialmente el Giuseppe Meazza, al que el Madrid le metió dos goles en su última visita al Bernabéu. ¡Qué gran noche!. Lo de escribir tiene estas cosas : al final parece que sólo tuviera que atar el nudo de lo que he ido preparando antes.

martes, 19 de octubre de 2010

Caja de Silly Bandz : 3,95 euros.

Como ya quedan pocos días de buen tiempo, pasamos el fin de semana con unos amigos en un pueblo de Segovia. El sábado quedamos con ellos a comer y, antes de que traigan el primer plato, su hija, que tiene la muñeca derecha repleta de gomas de colores, se quita una de ellas, con forma de delfín, y se la regala a mi hija. Mientras eso sucede, los adultos, por llamarnos de alguna manera, entre vino y vino vamos proponiendo soluciones macroeconómicas a la crisis con la sutileza del que le pega un puntapié a la nevera para que se arregle. En otro foro seríamos, científicamente hablando, más cuidadosos con nuestros comentarios, pero la amistad, el vino, y el olor a carne a la brasa, hacen que pensemos que basta con arremangarse y plantar bien los pies en el suelo para arrancar cualquier problema de cuajo como el que quita las malas hierbas.

Mal asunto ése de darle martillazos a las grandes cuestiones, como si fuéramos uno de esos herreros de la propaganda soviética, cuando la microeconomía pasa delante de nosotros con la rapidez y energía de una plaga de lagartijas. Ese momento en el que mi hija se coloca la goma del delfín en la muñeca tiene una trascendencia a la que no presto mucha atención : no soy capaz de imaginarme ese mecanismo de reloj suizo que en este preciso momento ha hecho que un pájaro de madera se asome y abra el pico varias veces dando por iniciada la carrera.

Probamos las croquetas y seguimos con el vino. Con la realidad ocurre lo mismo que con la ley : no conocerla no te exime de su cumplimiento. Aunque no lo sepa, yo ya estoy corriendo. Es cierto que en ese instante, frente al solomillo en su punto, estoy donde quiero estar (una de las cosas que uno busca cuando come), pero la liebre de mentira ya ha salido y yo hago mal quedándome en mi cajetín. La parte más sedentaria de mi naturaleza se ata a la silla con un cinturón y, emulando a Ulises, se hace unos tapones con miga de pan para no oír las advertencias de las sirenas, que me recuerdan lo malo que es para el ecosistema consumir carne y, ya de paso, la necesidad de fijarse en el tema de las gomas de colores.

Las sirenas siguen ahí por la tarde cuando el solomillo es un recuerdo y mi hija me enseña las cuatro gomas que tiene en la muñeca. Se las quita con cuidado y me habla de ellas. Un pingüino, un avestruz, una medusa y un delfín. Una vendedora de joyas no las habría colocado con más elegancia encima de la mesa. Le pregunto por esas figuras y el tiempo se dobla como una hoja por el punto exacto para que tenga frente a mis ojos una imagen de mí hacendo lo mismo con mis padres. Conseguir que tus padres mostraran interés por un juguete tuyo era tener ganada la mitad de la batalla. Este ejercicio de papiroflexia temporal me deja en evidencia : Lucía me cuenta qué animales le faltan.

-¿Ves? Ya estás corriendo - me recuerdan las sirenas.

Y también digo que sí aunque responda a mi hija que no. Mi no debe ser como esos aparcamientos en los que se ven surgir, entre las grietas de allquitrán, pequeñas plantas. Lucía se dedica a regarlas el resto del sábado y del domingo con un cuidado y una insistencia infantil : ahí donde yo creo ver un tallo deprimido que ya no crecerá más, ella descubre un árbol mágico capaz de desarrollarse completamente, como esos dibujos que crecen al abrir las hojas de algunos libros. Cosas de haber visto "Mi vecino Totoro" tantas veces.

Mi no, pues, se ha visto desbordado por un árbol de varios metros de altura, de tronco grueso y repleto de hojas. Me lo podría reprochar duramente, pero ahí viene la imagen del ying y del yang para recordarme que todo sí lleva su no dentro, y viceversa. Tal vez sea así en la macrofilosofía, pero en la filosofía más mundana, la que tenemos en el coche el domingo por la tarde, de vuelta a Madrid, mi sí es un sí, con la solidez y evidencia empírica de una bola de granito.

-Ahora paramos en algún Vips antes de llegar a casa - le digo.

Y voy rezando en voz baja para que tengan esas gomas en el Vips. Lo bueno de tener esta fe difusa es que te permite pedir estas cosas con un fervor que no aplico a cuestiones que pueden salvar mi alma. Digamos que en el tema de la vida eterna soy el que se va gastando el dinero en chucherías en vez de invertir en un piso en el que descansar cuando el cuerpo esté bajo tierra y la eternidad sea más que un atasco el lunes por la mañana.

Aparco el coche y descubro que voy andando muy deprisa, casi corriendo.Todavía no sé que la culpa de todo la tiene un japonés que ideó lo de las formas de animales para que la gente no tirara las gomas elásticas después de utilizarlas. Esa idea tan noble inspiró a Robert Croak, que la perfeccionó hasta conseguir que las cintas perdieran su función original y se convirtieran en objeto de deseo por sí mismas, lo que invirtió las buenas ideas japonesas hasta llevarlas a ese lado oscuro del capitalismo que es capaz de gastarse recursos en producir objetos como los regalos de los huevos Kinder. Sea como sea, el japonés fracasó, Robert Croak debe estar ganado bastante dienro y yo respiro aliviado cuando veo, al lado de la liebre de mentira, las cajas de plástico con las colecciones de gomas de colores.

Me gustaría creerme que he llegado a la meta, pero sé que ésta es sólo una etapa. La cantidad de figuras que pueden hacerse es tan grande que me pregunto cuándo terminará esta moda. Quizás la solución sea grabar un vídeo y colgarlo en la red. En él se vería una imagen del pomo de la puerta de la cocina en el que mi madre dejaba las gomas. Había tantas que muchas veces había que sacar varias porque se enredaban. Cuando finalmente tenías una, estaba más seca que un calamar en el escaparate de una cafetería y te la llevabas al cuarto pensando que a lo mejor se recuperaba debajo del grifo. Soñaba entonces con una caja de gomas nuevas y flexibles, pero eso habría sido hacerle un feo al pomo de mi madre.